Otras miradas

No estaba loca, era maltrato

Anita Botwin

Anita Botwin

Participantes en la manifestación del 8M (Día Internacional de la Mujer), en Madrid a 8 de marzo de 2020.- Jesús Hellín/EUROPA PRESS

"O te matas o me mato yo", escuchó María por primera vez cuando solo tenía 16 años. Entonces no pudo comprender nada, a qué se debían esas palabras que escupía la boca de su novio, tras decirle que ya no quería estar más con él. Esa misma noche había golpeado a unos chicos en una fiesta y a ella misma por ponerse en medio para tratar de evitarlo. Tras eso, supo que no podía decírselo en persona y el miedo le impedía dar el paso de dejarle definitivamente. Así que lo hizo por teléfono, le dijo que se había terminado y después tuvo que cambiarse de domicilio para que no pudiera encontrarla. Estuvo muchos años con pesadillas, que aún a día de hoy aparecen cuando menos lo espera, y con tratamiento psicológico hasta hoy, veinte años después.

La historia de María en realidad es la mía, pero también la de cientos de miles de mujeres en el mundo. El abuso, el maltrato, el acoso machista tienen sus consecuencias directas en nuestra salud, especialmente en la salud mental. Y así lo indican los datos: las mujeres que han sufrido violencia física o sexual de alguna pareja a lo largo de sus vidas tienen cinco veces más riesgo de tener pensamientos de suicidio que las mujeres que nunca han sufrido violencia de sus parejas. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que el maltrato es la causa del 25% de los intentos de suicidio de las mujeres.

No olvidemos tampoco el caso de Verónica, trabajadora de Iveco que se suicidó después de que se difundieran varios vídeos sexuales en los que aparecía entre la plantilla de la empresa en la que trabajaba. Un año después se archivó la causa, por desconocer el autor de los hechos, según el Juzgado. La violencia machista tiene consecuencias directas entre las mujeres que lo sufren y es ya un problema de salud pública que por desgracia no es aún lo suficientemente visible ni condenado socialmente.

En mi caso, han sido muchos años de tratamiento psicológico cuando he podido costearlo, porque la salud mental en la sanidad pública es la gran olvidada. Sin embargo, y ahora que parece que nos tomamos un poco más en serio las cuestiones de género, es necesario y urgente que se incrementen estos servicios públicos y se forme al personal en feminismo para que puedan tratar de la mejor manera posible estos problemas derivados de la sociedad machista en la que vivimos.

Habrá quien me diga, y no le faltará razón, que será mejor prevenir, evitar la herida antes de poner el parche; sin embargo, mientras eso llegue y acabemos con el patriarcado, es fundamental que las víctimas del mismo puedan tener a su disposición los recursos que una sociedad justa debe ofrecerles.

Las mujeres sufrimos más problemas de salud mental que los hombres según la Confederación de Salud Mental España: alrededor del 75% de mujeres sufren problemas de salud mental (el 29% depresión y el 43% ansiedad). Si bien el capitalismo, la clase social y la precariedad laboral tienen impacto directo en la salud de todas las personas, hay unos condicionantes propios cuando se trata de nosotras. Dependiendo de su género, la sociedad nos impone unos roles u otros y ello hace que tenga consecuencias distintas en nosotras. Los estereotipos o roles de género en la mujer nos verían como más débiles, sumisas, indefensas, preocupadas por los demás y con una alta emotividad, según las conclusiones del XXXII Congreso Nacional de Enfermería en Salud Mental.

Por su parte, la depresión se ha convertido en la primera causa mundial de discapacidad, según la OMS : se calcula que afecta a más de 300 millones de personas. Pero esta enfermedad es dos veces más común entre las mujeres que entre los hombres y la organización señala que es "imposible" examinar el impacto del género en la salud mental sin considerar la discriminación y la violencia de género.

En mi caso, desarrollé estrés postraumático y agorafobia, junto con ansiedad y depresión, factores que me impidieron hacer una vida normal; y me ausenté de la universidad un tiempo, hasta que los psicofármacos comenzaron a hacer efecto. Yo no lo asocié a haber sufrido maltrato, porque entonces nadie parecía darle importancia a esos sucesos, quizá ni yo misma. Años después, con una terapeuta formada en género, pude comprender qué era lo que había ocurrido realmente y solo entonces pude mejorar en mi tratamiento. Hasta ese día, yo me había creído un bicho raro, una enferma, una loca, pero todo tenía una explicación y ahora por fin las piezas del puzzle encajaban.

Por todo ello, y para que muchas chicas puedan ahorrarse años de incertidumbre y dolor, es fundamental que se tome en serio este tema y los problemas de salud mental se traten teniendo en cuenta el género.