Otras miradas

Del espejo de mi infancia a Carmen Mola y Willie Scott

Carla Berrocal

Ilustradora y dibujante de cómics

El rey Felipe VI y la reina Letizia entregan el Premio Planeta a los guionistas y escritores Agustín Martínez, Jorge Díaz y Antonio Mercero, presentados bajo el seudónimo de Carmen Mola con la novela 'La bestia'. EFE/Quique García

Me miro al espejo. Soy apenas una niña de ocho, nueve años. El reflejo me devuelve la imagen de mi rostro embadurnado en espuma de afeitar. Mi pecho es liso, no hay rastro alguno aún de la mujer que seré. En el recuerdo sostengo en mi mano un peine rojo, de forma redonda. Me lo paso por la cara, con sumo cuidado, y en el gesto asoman unos surcos que dejan ver mi piel. Estoy imitando a mi padre que está junto a mí, afeitándose. 

Llevo toda mi vida queriendo ser un hombre. 

Para mí ser mujer era aburridísimo. Podría resumir mi pensamiento infantil de forma muy sencilla: de pequeña quería ser Indiana Jones y no "la señorita que grita", que era como me refería al personaje de Willie Scott, la rubia que debía ser rescatada una y otra vez de las garras del peligro.

Aprendí que había que disfrazarse de hombre, coger los peores atributos de la masculinidad, porque solo de esa manera era posible atravesar las dificultades a las que tenía que enfrentarme como mujer. Para no ser frágil, había que ser agresiva; para no ser silenciada, había que gritar. Maduré y miré a través de su cristal durante años, aguantando además, toda clase de comentarios que me recordaban una y otra vez la suerte que había tenido de ser una señorita que grita. Así -decían- es más fácil que te publiquen. 

Menos de un 5% de los cómics que se publican en España están hechos por autoras. La cifra es de 2017. No niego que el porcentaje se haya incrementado estos últimos años, pero la realidad es que seguimos siendo menos. Para ello ayudaría muchísimo conocer el porcentaje de autoras que han presentado proyectos y saber exactamente cuántos de ellos acabaron materializándose en las estanterías, pero eso exige a las editoriales transparencia, algo que sigue siendo una quimera en nuestro país. 

Ser mujer en una industria mayoritariamente masculina no es ninguna ventaja. La falta de referentes, la ausencia de red y la invisibilidad de nuestras aportaciones ha sido una constante. Durante años he soportado, estoica, preguntas que remarcaban mi condición de mujer por encima de mis obras. Se repetían una y otra vez, daba igual el tiempo que llevara o cúal fuera mi experiencia, siempre oía lo mismo: ¿qué se siente al ser mujer y dibujar cómics? ¿qué tienen que aportar las mujeres al cómic? ¿Es el cómic machista?

Leo algunas entrevistas a Carmen Mola. En ninguna de ellas se hace referencia a su género, sólo a la incógnita de su existencia. La verdad es que no importa que Carmen Mola sea tres hombres, aunque me parezca una inmoralidad, pienso que eso da igual. El problema no es que tres hombres hagan un naming cutre y un personaje sobadísimo para aprovechar un tirón marketitiano, el problema es que la industria española no genere más espacios para que las mujeres seamos capaces de aportar voz, para que nos empoderemos en nuestra creatividad, creemos más obras y tengamos el mismo espacio que ellos. La realidad del sector editorial es que por cada Carmen Mola que aparece, sigue habiendo hombres que nos roban no solo el cuerpo, también el alma.

Carmen, tu última letra se ha evaporado. Ya no existe nada de ti. Carmen, Carmen Mola, la mujer que fuiste, se ha desintegrado y al contrario de una novela negra, aquí no hay cuerpo. Si al menos lo hubiera, Carmen habría existido, pero importamos tan poco que tan solo desaparecemos.

Me miro en el espejo. Tengo 38 años. Mi reflejo me devuelve algunas canas y un cuerpo ya maduro, pleno de lo que creo que se supone que es ser una mujer. Pienso que ya no quiero ser un hombre, ni mi padre, ni tampoco Indy. Me miro, ahora ya sin peine, despeluchada como siempre, y decido que quiero ser Willie, algo torpe y divertida, asquearme con ella de los sesos de mono y sobre todo quiero no volver a olvidarme de su nombre.