Otras miradas

Los hombres que aman bien a las mujeres

Ana Bernal Triviño

El director del Instituto Cervantes y viudo de Almudena Grandes, en el entierro de la escritora, en el Cementerio Civil, a 29 de noviembre de 2021, en Madrid (España).- EUROPA PRESS

Estos días no he podido quitarme de la cabeza una imagen de Almudena Grandes agarrada al brazo de Luis García Montero. Tampoco sus cruces de dedicatorias y poemas. Ojalá toda persona tuviera en vida un amor así, de compañeros, de respeto, de tú a tú, sano y con admiración.

Quienes me siguen desde el documental de Rocío Carrasco saben bien que uno de los pocos días que me vieron con lágrimas ante la cámara (en este caso, de felicidad) fue cuando se emitieron las imágenes de la boda entre Rocío y Fidel. Aunque no los conociera, no era difícil empatizar cuando sabes lo que hay detrás de una mujer que denuncia malos tratos y que, años después, incluso ha querido suicidarse.

Casi lo mismo me sucedió cuando leí hace unos meses a Sindy Takanashi cuando narraba que, con 28 años, había descubierto su deseo de relaciones sexuales, y gracias al único hombre de su vida que se preocupó por ello. "Imagina la rabia que te genera tener flashbacks horribles mientras estás en la cama con la persona que mejor te ha tratado del mundo", decía en su texto. Y hace unas semanas leí en La revuelta de las putas, de Amelia Tiganus, cuando su pareja intuyó que ella no tenía ganas de sexo. Y él paró, la miró y le indicó que no le volviera a hacer eso, que no se sintiera forzada y dijo expresamente: "Yo no quiero ser ningún violador". 

No hay que dar las gracias a los hombres que son buenos ni darles un premio, porque todo ser humano debería de amar sin violencia. Este comportamiento debería ser lo normal, pero no siempre lo es. Ojalá, mirando esos casos anteriores, todos los hombres tomaran a estos como ejemplo y guía, en lugar de seguir referentes machistas o violentos. 

El amor, de entrada, no es fácil. Pues imaginen qué es el amor cuando has sufrido violencia y el dolor está detrás. Las mujeres enfrentadas a  violencia o cualquier tipo de abuso, ya sea de adultas o niñas, tienen no solo una batalla interna para reponerse a sí mismas, sino también para volver a confiar en el amor y en el sexo. 

Algunas de ellas han sufrido tanto que no quieren volver a enamorarse. Otras consideran que su proceso de cura interior y de desarrollo personal pasa por no negarse al amor. Trabajan sus traumas y las consecuencias de la violencia sobre sus mentes y cuerpos. 

Un proceso donde ellas ponen el 100% de sí mismas para superar sus malas experiencias, recuerdos que pueden frenarlas y atarlas a situaciones de pasado que las bloqueen. Pero cuando se trata de dos, la recuperación es responsabilidad también del otro 50% y ahí es donde estos hombres suman. 

Cuando te enamoras de una mujer que dejó de quererse, que escuchaba insultos o valoraciones negativas sobre su cuerpo y mente, que la llamaban "inútil", "fea", "gorda", "estúpida", "imbécil", "no sabes hacer nada", "mentirosa", "loca" o "no sirves ni para puta en la cama" no es fácil devolver la confianza en ella, sino que también confíe en alguien como pareja. Lo peor que le puede suceder a estas mujeres es volver a confiar en alguien que les haga promesas falsas o vacías o que traicione su confianza y esperanza.

No olvidemos, por favor, a aquellas mujeres para quienes la violencia sexual les golpeó dramáticamente. Las sometidas a explotación sexual y cuyo cuerpo pasaba de puteros a puteros desconocidos y dispuestos a humillaciones o aquellas otras mujeres que fueron violadas, bien por conocidos o por desconocidos.

Recuerdo que, en unas cuantas ocasiones, muchas mujeres que iniciaban ese proceso hacia el amor en pareja, cuando compartían con ellos su pasado y situación, se encontraban el rechazo. No todos los hombres son capaces de afrontar las consecuencias que otros hombres han dejado sobre ellas. Otras, en cambio, confesaron haber tenido la fortuna de que ese otro 50% de la pareja les dio la mano, entendió cada una de sus parálisis, sus rechazos, sus miedos o sus llantos repentinos. Y no solo eso sino que les dio el tiempo necesario y las herramientas precisas para superar esos obstáculos y para que se quisieran ellas mismas, ante todo. 

Esos hombres demuestran que la violencia no se debe por un componente biológico, sino que el género no sólo oprime a las mujeres, sino que convierte a los hombres, con sus mandatos, en violentos. Por eso se llama violencia de género. Y que como cualquier construcción cultural esta puede deshacerse. 

Ellos demuestran, como tantas veces decimos las feministas, que están los verdaderos hombres, los que apuestan por mujeres y los que apuestan por parejas lejos de la violencia y centradas en el respeto. A lo mejor ni van a manifestaciones ni ponen tuits de aliados, sino que ejercen como tales dentro de sus casas y sin hacerse la foto, que es como empieza el verdadero cambio.

Esas parejas deberían siempre ser ejemplo de lo que puede llegar a construirse. Porque quizás es en eso en lo que reside el verdadero amor. En la aceptación y comprensión absoluta del pasado para crear otro futuro en compañía.