Otras miradas

¿Qué es neoliberalismo? El cartel del curso de Albert Rivera

Cartel de promoción del posgrado en liderazgo y managment político que lidera Albert Rivera

Puede parecer una broma, y en cierto sentido lo es, pero me dejó un tanto perturbada el posgrado de liderazgo y management político que, a razón de casi 6000 euros, dirige Albert Rivera. ¿Qué es el neoliberalismo? Pues ese cartel. Y sí, se que hay mucha literatura sobre esta cuestión pero… ese cartel. No me lo pude quitar de la cabeza.

Analicémoslo: intentemos hacerlo con ojos objetivos. El curso de "management político" lo dirige un político que ha fracasado estrepitosamente, que pudo llevar a su partido al gobierno y que, debido a su impericia, lo hizo prácticamente desaparecer. Y entre el profesorado tenemos a un empresario fracasado, reconvertido en político fracasado y escritor de tuits; a un expresidente acusado de delitos varios; a un señor que es director de la sección de Opinión de un antiguo periódico reconvertido en un fake;  que ha publicado (por poner un ejemplo) como noticia de portada la del hombre que estuvo en coma varios años mientras tenía hijos y se iba de copas; a un economista neoliberal que fracasó estrepitosamente en su empeño de ser un exitoso gestor de fondos de inversión pero que da consejos sobre eso; a un exministro recordado por haber tenido que dimitir tras una pésima gestión y luego, además, está Toni Cantó, el cantamañanas mayor nunca conocido (me encanta esa palabra y por fin puedo usarla). En cuanto a Vargas Llosa hay que decir que como político fracasó estrepitosamente, no sé que management político podría enseñar. Como escritor es maravilloso, sí, pero un gran escritor que se presta a destruir su prestigio literario accediendo a aparecer junto a esta caterva absurda tampoco es un caso de éxito en cuanto a management (sea esto lo que quiera que sea).

Este cartel es un signo del mundo que vivimos y al que, quizá, todavía no hemos encontrado la manera de hacer frente. Lo inició Trump pero no nos dimos cuenta que estaba ya aquí hasta que nos encontramos de golpe con Ayuso. Pero este cartel, este supuesto curso, nos lo muestra de manera muy descarnada e incluso cómica. Este plantel profesoral vale para explicar una época.  En el cartel de cursos futuros es obvio que aparecerá Casado dando clases de derecho, o, quizá, que nadie lo descarte, como experto en energías renovables; en cuanto pierda las elecciones.

No es una cuestión de ser de derechas, no es una cuestión ideológica, de tener una idea del funcionamiento de la economía o de la política, no es nada de eso. Es la vida entera convertida en una especie de Operación Triunfo.  Es la razón-mundo neoliberal en la que ya no hay que justificar nada, ni en términos morales, ni éticos, ni razonables, ni culturales, ni siquiera ideológicos. No importa cómo ha llegado esta gente a la final, ni si ha tenido éxito en lo que pretendió o si ha hundido a su empresa, a su país, o su propia reputación (que, por otra parte, medimos en parámetros ya inexistentes). Lo único que cuenta es que a la final se llega construyendo personajes y ganando dinero no importa cómo. No importa ser el peor, haber hecho la peor gestión en lo suyo, decir tonterías sin parar. No importa contradecir hasta el absurdo las propias justificaciones entre las cuales se supone que es importante ser buen gestor.  Lo que importa es llegar, como sea, a ese espacio en el que están los dueños, los que se enriquecen y se reparten el pastel. Lo único que hay que gestionar es el propio personaje, esa es la única empresa: la de uno mismo.

Estos personajes son los profesores de un curso en el que no puede haber otra materia que la propia presencia: podrán recitar poemas o contar su vida. Eso no es lo importante, porque no hay ningún saber que transmitir, nada que enseñar. Lo importante para el alumnado es estar cerca de ellos a ver si se les pega algo, a ver si consiguen impregnarse del mayor cinismo y desvergüenza. No hay una ideología que sustente esto, no hay teorías económicas e ideológicas detrás. Lo que hay es una pertenencia, una inscripción en la dueñidad, parafraseando a Segato. La dueñidad es la característica de ser dueño, de estar en la posición de dueño de una parte del mundo. Para acceder a esta posición, si no se es rico de nacimiento, lo único que vale es ser capaz de gestionarse a sí mismo en el mercado de la fama.

Y esto, que antes valía para el mundo del espectáculo, ahora vale para todo, política incluida. La superioridad de la propia imagen sobre cualquier idea, razonable o no, inteligente o no, mientras uno se haya conseguido vender a uno mismo. Lo único que hace falta es dar con la tecla en el momento justo. No hay empresas, no hay siquiera ventas, éxitos reales y cuantificables, productos…, el producto es uno mismo. No hay un programa electoral que presentar (el de Ayuso en Madrid estaba en blanco), no hay ideología que defender (se puede decir una cosa y la contraria según convenga), ni empresa que hacer triunfar, ni éxito electoral del que sacar pecho, ni por supuesto inteligencia o cualidades morales que demostrar, nada. No hay otra lógica que el sí mismo: es lo mismo escribir un gran libro que decir tonterías, es lo mismo ser un político exitoso que uno fracasado, es lo mismo ser una buena persona que una mala, ser lista que tonto, ser antidemócrata que demócrata, ser un buen artesano que hacer mierda.

Los personajes que dan el curso son expertos en nada. Miembros de una expertocracia en la que ellos mismos se reparten el reconocimiento. Como escribió Paul Krugman son únicamente expertos en manejar una corrupción soft que permite ganar mucho dinero sin acabar en la cárcel. Son quienes contribuyen a crear un ámbito que sostiene el poder sistémico con opiniones absurdas o falsas pero que los medios recogen y a las que las universidades creadas por ellos mismos otorgan prestigio, títulos fake,  extienden y  naturalizan. Ni siquiera es necesario que el discurso o el conocimiento sea lógico, la lógica común es ahora antisistémica.

Es la representación perfecta de la subjetivación neoliberal que ya está mucho más allá del imaginario capitalista. Es el mundo de la emoción no anclada a ninguna realidad tangible, son deseos, el de mucha gente de estar ahí, en ese puesto, dando clases de managment político sin tener ni idea de nada. Conducimos nuestras vidas como si fuera una empresa en la que el producto somos nosotras mismas y no importa muy bien lo que hagas contigo siempre que triunfes, aunque tampoco se sabe cómo. Por eso la gente va tocando teclas a ver si da con la que vale: fotografiarse desnuda en las redes, hacer chistes en un canal de You Tube;  hay, literalmente, millones de gente que baila en tik tok (un minuto, eso sí, que más no nos aguanta la atención),  que da charlas de futbol, de política, de cosas variadas, gente que se pone un gorro o un pirulí en la nariz, gente que hace chorradas, sin más, gente que te explica cómo explotarte un grano, todo vale porque todo es susceptible de llevarte a la final. Un curso así sirve, en realidad, para formar cuadros de la extrema derecha, cuadros para sostener y defender los privilegios de los que son los dueños del mundo. Supongo que aprenderán a ser Pablo Casado, buena dicción, buenos dientes, buena imagen, la nada detrás de eso.

¿Cómo confrontar esto? La respuesta fácil sería decir que haciendo lo mismo. El problema fundamental (no el único) es que nunca lo haremos igual de bien.  Por cierto, no hay ninguna mujer porque el espacio de la dueñidad es tan machista como otros muchos. Pero yo a Albert Rivera le sugiero a Jeanine Añez, de profesión golpista y racista, pero candidata al premio Sajarov por la libertad y la democracia.