Otras miradas

Abandonar la idea de Iberoamérica

Silvio Falcón

Profesor asociado de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona

La XXVI Cumbre Iberoamericana se realizó en la ciudad de La Antigua, Guatemala.- EFE / Archivo

Llevo tiempo reflexionando sobre escribir –o no- este artículo. Mis intuiciones iniciales me empujaban a hacerlo y a invertir tiempo en cómo articular las ideas que tengo al respecto. Lo que me frenaba es la ausencia de un discurso equiparable en la intelligentsia versada en el tema, especialmente a nivel español. Los investigadores más destacados, las expertas con más publicaciones y las personas que siguen la política latinoamericana acostumbran a defender las potencialidades del proyecto iberoamericano. ¿Quién soy yo para oponerme al criterio de catedráticas en historia de América, exmandatarias latinoamericanas o altos cargos del Ministerio de Asuntos Exteriores?

Precisamente, mi interés por la actividad del Ministerio de Asuntos Exteriores me puso tras la pista. Desde la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa la cuestión iberoamericana ha aparecido de diversas formas en el organigrama del Ministerio. En la etapa Borrell las competencias sobre Iberoamérica se encuadraron en la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional y para Iberoamérica y el Caribe. Posteriormente, con la llegada del gobierno de coalición se separaron dichos ámbitos, asumiendo Cristina Gallach la Secretaría de Estado de Iberoamérica y el Caribe. En la actualidad, desde julio de 2021, tras la incorporación del Ministro Albares, la Secretaría de Estado suma las competencias de las antiguas Marca España y España Global, ahora bajo el epígrafe "español en el mundo". Iberoamérica en España tiene rango de Secretaría de Estado. Importancia política y relevancia suficiente como para sumar competencias (cooperación o proyección de la marca nacional) en las sucesivas reestructuraciones gubernamentales.

¿Qué otros países del ámbito Iberoamericano sitúan esta idea en el centro de sus políticas? El Ministerio de Relaciones Exteriores argentino tiene una Secretaría de Relaciones Exteriores, una Secretaría de coordinación y planificación y hasta una de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur. Destaca también una Subsecretaría que trata especialmente la actividad argentina en Mercosur. De Iberoamérica, ni rastro.

¿Y en México? En su Subsecretaría de Relaciones Exteriores solamente figuran tres direcciones generales: una para Asia-Pacífico, otra para África, Asia Central y Medio Oriente y una para Europa. América Latina, evidentemente, tiene su propia Subsecretaría y Direcciones Generales. Ninguna trata cuestiones Iberoamericanas. Por no hacerlo más largo y tedioso, como se pueden imaginar, tampoco en las cancillerías de Colombia, Uruguay, Brasil, Perú, Panamá o Ecuador se aprecia ninguna atención especial al concepto de Iberoamérica. Me dirán ustedes que claro, en aquel lado del charco lo evidente es dedicar estructuras organizativas que se fijen en la realidad regional: en América Latina. Y es cierto que así es. Pero, por ejemplo, el Ministerio dos Negócios Estrangeiros de Portugal trata cuatro áreas con rango de secretaría de Estado: asuntos europeos, asuntos exteriores y cooperación, comunidades portuguesas e internacionalización. Tampoco en Portugal existe una Dirección General dedicada a cuestiones iberoamericanas.

Parece evidente que Iberoamérica es un marco conceptual concebido por España, pensado para ponerse en el centro. Se me ocurren dos analogías. La primera, España desarrolla y fomenta ese concepto practicando una especie de gerrymandering geopolítico; deformando la lógica regional para obtener un ámbito internacional donde ejercer un cierto liderazgo. La segunda, España creó durante el franquismo los primeros organismos de cooperación iberoamericana imitando torpemente una Commonwealth patria. Un imperio venido a menos con ganas de recuperar su influencia en las excolonias.

El concepto Iberoamérica no es neutro, porque no restringe el ámbito de actuación según criterios lingüísticos (lenguas latinas) o regionales (incluyendo todo el Caribe). El Diccionario Panhispánico de Dudas circunscribe este concepto a "el conjunto de países americanos que formaron parte de los reinos de España y Portugal". La construcción de iniciativas regionales bajo el impulso de esa alianza iberoamericana solo puede entenderse bajo una actitud de poscolonialismo ineficaz. Ese significante vacío –abanderado por las instituciones del Estado- no molesta especialmente en América Latina y el Caribe precisamente porque ni ahoga, ni aprieta. La partida geopolítica a nivel regional se juega en otros foros: en la OEA, en la CELAC o en MERCOSUR. Las Cumbres Iberoamericanas ejercen como una segunda división; como los partidos amistosos que preceden a una temporada futbolística. Un evento festivo y que, en alguna ocasión, puede sumar algo.

