Otras miradas

Hacia un mundo feliz con el capitalismo digital

Marga Ferré

Co-presidenta de Transform Europe

En una de las más famosas distopías de las muchas que la ciencia ficción ha imaginado, en Un mundo feliz, Aldous Huxley describe una sociedad en la que los seres humanos están determinados desde que nacen a ser Alfas, Betas, Gamma…. Una jerarquía que da a cada grupo de personas una función laboral y un lugar en la escala social. Nada nuevo, lo radical de la novela es que en ese futuro que imagina (el 632 después de Ford) cada casta humana está feliz con su condición, se les determina a estar felices con la categoría humana que se le asigna al nacer. De esta forma el sistema funciona de manera armónica y, sobre todo, no se quejan.

Hoy que tanto se habla de capitalismo digital me pregunto si esa función de condicionante y somnífero social no lo están haciendo los algoritmos, el big data y Amazon. ¿Exagero? Pues si yo exagero qué no harán los organizadores del Foro Económico de Davos (el think tank del capitalismo por excelencia) al diseñar este eslogan para su encuentro de este año: "En 2030 no tendrás nada, pero serás feliz". Si pretendían ser optimistas, conmigo fallaron. Me eché a temblar.

Sabemos que toda revolución tecnológica produce cambios en el modelo productivo y, por tanto, en el trabajo y en la estructura social, pero lo que estamos viviendo sobrepasa los que conocemos por su dimensión y por su rapidez. El COVID ha catapultado esa revolución digital y, como en revoluciones tecnológicas anteriores, el coste cae sobre los hombros de los de siempre. No me crean a mí, sino a los datos de la OCDE, esa organización que no sirve para nada más que para dar buenas estadísticas:

En los próximos años las tecnologías como el 5G, la robótica avanzada y la inteligencia artificial van a transformar el mercado de trabajo en occidente. En la próxima década desaparecerá el 14% de los empleos tal como los conocemos ahora y cambiará el contenido del 35% de los empleos restantes. Es decir, casi el 50% de los empleos que conocemos actualmente serán totalmente distintos a causa de la tecnología. La mala noticia es que incluso los apologetas de la digitalización reconocen que esta transición puede ser larga y dolorosa.

Tendemos clasistamente a pensar que afectará solo a los trabajos menos cualificados, pero no es verdad. Volvamos a los datos de la OCDE: "La revolución digital está afectando especialmente a los trabajadores de cuello blanco: contables, abogados, administrativos…" Y anuncia que la clase media, vinculada a estos trabajos, ha empezado a contraerse en occidente, es decir, hay menos movilidad social, o como lo explican ellos: "Hn millennial tiene un 20% menos de posibilidades de pertenecer a la clase media que los nacidos tras las II Guerra Mundial".

Trabajos más precarios y no solo para los sectores menos cualificados, eso significa el capitalismo digital. Menos derechos, una "vida low cost". Copio el término del estudio editado por CCOO en el que el profesor Jaime Aja, uno de los mejores sociólogos del trabajo de nuestro país, describe así la precariedad en la que vive la mayoría de juventud española: "Una situación de inestabilidad e inseguridad laboral que provoca una dificultad creciente para desarrollar un proyecto de vida autónomo".

Que el capital quiera imponer esta transformación no significa que lo consiga, al menos no como quisieran. La rebeldía está ahí, los conflictos laborales y sociales también o las oportunidades para exigir menos horas de trabajo o la semana laboral de 4 días. Lo que me asusta no es eso, sino que nos vendan esa vida low cost como un mundo deseable.

Trabajas por un bajo salario en uno o varios empleos temporales y vives en un piso pequeño o una habitación compartida que se lleva la mitad de tu sueldo, pero vas a casa en patinete eléctrico, puedes ver una serie de Netflix, comprar muebles baratos muy estilosos en Ikea y camisetas a 7 euros en el Primark, descargarte videojuegos entretenidísimos mientras subes fotos de una vida irreal a Instagram o debates muy sesudamente en Twitter sobre la realidad del mundo. ¿Por qué no ibas a ser feliz, aunque no tengas nada?

El epitome de este absurdo lo encuentro en el vuelo privado de Jeff Bezos a la estratosfera. El hombre al que la pandemia ha convertido en el más rico de la historia moderna satisfacía así su delirio narcisista y de paso, avanzó en la privatización de los vuelos espaciales, es decir, de la conquista de otros mundos. Insisto en que el que ellos lo pretendan no significa que pase, pero la forma acrítica con la que los medios trataron semejante dislate ególatra en medio de una pandemia mortal, me pilló por sorpresa.

Entiendo y comparto la seducción de la tecnología, a mi también me encantan los avances tecnológicos, pero esta atracción por la novedad no debe cegarnos. El capitalismo digital no va de tecnología, va de nuevas formas de explotación. Sirva este artículo como alerta, entre los muchos y muchas que ya los están haciendo, para que su distopía no avance ni se convierta en realidad.

¿Cómo evitarlo? No tengo la respuesta, aunque sí sé que vendrá de los y las que luchan. Encuentro una pista, quizá, en Un mundo feliz y en la deliciosa ironía con la que Aldous Huxley dio nombre a sus personajes. ¿Saben qué nombre le puso al protagonista que rompe ese "mundo feliz", que lo desvela, lo desafía y abre la puerta a la esperanza? Lo llamó Bernard Marx.