Otras miradas

Carta abierta a los demócratas del Estado español y Europa

Artur Domingo i Barnils

Historiador | Especialista en la obra y el legado de Gandhi

Varias personas acuden a la manifestación contra el fallo del 25% de castellano, a 18 de diciembre de 2021, en Barcelona, Catalunya (España).- Lorena Sopêna / Europa Press

A propósito de la manipulación y el uso perverso de determinados conceptos

Desde que se hicieron públicas las medidas cautelares dictadas por el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya obligando a una escuela de Canet de Mar a desarrollar en castellano el 25% de las horas de clase en un aula de P5, a petición de una sola familia, se ha generado una situación de tensión que algunos parecen querer aprovechar para provocar un grave conflicto social donde no se daba.

Estas medidas cautelares contravienen todos los criterios pedagógicos, así como las leyes relacionadas con la inmersión lingüística consensuadas por la gran mayoría de la sociedad y la comunidad educativa que se aplican en Cataluña desde la década de 1980, evitando así la segregación escolar por origen lingüístico y que garantizan que al finalizar la etapa educativa obligatoria todos los alumnos puedan salir competentes tanto en el uso de la lengua catalana -reconocida como propia- como en el de la lengua castellana. Cabe decir que esta realidad escolar y lingüística se desarrolló sin tensiones destacables hasta la aparición del partido Ciutadans/Ciudadanos el cual, desde su nacimiento, hizo bandera de la lucha contra la inmersión lingüística y la normalización y protección del catalán como lengua de uso social extendida a todos los ámbitos, después de ser durante tantos años maltratada por las políticas de la dictadura franquista.

Como no podía ser de otra forma, la mayoría de padres y madres de la citada escuela han protestado contra esta situación y las medidas cautelares del TSJC, ya que se impone la voluntad expresada por una familia contra la de todas las demás familias afectadas por dicha decisión. Obviamente, en toda protesta pueden haber afirmaciones o actitudes más o menos afortunadas, e incluso reprobables, pero criminalizar todo un movimiento en favor de una causa justa por alguna actitud aislada que pueda darse, es lo que hacen los regímenes autoritarios con todo tipo de protestas.

A partir de esa situación, por parte de los partidos de la derecha y la ultraderecha española y catalana (las fronteras entre los cuales, a día de hoy, son difíciles de acotar) se está desarrollando una vergonzosa e indigna campaña mediática, con el apoyo incondicional de determinados medios de comunicación, basada en la manipulación y la mentira en el más viejo estilo del fascismo tradicional y en lo que también se conoce en nuestros tiempos como trumpismo (de Donald Trump). La verdad es lo de menos, lo que importa es la eficacia posible de la tergiversación o la mentira. Y en esto algunos y algunas son auténticos y lamentables "artistas".

En ese sentido se han utilizado tergiversaciones y una terminología inaceptable para cualquier sensibilidad democrática. Se ha acusado a las familias de la escuela de Canet que defienden la línea seguida hasta ahora, así como a los defensores de la inmersión lingüística y a las instituciones catalanas de "nazis" o de "nazismo", de practicar el Apartheid, etc., por no hablar de las irresponsables mentiras del dirigente del Partido Popular Pablo Casado, sobre una supuesta y falsa prohibición -por parte de algunos profesores debidamente instruidos- de permitir a los alumnos ir al baño por el hecho de pedirlo en castellano, o de poner piedras en las mochilas de los alumnos que lo usan... Unas afirmaciones indignas que, éstas sí, deberían ir a algún Tribunal por atizar el odio contra una comunidad.

Y esa es la cuestión: ¿dónde subyace realmente el nazismo o el neonazismo o, por decirlo más suavemente, quién está más cerca de ello?

