Otras miradas

El 2022 político que viene y el momentum que se busca

Daniel Vicente Guisado

La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz, en una sesión de control al Gobierno EFE / Javier Lizón

Si un objeto está en movimiento, entonces tiene momentum. Lo que Newton teorizó y se aplica con asiduidad en física tiene también su sentido en política. Una fuerza política, para ganar, requiere tener momento. El impulso es la condición necesaria. Te puedes caer, pero antes necesitas empezar a pedalear. Este año 2022 será el año del impulso. Doce meses donde los distintos partidos políticos buscarán su particular momentum de cara al 2023, año electoral decisivo. Una carrera de fondo que antecede a la de velocidad.

Puede sonar marciano, pero hemos vivido los dos años políticos más estables de la última década. Desde que los primeros casos de coronavirus empezaran a modificar todas nuestras vidas, la política y sus juegos se han congelado. A excepción del seísmo madrileño, las correlaciones de fuerzas siguen enormemente estables. Dos partidos fuertes, pero lejos de ser hegemónicos, un tercero en disputa y un cuarto en metamorfosis descolgado del preciado 15% que te salva del sistema electoral. La hibernación sanitaria ha traído consigo una política que Castilla y León primero y Andalucía después amenazan con romper.

Los resultados de las próximas elecciones son lo de menos. La disputa será mucho más abstracta. Llámenlo sentir común, imaginario u opinión pública. Un algo etéreo que se concreta en la respuesta a una pregunta: ¿quién es percibido como el más apto? Todos los liderazgos buscan ese momento de forja. También el momentum es el proceso de dar forma (y sentido) a dichos liderazgos. Hay casos recientes que así lo demuestran. Las elecciones europeas para Podemos. Las andaluzas para Vox. Las anticipadas de mayo para Ayuso. La moción de censura a Rajoy para el PSOE. Todos estos momentos, no obstante, provienen de efectos más profundos, pero menos perceptibles. El 15-M, el conflicto catalán, la corrupción, la gestión de la pandemia… Distintos surcos con misma consecuencia: cristalizar alternativas o asentar hegemonías. Los cauces desembocan en momentos visibles que visten con ropaje de ganador, que delimitan los contornos de lo que es posible y de lo que no en la opinión pública.

La tentación en 2022 será buscar estos momentos fundacionales: el PP haciéndose con la bandera de la oposición capaz de derrotar a Sánchez, Ciudadanos luchando por no desaparecer y el espacio de Unidas Podemos tratando de recomponerse. En medio la España Vaciada como un actor plural y expectante que calienta motores con Castilla y León como posible escaparate. Uno muy importante dadas las características de la región (además de los ya establecidos UPL y XAV, se podrían sumar Soria Ya, Burgos Enraíza, Palencia Meseta Limpia y León Ruge). Si a principios del año venidero consiguen tener una fuerza decisiva, a finales pueden ser un actor político nacional imprescindible para articular actuales y futuras mayorías. Andalucía observará a Castilla y León y actuará en consecuencia. La España Vaciada tiene ya laboratorio donde experimentar.

Por otra parte, Pablo Casado jugará su batalla personal. Más de tres años después, sigue necesitando un momento fundacional. Su liderazgo, de acuerdo al CIS, despierta la desconfianza del 60% de la población desde verano del 2020. Su problema no es dejar de pedalear, sino comenzar a hacerlo. Nadie puede ser el candidato eterno. El empate catastrófico dentro del PP amenaza con estirar una situación de impotencia que solo beneficia las aguas tranquilas de la ultraderecha. Si los votantes no encuentran certezas en el PP, lo harán en Vox. La pugna entre Ayuso y Casado aleja la posibilidad de una derecha que consiga ser la que articule (y determine) la oposición a Sánchez. Un conflicto cuya resolución no se vislumbra en el horizonte. Ayuso tiene el aura que concede la victoria, pero no el ejército para salir de su castillo. Lo contrario de lo que adolece Casado. Unas victorias consecutivas en Andalucía y Castilla y León pueden desempatar la partida a favor del líder nacional.

La izquierda, por el contrario, tiene por delante un 2022 difícil. Un año de concreción y de testamento de la legislatura que se verá salpicado por posibles derrotas electorales y una crispación en aumento con el super año electoral a la vuelta de la esquina. El PSOE deberá hacer frente no solo a su costado derecho, seriamente dañado desde los comicios madrileños, sino también a los nuevos movimientos en su lado izquierdo. Sorber y soplar nunca han sido tan difíciles, como explicamos aquí hace unos meses.

Por último, el espacio que pretende capitalizar Yolanda Díaz tiene el tiempo como su principal aliado y adversario. Permitirá desarrollar una labor de gobierno lo más extensa posible, pero apresurará negociaciones y pactos territoriales clave. Castilla y León y Andalucía serán importantes, pero su mirada estará puesta en las municipales y autonómicas de la primera mitad del 2023. Un paso en falso meses antes de las generales (cuyo adelantamiento parece hoy poco probable) puede dificultar su andadura nacional.

El paisaje, no obstante, lo pintarán las encuestas. El momento que cada uno persiga estará determinado por ellas. La demoscopia, una investigación seria y útil utilizada con prudencia y honestidad, no escapa de las malas artes de generar humo y estar al servicio de la prosa del articulista. Existirá la tentación de usar la demoscopia para generar impulsos artificiales, pero desde aquí aviso y repito lo ya enunciado. Las grandes irrupciones, como explica Jorge Tamames en su último libro sobre populismo, no son tornados sino terremotos. El momentum germina en profundos surcos. La parafernalia en los medios puede generar inercias, pero los impulsos se trabajan. Quien se ponga ya manos a la obra pensará que lleva ventaja, pero quien lo lleva haciendo desde hace tiempo, aun sin saberlo, ya ha ganado.