Otras miradas

Luz de gas a la realidad

Marta Nebot

Periodista

El portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Madrid, Javier Ortega Smith (d), se sitúa al margen de la pancarta contra la violencia machista que sujetan los representantes del resto de partidos con representación en la corporación (Más Madrid, PP, PSOE y Ciudadanos). E.P./Óscar Cañas
El portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Madrid, Javier Ortega Smith (d), se sitúa al margen de la pancarta contra la violencia machista que sujetan los representantes del resto de partidos con representación en la corporación (Más Madrid, PP, PSOE y Ciudadanos). E.P./Óscar Cañas

Decía Elvira Lindo, la semana pasada en una columna en El País, que negar la violencia estructural contra las mujeres es también agresión. Me consta que Vicky Rosell, la delegada del Gobierno contra la violencia de género, lo dijo antes de otras muchas maneras pero, en este momento de repunte asesino, la ficha me cayó y me golpeó fuerte. Nunca lo había interpretado de ese modo. Pensaba que, en muchos casos, era más ceguera que embestida. Ahora empiezo a pensar que ambas tienen razón. Después de tanto dolor, pelea, lucha, reivindicación, informaciones, datos, sangre, de casos retransmitidos y documentados ya durante décadas en este país y en el resto y en todas las instituciones que significan algo, es imposible no verlo a menos que se sea algo cómplice, aún sin ser consciente, aún sin saberlo.

Porque, más allá de que los negacionistas pretendan o no hacer daño negando este horror, negar esta realidad impide que empecemos a encontrar soluciones para este problema monstruoso. Y el retraso lo pagamos en muertas y muertos. Así que sí, repito:  no se puede negar la violencia de género sin hacer daño.

Las cifras no admiten discusión: asesinadas, maltratadas, muertas en vida tras violencia vicaria, violadas, agredidas, brecha salarial, brecha de cuidados… La desigualdad se ve en cada flanco. Hasta en la violencia doméstica, de la que tanto quieren hablar los agresores de palabra, las víctimas son muy mayoritariamente femeninas:  madres, abuelas, hijas, hermanas, como recogen las memorias del Consejo General del Poder Judicial, cada año.

Los filicidios, los asesinatos de hijos en manos de sus progenitores, es el único índice de violencia, en el que, algún año en España, las madres asesinas son más que los padres asesinos. El hecho es que las mujeres matamos poco y, cuando lo hacemos, lo hacemos más con quienes estamos y donde estamos, que es más con nuestros hijos en nuestras casas.

Sin embargo, esta verdad nunca es traída al ruedo junto a esta otra:  según el Consejo General del Poder Judicial, el 90% de los delitos violentos que se cometen en España son cometidos por el género masculino.

¿Quiere esto decir que todos los hombres son malos y que las mujeres nunca son violentas? Obviamente no, ni lo uno ni lo otro. No es una guerra de sexos. Tanto creo que es así, que defiendo que los hombres que se suicidan después de matar a sus parejas o exparejas también tendrían que estar en la lista de víctimas de violencia de género, como hacen por ejemplo en Canadá. Ellos son víctimas del mismo mal con el que matan. ¿No fue violencia de género la que mató por celos al concejal asturiano Javier Ardines? La misma violencia de género es la que dice la maté porque era mía, que la que dice lo maté por lo mismo. Los hombres feministas son también víctimas del patriarcado y si no que se lo digan al camarero de Mazarrón que ha sido asesinado esta semana en el bar en el que trabajaba, por defender a su compañera de los abusos machistas de un cliente que también resultó ser racista.

Pero negar la realidad de que los hombres tienen más problemas con la gestión de su violencia y de su ira, negar que vivimos en una sociedad brutalmente machista y desigual, negar que necesitamos muchos más medios para luchar contra el terrorismo machirulo que en los últimos veinte años ha matado cuatro veces más que el terrorismo a secas (1.097 víctimas mortales de vg–268 víctimas mortales de terrorismo), es hacer luz de gas[1] a la verdad. Y la verdad es que, aunque no todo es dinero, el presupuesto del Ministerio de Igualdad para 2021 es de 451 millones de euros;  mientras que el de Interior es de 8.906 y el de Defensa de 9.409.  Mucho de todo ese dinero se gasta contra un terrorismo en horas bajas, mientras el terror en horas más altas es vigilado por un policía que cuida con un móvil viejo de más de 20 maltratadas.

¿Acaso las mujeres somos víctimas de segunda? Ya sé que de terrorismo podemos ser víctimas todos y de terror machista más bien solo la mitad. Pero es que somos vuestras madres, hermanas, hijas, amigas. Nuestro dolor os salpica.

En este país hubo un Pacto de Estado contra la violencia de género sellado por todos los partidos. Ese es el punto de partida al que volver. La primera regla básica para solucionar un problema es ser consciente de su existencia y hubo un momento clave en el que este país atisbó la solución porque dejó de haber mensajes contradictorios. Sin eso tan primigenio, cualquier batalla social está perdida. Así que, a estas alturas, todos los que reman en contra de esa dirección agreden, queriendo o no, a todas y cada una de las víctimas presentes y futuras. Hay que decírselo. Que lo sepan.

[1] Nota al pie: Luz de gas, según los psicólogos, el término con el que se define al abuso sutil y manipulador que ejerce el maltratador, mediante el que se desgasta la estima y confianza en sí misma de la mujer hasta el punto de anularla, de convertirla en un manojo de dudas y miedos.