Otras miradas

¿Qué futuro nos espera sin Humanidades?

Alumnos de un instituto en clase. / EFE

"Leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana. Y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, el comercio, la ingeniería… son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida, pero la poesía, la belleza, el amor.. son las cosas que nos mantienen vivos". El club de los poetas muertos (1989)

Recuerdo el instituto como una etapa familiar dolorosa, pero también como una etapa de conocimiento maravillosa. Tuve la suerte de tener a quince minutos de casa un instituto público excelente, El Litoral. Frente al dolor de aquella etapa familiar, aquel espacio fue como una tabla de salvación para mí. En los libros, en la literatura, en el latín, en el arte, en la ética y la filosofía encontraba un refugio y mi guía. No exagero en decir que ese instituto me salvó y que, con aquel conocimiento, contribuyó a que fuese mejor persona cuando salí de allí. En aquellas aulas recibí un amplio porcentaje de todo aquello que me amuebló mi cabeza para avanzar. 

Leo que retiran las clases de Filosofía de la ESO, y que se diluyen asignaturas como Latín y Griego. Y no puedo evitar sentir que vamos sin rumbo. Luego nos extrañamos y nos quejamos de las cosas que vemos, de la deshumanización, de la violencia, de la falta de empatía. Nos llevamos las manos a la cabeza por las reacciones de algunos jóvenes… ¿Qué queremos si no les damos herramientas en su formación? ¿Qué sociedad vamos a crear sin Humanidades? ¿Robots? 

No todo en los estudios es crear futuros profesionales que rindan en las empresas y hacer caja. La educación es también crear personas. Crear su interior, hacerse preguntas de por qué estamos aquí, asumir que no somos individuos aislados, pensar qué quiero hacer con mi vida, por qué somos unos pobres y otros ricos, por qué del odio, de la misoginia, la homofobia o el racismo, qué es la muerte o qué es el amor… Con tal de destrozar a las Humanidades siempre me han dicho que estas preguntas son ridículas, pero no es cierto. De esas preguntas justo están llenas las consultas de terapeutas hoy día. 

Si no nos enseñan a obligarnos a preguntarnos y pensar sobre nosotros y nosotras mismas, cómo afrontar el menor problema que nos venga encima. Luego decimos que la juventud hoy día es muy débil o no sabe expresarse bien. ¿Cómo lo van a hacer si les privamos de aquellas materias que desarrollan sus emociones, que articulan el pensamiento o que les plantean los dilemas de la vida que tendrán que resolver?

Latín me llevó al origen de mi lengua, a expresarme mejor, a dar solidez a mi vocabulario. Su profesor, Serafín, me ayudó a conocer dudas y problemas del pasado que siguen siendo actuales hoy día. Filosofía era la asignatura de las respuestas. Habrá quien la recordará como un tochazo. Para mí, no. Quizás pudo ser por mi profesor, Antonio Amo, que ponía pasión en explicar filosofía y te la llevaba a tu vida, te hacía entender que tus decisiones diarias pasaban por ella más allá del libro de texto. Me ayudaba a sentirme menos sola, a darme respuestas que no encontraba y que me calmaban. Las Humanidades me fortalecieron, asentaron mis pilares y me puso, creo, en la mejor dirección para una joven de 14 a 17 años. 

Leo que sí habrá Filosofía en Bachillerato, pero no me vale. Quitar horas de Filosofía a quienes ya no puedan estudiar más es quitar horas de vida, es crear jóvenes con menos criterio, una juventud con un piloto automático ante el día a día, que será como avanzar con ceguera. Y la Filosofía, cuanto antes irrumpa en la vida de ese alumnado, mejor. 

Leo que, al menos, en Bachillerato se estudiarán 26 nombres: 18 hombres y 8 mujeres. Aleluya. Siempre digo en mis conferencias que en lugar de haber llevado en mi carpeta de adolescente a Ricky Martin, ojalá en mis clases de Filosofía me hubiesen hablado de Kate Millet, de Olympe de Gouges, de Mary Wollstonecraft. Ojalá haber podido envolver mis carpetas con sus frases. Me hubiese ahorrado más de un disgusto y me hubiesen dado unas respuestas maravillosas ante el machismo de Rousseau o de Nietzsche o el que vivía cada día de adolescente y del que aún no me percataba. Queda por ver si esas filósofas serán consideradas en clase con la misma seriedad y autoridad que hemos estudiado durante años a Platón o a Kant. Me temo que no siempre será así.

Hay que ampliar horas de Humanidades y no restar. Hay que conseguir que en Filosofía no solo haya 8 mujeres como referentes, sino muchas más. Hay que escuchar a humanistas y filósofas feministas actuales, como Ana de Miguel, y no ridiculizarlas ni menospreciarlas. Estudiar Humanidades no es una pérdida de tiempo. Es ayudarte a madurar. Es enfrentarte a mirarte al espejo y a lanzarte cuestiones, por incómodas que sean. Es colocarte frente a un mundo que te va a devorar y que te va a deshumanizar. Es darte un timón para avanzar con menos miedo. Y no sé qué hacemos lanzando a una juventud a la calle y a sus casas sin ello. Una educación que agoniza a las Humanidades, agoniza al resto de la sociedad.

"Ahora, querida clase, aprenderán a pensar otra vez por sí mismos. Aprenderán a saborear las palabras y el lenguaje. A pesar de todo lo que les digan, las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo", decía el profesor Keating, en El club de los poetas muertos. Y a veces, con estas decisiones, solo pienso que no interesa cambiarlo.