Otras miradas

Propósitos y despropósitos

Marta Nebot

4 de abril de 2020, Irlanda, Dublín: una persona pasa junto a un arte callejero de graffiti creado por el colectivo SUBSET, que muestra la imagen de los trabajadores de la salud con máscaras quirúrgicas. Niall Carson / PA Wire / Europa Press

Después de dos años con la muerte en los talones, con el miedo a respirar cerca de otros, encerrados en burbujas aún más pequeñas y flotando cada una en su espacio como pequeñas celdas; después del paso de una peste y de la esperanza de que cambiara el mundo a su paso; después de encontrarnos más desnudos eligiendo más bares en vez de más sanitarios; después de redescubrirnos tan primarios, bobos y brutalmente egoístas como cavernarios;  después, se hace difícil creer en la especie humana, en los españolitos, en que las cosas cambian y así parece que la izquierda se hace más vana.

Sin embargo, después de todo esto lo más claro es que nada ni nadie permanece, todos estamos de paso y cada uno resta o suma. Y esa es la cuestión.

Hace ya año y medio que la covid se llevó a mi amigo José María Calleja y todavía lloro su ausencia. Era de los que no perdían ninguna oportunidad de sumar. Esa es mi idea de la buena vida, de la mejor. Y, cada vez más, en eso centro mis propósitos: en que mi granito de arena, por muy granito que sea, a mí me parezca valioso.

En estos días de transición me pregunto qué me pido como ser humano, como mujer, como madre, como hija, como amiga, como ciudadana, como terráquea incluso. Es decir, me pregunto qué me pido para mi vida y confieso que vivir se está haciendo cada año que pasa más valioso. Estar, no hace falta ni ser, solo estar, porque he aprendido a hacerlo a mi modo.


Me ha costado muchos años aprenderlo y tenerlo tan claro: estar es fabuloso. Supongo que de eso va el discurso de Pepe Mujica que se ha convertido en himno o en el avemaría de los ateos que aspiran a hacer del mundo uno mejor, en vez de a irse a otro mejor inventado. El expresidente uruguayo, el exguerrillero, el hortelano, el austero nos obliga a mirar tanto para dentro como para fuera. Dice: "Nuestra civilización montó un desafío mentiroso y así como vamos, no es posible para todos colmar ese sentido de despilfarro que se le ha dado a la vida. Prometemos una vida de derroche y despilfarro, que en el fondo constituye una cuenta regresiva contra la naturaleza y contra la humanidad como futuro. Civilización contra la sencillez, contra la sobriedad, contra todos los ciclos naturales y peor: civilización contra la libertad que supone tener tiempo para vivir las relaciones humanas, lo único trascendente (amor, amistad, aventura, solidaridad, familia). Es tiempo de empezar a batallar para preparar un mundo sin fronteras. La economía globalizada no tiene otro interés que el interés privado de muy pocos. Sería imperioso lograr consensos planetarios para desatar solidaridad para los más oprimidos, castigar impositivamente el despilfarro y la especulación, movilizar las grandes economías no para crear descartables con obsolescencia calculada. Nuestra época es portentosamente revolucionaria como no ha conocido la historia de la humanidad pero no tiene conducción consciente o, menos, conducción simplemente instintiva; mucho menos todavía conducción política organizada, porque ni siquiera hemos tenido filosofía precursora. Necesitamos gobernarnos a nosotros mismos o sucumbiremos. Éste es nuestro dilema. Pensemos en las causas de fondo, en la civilización del despilfarro, en la civilización del no existir. Lo que estamos tirando es tiempo de vida humana malgastado, derrochado en cuestiones inútiles. Piensen que la vida humana es un milagro".

En días como hoy, lo repito y me lo repito, me hago el rosario entero anhelando redención, inspiración y esperanza.