Otras miradas

Las huelgas son nuestras

Los trabajadores del sector del metal de Cádiz durante la manifestación llevada a cabo por tercer día consecutivo ante los desacuerdos entre las partes en las negociaciones de un nuevo convenio colectivo para las pequeñas y medianas empresas (pymes) del sector. EFE/Román Ríos.
Los trabajadores del sector del metal de Cádiz durante la manifestación llevada a cabo por tercer día consecutivo ante los desacuerdos entre las partes en las negociaciones de un nuevo convenio colectivo para las pequeñas y medianas empresas (pymes) del sector. EFE/Román Ríos.

Las huelgas de los trabajadores y trabajadoras siempre tienen mala prensa y zero comprensión por parte del establishment mediático. Los paros patronales siempre tienen un ejército de tertulianos, opinadores y expertos para justificarlos.

Cuando hay una huelga, una sombra de duda se cierne sobre las causas que la motivan. El caldo de cultivo previo lo guisan desprestigiando a los sindicatos. Atacando a uno de los actores legítimos para convocar una huelga se ataca el instrumento constitucional de la huelga en sí. Una vez ésta se produce, se empiezan a lanzar mensajes del estilo "Lo que piden los trabajadores es imposible". Esto suele verse acentuado por aliados inesperados que atacan las huelgas de los trabajadores industriales como una resistencia fordista del siglo pasado a los avances del nuevo sistema que ya no necesitaría este tipo de trabajadores, al menos, no tantos.

No olvidemos nunca que las huelgas son uno de los pocos instrumentos que tienen los trabajadores y las trabajadoras para hacer valer sus intereses legítimos frente a los propietarios de las empresas. Tampoco que la mayoría de los paros patronales son paros políticos y su principal blanco son los propios gobiernos.

Por eso, un derecho constitucional, recogido en el artículo 28, es puesto en duda de forma continuada, sembrando dudas y sospechas. Otro, que no está reconocido de forma explícita en la Constitución (aunque se recurra al artículo 37.2) se celebra y se defiende sin ambages por parte de los poderes mediáticos y económicos.

Una de las estrategias comunicativas que se han ido lanzando desde los espacios de poder es posicionar las huelgas como algo del pasado, un viejo instrumento de unos viejos obreros. Un viejo instrumento de un mundo que ya no está ahí. La huelga feminista del 8 de marzo 2018 desmontó esta premisa: incorporó todas las nuevas luchas de forma eficaz. Ahora, ante la huelga del metal en Cádiz, vuelve a surgir o bien el silencio mediático o bien la criminalización de la propuesta.

En Cádiz nos están demostrando que los instrumentos de lucha laboral para hacer valer los intereses de la clase trabajadora siguen siendo útiles y más necesarios que nunca. Tanto el feminismo, como el ecologismo necesitan también de este tipo de herramientas que nos ha permitido avanzar a todas en derechos. Por eso es tan importante preocuparse también de estas formas de lucha y hacernos cargo de ella. Primero, volviendo a poner en valor el instrumento y, segundo, huyendo de todas las etiquetas que intentan desprestigiar a los trabajadores industriales y su lucha.

El impulso que hay detrás de todas las huelgas es un impulso democrático, para repartir el poder y dar voz a las que no tienen voz. Es en ese impulso democrático por repartir el poder y la riqueza, pero también en esa necesidad de reconocimiento como un igual, donde todas nos encontramos en un mismo lado.

El laborismo, con Yolanda Díaz a la cabeza, se está configurando como una línea política de primer orden en un mundo que presiona por privatizarlo todo y desposeernos de las herramientas básicas que sostienen nuestras vidas. La lucha del metal en Cádiz vuelve a situar la importancia de una política laborista que defienda a las trabajadoras y trabajadores, porque defendiendo sus intereses se defiende al mismo tiempo los derechos de todas.