Otras miradas

A vueltas con el sujeto político feminista

Luisa Posada Kubissa

Profesora de Filosofía UCM | Instituto de Investigaciones Feministas UCM

Varias mujeres participan en una concentración por el 'Dia de Acción Global por el Aborto Legal, Seguro y Accesible', a 28 de septiembre de 2021, en Madrid.- Jesús Hellín/EUROPA PRESS

Comprender el debate sobre el sujeto político feminista obliga a volverse al contexto de la llamada postmodernidad. No podemos meternos aquí a aclarar qué es exactamente esta filosofía postmoderna, pues entraríamos en un terreno proceloso; pero sí se puede decir que, a grandes rasgos, se trata de la voluntad de deconstruir los parámetros y los discursos que constituyeron el mundo de la modernidad ilustrada a partir del siglo XVIII. O, por decirlo en términos de Lyotard-uno de los padres de la postmodernidad- se trataría con la postmodernidad de acabar con esos "grandes relatos", en los que la cultura se ha contado a sí misma. Y, entre estos relatos, estarían también las reclamaciones de igualdad que la Modernidad ilustrada y la Revolución Francesa del siglo XVIII pusieron en pie. En esta línea, también la igualdad entre los sexos no sería otra cosa que un relato a deconstruir. Pero, ¿cómo afecta esto al feminismo?, nos preguntaremos.

Pensemos que el panorama del feminismo en ese contexto postmoderno también se fragmenta, en particular a partir del año 1975 -por poner una fecha aproximada y, por supuesto, simbólica (ya que se trata del primer año declarado como Año Internacional de la Mujer por la ONU)-. Cabe leer que hay, a partir de esa fecha simbólica, un punto de inflexión de la teoría y también de la práctica feminista: porque simbólicamente 1975 viene a delimitar el momento actual, un momento en el que las tendencias feministas se diversifican y se fragmentan tanto como las propias variables socio-políticas con las que el feminismo interactúa: esto quiere decir que hablar de feminismo a partir de aquí será hablar de racialización, de etnicidad, de alternativas verdes o ecológicas, de grupos de mujeres negras, chicanas y emigradas en general, de preferencias sexuales, etc. Y que todo esto compone una red de variables, que son variables de opresión y que, lógicamente, diversifica los intereses de las mujeres, según cuál sea su relación con cada una de esas variables.

En un espectro tan diversificado se va a abrir paso la llamada teoría queer, que se presenta como postfeminismo, y que reconoce como su pensadora fundacional a la filósofa estadounidense Judith Butler. Butler, en la obra que la hizo mundialmente famosa en 1990 (El género en disputa), propone, entre otras cosas, desestabilizar las identidades, porque toda identidad es normativa y excluyente. ¿Por qué? Porque todas establecen unas normas a las que hay que ajustarse para pertenecer a esa identidad (y por tanto sería normativa) y deja fuera todo lo que no se ajusta a esas normas (y por tanto sería excluyente). Y esto se aplicaría también a la identidad "mujeres".  Butler entiende que la identidad "mujeres", el "nosotros feminista", como toda identidad, es normativa y excluyente, es una "construcción fantasmática" que deja fuera a una gran parte del grupo que dice representar.

A partir de esos supuestos se pretende que estaríamos en un momento de postfeminismo, en el que el sujeto político ya no serían las mujeres, sino una coalición de identidades diversas y contingentes, que se crean y se alían en su resistencia al orden que llaman heteropatriarcal (identidades transexuales, transgénero, bisexuales, etc.). Y se habla ahora, para esa coalición de identidades, de "multitudes queer" como lo denominan algunos de los teóricos queer más reconocidos. Pero, ¿qué son las "multitudes queer"? Y leemos que se nos definen como algo que "es más que la suma de gays y lesbianas, incluye a éstos y a muchas otras figuras identitarias construidas en ese espacio marginal (transexuales, transgénero, bisexuales, etc.) a la vez que se abre a la inclusión de todas aquéllas que puedan proliferar en su seno»[1].  Creo que hay que ser cautelosas con esta especie de nuevo sujeto, que pretende dar el recambio al sujeto histórico del feminismo, es decir, a las mujeres. Y voy a tratar de explicar por qué lo creo.

