Otras miradas

Armados con la bandera del arcoíris

Las banderas arcoiris y trans, en el balcón del Ayuntamiento de Zaragoza, el Día del Orgullo de 2018.
Las banderas arcoiris y trans, en el balcón del Ayuntamiento de Zaragoza, el Día del Orgullo de 2018.

Decía Galeano: "Armados con la bandera del arcoíris, símbolo de la diversidad humana, están revolucionando uno de los legados más siniestros del pasado. Los muros de la intolerancia están empezando a desmoronarse. Esta afirmación de la dignidad, que nos dignifica todo, nace del coraje de ser diferente".

Nada ha cambiado. A pesar de que un chico inventara presuntamente una agresión falsa y finalmente no pareciera tal, seguimos por desgracia lamentando demasiadas agresiones contra el colectivo LGTBI y el asesinato hace un mes en A Coruña de Samuel Luiz. Nada ha cambiado por mucho que nos gustaría. Tan solo la semana pasada se producían varias denuncias; la de un trans que recibió varios puñetazos en Blasco Ibáñez, la de una pareja en Lleida, una agresión homófoba a un niño de 11 años en Cartagena o la que se produjo contra una joven trans de 19 años en Barcelona. Por ello, me veo en la necesidad y la responsabilidad de seguir denunciando la violencia, el odio y la intolerancia. Los datos hablan. Entre 2013 y 2019, aumentaron un 45% las agresiones homófobas, según los datos que recoge el Portal Estadístico de Criminalidad del Ministerio de Interior.

El hecho de que exista una denuncia falsa no elimina todas las demás producidas. Igual que el hecho de que haya un 0,01% de denuncias falsas en violencia de género no hace que el resto dejen de existir.  Algunos usarán este punto de giro del guion en beneficio propio y retorcerán la realidad, los datos y las estadísticas hasta que consigan, una vez más, aferrarse a la excepción para negar la violencia sistémica contra todo un colectivo y seguir lanzando discursos de odio hasta que se produzca la siguiente agresión.

Por desgracia esos muros de la intolerancia de los que hablaba Eduardo Galeano, siguen en pie. O es mera apariencia, quizá los últimos coletazos, los últimos sedimentos que se empeñan en resistir a pesar del fluir del río de la evidencia, del avance, del progreso y de la diversidad del nuevo mundo que habitamos.

Algunos vamos armados con la bandera del arcoíris, la bandera del respeto y de la tolerancia, del progreso, mientras otros han decidido hacer una oda a los muros de Atapuerca y quedarse anclados en ellos dando pataletas como quien se resiste a lo que al fin y al cabo sucederá. Nuestro pecado es el de amar a quien tenemos al lado, sea cual sea su procedencia, su género, su raza, si identidad. El suyo es el de no amar a nadie, ni siquiera a sí mismos.

En el fondo "una sociedad tiene todos los delincuentes que se merece" decía Emma Goldman. La intolerancia, el odio, el miedo a lo no normativo forman parte de una sociedad que no ha cultivado lo suficiente sus valores más primarios y necesarios. Y me duele decir que en el fondo, todos, quien más quien menos, hemos sido cómplices, hemos visto pasar delante de nuestras narices discursos que bien podrían ser de otra época, hemos callado, muchas veces por miedo, otras por evitar el conflicto. Los medios a la cabeza han blanqueado y normalizado discursos de odio, siendo altavoz a diario de  declaraciones que banalizan el mal, que disparan afirmaciones repletas de furia hacia lo minoritario, el vulnerable, el racializado, la trans, el homosexual. En lugar de proteger al de al lado, que es lo que debía de hacer la especie humana, y así beneficiarse el colectivo, algunos desean aniquilar al otro, al de enfrente, sea quien sea ese que no es de su agrado.

En esto del discurso del odio cabe preguntarse también qué fue antes, el huevo o la gallina. Según afirma Adama Dieng, asesor de la ONU en la prevención del genocidio y tal y como compartía compartía Miquel Ramos en Twitter. : "Los discursos de odio anteceden a los crímenes de odio. El Holocausto no empezó con las cámaras de gas. Las palabras matan tanto como las balas".  Las agresiones homófobas y LGTBIfóbicas se deben a los discursos de odio que se están pronunciando de forma organizada desde determinados partidos políticos e instituciones.

Justo en un momento en el que nuestro país se produce un gran avance en materia de derechos humanos y más concretamente con el colectivo LGBTI surgen estas reacciones, estas violencias de quienes se empeñan en aferrarse a lo antiguo, lo caduco, lo apolillado. Su odio es una reacción al avance del feminismo, de la solidaridad y de la diversidad. El colectivo LGTBI, así como las mujeres feministas o racializadas, con discapacidad y cuerpos diversos, estamos conquistando el espacio público, ya sea a través de la política, nuestras opiniones en redes o nuestros escritos, en lugares que tradicionalmente ocupaban hombres blancos hetero cis. Y no pueden permitirlo porque supone renunciar a sus privilegios de clase, género o raza, supone reconocer que hay más personas con los mismos derechos, con las mismas opciones y posibilidades de tener una vida digna y les aterra renunciar a sus parcelas de poder. Hablemos claro.

Por todo ello, no podemos, no debemos ser equidistantes ante quien normaliza estos discursos, no debimos serlo nunca, esta sociedad merece ser mucho mejor de lo que es y depende de cada uno de nosotros que así sea. Tolerancia cero ante los discursos de odio, somos muchas más las que creemos en un mundo nuevo, que va creciendo más y más allá de los muros de la intolerancia.