Todo esto no quiere decir que las tareas y los proyectos de las organizaciones iberoamericanas sean inútiles. Es cierto que el impulso gubernamental –y de las empresas- ha situado este concepto en el imaginario publicoprivado y ha dado vida a largas experiencias de intercambio que a día de hoy cabe destacar. A mi parecer, son muy interesantes las iniciativas de intercambio educativo y cultural de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura, el programa Ibermedia impulsado por la SEGIB o el Programa Iberoamericano de la Juventud que promueve el Organismo Internacional de la Juventud para Iberoamérica. En líneas generales, el llamado sistema iberoamericano ha encontrado un espacio en la cooperación multilateral (donde la encuadran los ejecutivos latinoamericanos) y ha permitido que las relaciones bilaterales sean más intensas. Ahora bien, no debe sorprendernos en qué ciudad están las sedes principales de las 5 organizaciones que forman el sistema iberoamericano. La sede de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) está en el madrileño Paseo de Recoletos, 8, donde comparte espacio con el Organismo Internacional de la Juventud para Iberoamérica (OIJ) y la Conferencia de Ministros de Justicia de los Países Iberoamericanos (COMJIB). La Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI), en cambio, tiene su sede en otro lugar –pero en la misma ciudad-: en la calle Bravo Murillo, 38. Por último, la Organización Iberoamericana de Seguridad Social (OISS) tiene su cuartel general en la Calle de Velázquez, número 105. De Madrid, claro está.

Esta reflexión, como comentaba anteriormente, no es un ataque a las actividades del sistema iberoamericano, sino a la idea que hay detrás de su promoción. Estos organismos atraen a exmandatarios latinoamericanos a Madrid, que asumen cargos de relevancia en las entidades del sistema iberoamericano. Así, el Ministerio de Asuntos Exteriores –con una Secretaría de Estado plenamente dedicada- es capaz de promover sus relaciones privilegiadas. Es el caso de la exvicepresidenta de Costa Rica Rebeca Greyspan, ahora secretaria general iberoamericana, o de Gina Riaño, exministra de Trabajo y Seguridad Social de Colombia, ahora al cargo de la Secretaría General de la Organización Iberoamericana de Seguridad Social. Entre otros muchos ejemplos.

Lo cierto es que Iberoamérica solo existe en Madrid, en el Madrid político. No me malinterpreten, hay multitud de sedes locales de los organismos de cooperación en diversos países latinoamericanos. Pero es evidente a quién y para qué sirve esa idea poscolonial.  España, Portugal y Andorra, en cambio, no juegan un papel clave en la articulación de iniciativas de integración regional efectivas al otro lado del Atlántico. Tal vez no deban asumir ningún rol a ese respecto. En cualquier caso, parecería más razonable sumarse como observador a las cumbres de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) que construir instituciones y proyectarnos al futuro partiendo de una idea caduca.

Y no me malinterpreten. Las relaciones bilaterales de los países de América Latina y el Estado español deben ser prioritarias y de máximo nivel. De hermandad. Para ello, también las comunidades autónomas deben poder construir una acción exterior capaz de tejer lazos, más allá del Ministerio, con instituciones y organismos regionales de ámbito latinoamericano. Si verdaderamente creemos que debemos tener unas relaciones duraderas y fructíferas, estas deben producirse de igual a igual; especialmente cuando enfrente nos encontramos con grandes potencias globales –como México o Brasil-. ¿Qué sentido tiene seguir insistiendo en la idea de Iberoamérica cuando los tratados comerciales con estos países los firma la Unión Europea?

La construcción de una nueva agenda de relaciones con América Latina y el Caribe debe permitir darles impulso a estas pero reformularlas; adaptarlas al siglo XXI abandonando viejas perspectivas. Se debe proponer una nueva lectura, desde Europa -y la Unión Europea-, sobre América Latina y el Caribe, capaz de respetar sus procesos, la soberanía de sus países y que a la vez exija el respeto a los derechos humanos. En ese aspecto, España ha tomado partido de manera decidida en conflictos como el venezolano, en vez de ejercer como un actor facilitador del diálogo. Hay mucho que aprender del ejemplo de México.

Abandonemos la idea de Iberoamérica para liberarnos de viejas hipotecas ideológicas. Cuando hayamos desechado estos conceptos autocentrados para abrazar proyectos políticos de integración a ambos lados del Atlántico seremos capaces de dibujar un nuevo panorama. Y estaremos preparados –aunque ya debiéramos estarlo- para pedir perdón por el genocidio de la conquista o acompañar la reducción de las desigualdades en América Latina y el Caribe. Cabe abandonar toda ensoñación imperial y colonial para actuar en el mundo multipolar de nuestros días.