La filósofa feminista norteamericana Seyla Benhabib le contestaba ya en los años 90 a Butler que, si deconstruimos la identidad mujeres, el "nosotros feminista", nos quedamos sin sujeto político que pueda llevar adelante el proyecto de emancipación que el feminismo es. Benhabib pregunta cómo es posible pensar un proyecto político de emancipación sin un sujeto que lo asuma como propio. Esto es lo que plantea cuando escribe: "Quiero preguntar cómo sería incluso pensable, de hecho, el proyecto mismo de la emancipación femenina sin un principio regulativo de acción, autonomía e identidad"[2]. Es decir, lo que Benhabib está preguntando, y se lo pregunta directamente a Butler, es si es posible siquiera un proyecto feminista sin ese principio de "acción, autonomía e identidad" que es precisamente el sujeto político.

La teoría queer reconoce lo que llama la «crisis del feminismo» como uno de sus fermentos principales. Con esa crisis se refieren a cómo, a partir de los años 80, grupos de mujeres negras, lesbianas, chicanas, etc. denunciaron que no se sentían representadas en el feminismo hegemónico, que solo hablaba de la mujer blanca, heterosexual y de clase media. Pero cabe decir que integrar todas estas diversidades femeninas no tiene por qué ser leído como el acta de defunción del feminismo, como se hace desde el discurso que se presenta como post-feminista. Yo creo que, antes que hablar de enterrar nada y de celebrar su momento post, de lo que cabe hablar es de un enriquecimiento del feminismo, que a partir de esos años 80 abre su mirada a una pluralidad de realidades.

Me gustaría también dejar claro lo que pienso sobre la reivindicación de las sexualidades denominadas no normativas (sexualidades gays, transgénero, transexuales, bisexuales, etc.). Me parece muy legítimo reclamar como objetivo reivindicativo el reconocimiento de las sexualidades llamadas no normativas, pero hay que tener claro que esto no es igual a enunciar un proyecto feminista. Porque, como lo dice la filósofa Nancy Fraser, el feminismo no es sólo una demanda de reconocer culturalmente las diferencias (en este caso, las sexuales), sino que también es, y lo es esencialmente, una justicia de la redistribución de los recursos y riquezas entre hombres y mujeres. Dicho en otras palabras, yo creo que centrar el foco de reivindicación en que se reconozcan las reclamaciones de libertad sexual no será suficiente para impugnar el patriarcado como sistema de dominación total.

Ahora bien, se ha afirmado que la teoría queer no puede conducir a una transformación política y económica del patriarcado, en la medida en la que sigue dentro de la ideología neoliberal. Porque anclarse en la reclamación de poder elegir libremente en el campo de la sexualidad, como si se tratara además de una elección que puede ser libre e individualmente decidida, es una posición que sigue presa de la misma idea de libertad que el neoliberalismo nos quiere vender.

Para ir ya concluyendo, vuelvo de nuevo a la idea del sujeto feminista, meollo de esta reflexión. Yo diría que no podemos admitir que se siegue la hierba bajo nuestros pies y que se pretenda acabar con el sujeto "mujeres" justo cuando el feminismo está volviendo a ser, en esta cuarta ola, un movimiento emergente. Esto tiene que resultar, al menos, sospechoso. El feminismo se ha aliado siempre con las minorías sexuales discriminadas, porque comparte su lucha contra el orden patriarcal en su dimensión de heterosexualidad obligatoria. Pero que se dé una eventual coalición no hace del feminismo una posición que ahora esté llamada a disolverse en esas posiciones. ¿Por qué? Porque la realidad material de las condiciones de vida de muchas mujeres en nuestro planeta -este planeta en proceso de globalización neoliberal galopante- exige todavía pensar desde el feminismo un proyecto de emancipación social, político, cultural e incluso personal. Y para ese proyecto yo creo que todavía se necesita un sujeto fuerte, un sujeto "mujeres" empoderado que, a pesar de sus diferencias que nadie niega, tenga objetivos políticos comunes (que es lo que define a un sujeto político). Y las mujeres tenemos objetivos políticos comunes porque las mujeres padecemos dominaciones comunes por el hecho mismo de ser mujeres. Porque, en definitiva, y por decirlo muy brevemente como ya lo he repetido en otras ocasiones, creo tener muy clara una cosa: que defender que se deconstruya hoy el sujeto "mujeres", que prescindamos de él como sujeto político del feminismo, no puede venirle bien si no es a los propios intereses del patriarcado.

[1]Córdoba García, David, "Teoría queer: reflexiones sobre sexo, sexualidad e identidad. Hacia una politización de la sexualidad", en: D. Córdoba, J. Sáez y P. Vidarte (eds), op. cit., pp. 21-66, p. 22.

[2] Benhabib, Seyla, "Feminismo y posmodernidad: una difícil alianza", en Amorós, C. y Miguel, A. de, Teoría feminista: de la Ilustración a la globalización, Madrid, Minerva Ediciones, 2005, tomo 2, pp. 319-342, p. 327.