Otras miradas

Ni un paso atrás, y mucho orgullo LGTBI+ en todos los portales

Una pareja de lesbianas, durante el desfile del orgullo gay en la Gran Via de Murcia.- EFE

Hace 16 años, mi primera novia salió del armario con su madre, una mujer fantástica, medio hippy y que había tenido amigos gais toda su vida. La madre se puso triste y le pidió que no nos besáramos en el portal, porque ella no tenía ningún problema con nuestra relación pero conocía a sus vecinos y temía que su hija fuera a sufrir consecuencias. Seguimos besándonos y no pasó nada.

Mi primera novia y yo vivíamos en provincias pero fuimos a Madrid para aquel Orgullo que fue más manifestación que nunca porque se estaba disputando la ley de matrimonio igualitario. No teníamos la menor intención de casarnos en la vida, pero lo considerábamos un hito importante. Vamos a reconocer que el PSOE de Zapatero lo hizo muy bien ahí, con la ley y con la batalla cultural. Recuerdo que, en aquellos meses de máxima crispación, compañeros de clase y conocidos ocasionales se me acercaban con gestos de complicidad, "yo os apoyo". Avanzamos muchísimo como colectivo en muy poco tiempo.

Desde entonces, he querido pensar que lo más habitual es que cualquier madre, más o menos fantástica, más o menos sensata, se ponga contenta cuando su hije le dice que es LGTBI+ y que no tenga más consejo que pedirle que sea feliz. De hecho, es lo que muestran las encuestas: la semana pasada compartíamos en redes, orgullosas, el dato de que 9 de cada 10 personas en España apoyarían a un miembro de su familia si le dice que es LGTBI+. Y que una de cada 10 personas en España se identifican como tal. Ambas cifras, las más altas de Europa.

Pero si os estoy hablando de mi primera novia es porque, en los últimos meses, parece que hemos viajado al pasado. El hecho de que una de las denuncias recientes haya podido ser falsa no reduce nuestro shock, porque lamentablemente también hemos conocido decenas de casos reales. Así que parece que las personas LGTBI+ tenemos que volver a tener miedo a vivir fuera del armario y ser nosotres en las calles. Lo han dicho muches de mis amigues; lo ha dicho Jorge Javier Vázquez en Sálvame, o sea, ya es mainstream.

Cuando ocurren las agresiones que están ocurriendo, el miedo es comprensible y respetable. Que cada cual lo viva según necesite, no vamos a forzar a nadie a exponerse donde no sienta seguridad. Pero no lo alimentemos tampoco: hay que decir, más fuerte y más claro, que se puede ser LGTBI+ en España y tener una vida plena. No puede ser que, de nuevo, la mayoría de las veces que vemos a un hombre decir que es gay en la tele sea para contar que le han agredido o que tiene miedo. Hay un montón de historias felices que hay que seguir mostrando. Tenemos que seguir viviendo con la certeza (o la esperanza) de que ser LGTBI+ no te va a llevar a una vida 100% llena de sufrimiento ni, irremediablemente, a una agresión brutal. Para que ninguna madre se ponga triste y, sobre todo, para que ninguna persona LGTBI+ tenga la mínima duda sobre vivir su vida como le dé la gana.

Tenemos por delante, otra vez, una batalla en la que no podemos permitir que se normalicen el miedo ni ningún tipo de actitud excluyente. Y, esta vez, no va a ser con nuestros gobiernos, en manos de partidos para quienes la aritmética electoral está por encima de la necesidad de aislar a quienes agitan discursos de odio (aquí va la única concesión pesimista de este artículo: recordad siempre que España es el único país europeo en el que los fascistas no solo no fueron derrotados, sino que además se les permitió participar en la construcción del sistema democrático). Esta batalla cultural se va a librar, como los besos y las hostias, a pie de calle.

Y por eso se acabó quedarse en silencio en la vida cotidiana. Ha llegado el momento de no dejar pasar ni un comentario homófobo en la barra del bar, de que todo el vagón de metro plante cara al gilipollas que le ha bufado a un chaval marica, de informarse ampliamente sobre las realidades trans y no binarie para no cagarla cuando te cruces con alguien que lo sea, de asegurarse de que los menores a tu alrededor estén recibiendo la educación LGTBI+ necesaria, de volver a ir al Orgullo como si fuera una manifestación importante (lo es)... etc, etc. De ser, siempre, 9 de cada 10. Ha llegado el momento de conseguir que realmente lo único que no se pueda hacer en este país sea ser una persona lgtbifóbica. Y tú, persona cis y hetero que estás leyendo esto, también vas a tomar partido. Porque tienes empatía y decencia democrática, y porque sabes que las personas LGTBI+ somos el canario en la mina, el primero que muere y cuya muerte significa que tú también lo vas a pasar mal después.

Hace una semana, cogí un taxi en la puerta de mi casa y me despedí de una mujer con la que había pasado la noche. Me dio un beso insulso en la mejilla. Me sorprendió esa frialdad, pero después me di cuenta de que ella viene de un país en el que hay tantas agresiones lgtbifóbicas que resulta sensato evitar exponer a alguien que está a punto de meterse en el coche de un desconocido. Me puse yo muy triste. No quiero vivir en un país en el que eso sea lo sensato. Ni un paso atrás, y muchos besos en todos los portales.