Una de las características del nazismo -y de los totalitarismos en general- ha sido siempre la construcción de una realidad inventada para acusar, estigmatizar y deshumanizar a un pueblo, una minoría o una colectividad, acusándola de cosas terribles y detestables con el objetivo de criminalizarlos y así poder emprender contra ellos una auténtica política de represión, o incluso de exterminio. Eso es lo que los propagandistas nazis hicieron en contra de los judíos, los comunistas y socialistas, los homosexuales o los gitanos. No dudaban en inventarse historias y leyendas sobre sus supuestas prácticas y maldades. Eso mismo -o muy parecido- es lo que están haciendo irresponsablemente algunos dirigentes políticos del Estado español y también de Catalunya, ya sean de VOX, de Ciutadans/Ciudadanos o del PP.

Además, esas tergiversaciones y terminología son doblemente intolerables. Por un lado, por basarse en mentiras y, por otra parte, porque suponen una frivolización del sufrimiento real que padecieron las víctimas de las persecuciones del nazismo y del fascismo, ya fuera en los campos de concentración, en el apartheid real que se practicó en Sudáfrica y en determinados estados de EEUU, o bien directamente encarcelados, torturados y asesinados. Se trata de una frivolización que sólo pueden hacer aquellos que no han condenado esos regímenes totalitarios -como es el caso del franquismo en el Estado español- o se han puesto de perfil cuando se ha planteado su condena en los diversos Parlamentos e instituciones.

Una sociedad democrática no debería consentir ni dar carta de legitimidad a ese uso perverso de los conceptos que, en este caso, se utilizan para atacar una de las lenguas que según la Carta europea de las lenguas regionales o minoritarias, auspiciada por el Consejo de Europa, deben protegerse, así como para atacar a sus defensores. Justamente, un Estado democrático debe proteger y promocionar todas las lenguas presentes en su territorio y velar por su desarrollo, si cree realmente en la riqueza de su diversidad. Lamentablemente, hay demasiados ejemplos que muestran que España no ha asumido todavía plenamente este deber en relación a las diversas lenguas presentes en su territorio, entre ellas, obviamente, la catalana. Y la lengua catalana no es la única que el Estado -además del castellano- debería proteger y potenciar.

Pero no nos engañemos; más allá de los intereses tácticos y coyunturales para combatir a los adversarios políticos y ganarse un espacio o evitar la desaparición, el objetivo que persiguen muchos de los dirigentes políticos de la derecha y la ultraderecha que dicen esas barbaridades es convertir la lengua catalana -como todas las demás presentes en el Estado, que no sean la lengua castellana- en un idioma minorizado, y de uso poco más que familiar y folclórico. Un idioma que no sea en realidad necesario para vivir en Cataluña, que es la vía para llegar a su extinción final, como explican todos los estudios de sociolingüística. Algo similar se pretendía durante el tardo-franquismo, una vez fracasado el intento de aniquilación directo del uso del catalán terminada la guerra civil. Existen numerosos estudios recientes que demuestran que la situación de la lengua catalana hoy en Cataluña se encuentra en una situación de precariedad en muchos ámbitos de la vida y la realidad social y cultural. Las causas son múltiples y complejas y podrían citarse muchos ejemplos. Y esos estudios demuestran también que la lengua castellana no corre ningún peligro en Catalunya ni, por supuesto, sus hablantes. Afirmar o insinuar lo contrario es otra de las grandes mentiras que se utilizan para tratar de confrontar y fracturar una sociedad artificialmente, con fines nada honestos.

Como nos enseñó Martin Niemöller en su famoso poema referido a la Alemania de los años treinta del pasado siglo, hoy -y en este caso- el objetivo de esta ofensiva pueden ser los defensores del pleno uso de la lengua catalana y la política educativa acordada en el Parlament de Catalunya; pero mañana -y en muchos casos ocurre actualmente- también lo serán todos los colectivos que no satisfagan las ansias de poder y de control por parte de estos sectores tan reaccionarios.

Por eso esta carta se dirige a todos los habitantes del Estado español y de Europa que aman la democracia. Al fascismo y la mentira no se les puede dejar crecer. Es la historia del huevo de la serpiente. Luego, siempre es demasiado tarde.