Otras miradas

La esperanza Boric y la soledad uruguaya

Xoán Hermida

Historiador y analista | Director del Foro OBenComún

19 de diciembre de 2021, Chile, Santiago: Partidarios del nuevo presidente chileno, Gabriel Boric, de la coalición Apruebo Dignidad, celebran su victoria en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.- Matias Basualdo / Europa Press

Durante bastantes años Uruguay fue una anomalía política en un continente azotado por la polarización sectaria. Durante mucho tiempo el Frente Amplio (uruguayo) fue una excepción democrática en un contexto donde movimientos populistas de izquierda y de derecha estaban preocupados por todo menos por mejorar los derechos y libertades de sus pueblos.

A raíz de las elecciones que en el 2019 dieron la victoria al centro-derecha, encabezado por Lacalle Pou, la periodista Sylvia Colombo, buena conocedora de la realidad latinoamericana, escribía su columna del New York Times con el sugerente título: No perdamos este Uruguay.

En dicha pieza la periodista brasileira afirmaba:

"Poco antes de que ganara Luis Lacalle Pou en una competida segunda vuelta, banderas de distintos colores y afiliaciones ondeaban en la rambla en Montevideo. En medio, con una bandera blanca, un joven gritaba: ‘No perdamos este país’. Esa imagen de optimismo, en el que políticos y ciudadanos han hecho un pacto de conciliación y avances progresistas sin importar el bando, nos llena de entusiasmo al resto de América Latina." [… ]

"Uruguay había estado gobernado durante casi quince años por una centroizquierda moderada, responsable en sus medidas económicas y que nunca se alineó a los proyectos izquierdistas más radicales de América Latina —como los de Venezuela, Cuba y Nicaragua—. En marzo, el país será dirigido por una centroderecha que no necesita hacer grandes reformas ni tiene arrebatos autoritarios —como en Brasil o Guatemala—." […]

"Los líderes del Frente Amplio ya habían hablado de la importancia de la alternancia en la democracia. Y, durante la campaña, Lacalle Pou prometió no dar marcha atrás en los avances de los derechos civiles —la ley del aborto legal, la regulación de la marihuana, matrimonio igualitario— que se han logrado con la alianza de sus opositores y el domingo de la votación, cuando se dio a conocer que el escrutinio final de votos tendría que demorar unos días porque la diferencia era minúscula, imperó el orden: nadie disputó el resultado."

Para concluir, ante un clima de avance de polarización entre populismos en la región, que:

"el nuevo presidente debe ser tan uruguayo como sea posible: mantener a su alianza unida, resolver las demandas sociales en diálogo con sus opositores y mantener a raya a los primeros visos de extrema derecha. En juego no solo está su gobierno; está el Uruguay que ni los uruguayos ni los latinoamericanos queremos perder, nuestro modelo de cómo vivir sin polarización."

Efectivamente durante mucho tiempo Uruguay estuvo sola en sus niveles democráticos. La dictadura militar (1973-1984) fracasó en el intento de acabar con la cultura democrática del país. Como si la dictadura militar fuera un mal sueño, en poco tiempo el armazón jurídico de la nueva democracia estaba ya instalado, con unos niveles de consenso inimaginables en otros países de la región; y su estado de bienestar, similar en sus estándares de solidaridad social al europeo, estaba a unos niveles muy superiores a los previos a la dictadura.  Solo así se explica que la salida de la dictadura fuera tan rápida e incluso esperpéntica (la junta militar se retiró después de perder un referéndum constitucional convocado para revalidarse). A día de hoy se sitúa en el puesto 15 dentro del Índice de democracia que publica The Economist, formando parte del selectivo club de las democracias plenas.

El Frente Amplio (uruguayo) viene de cumplir 50 años. Estamos, parece evidente, delante de un proyecto estratégico y nada adanista. Su longevidad, a pesar de su pluralidad y sus contradicciones, y sus éxitos (accediendo varias legislaturas al gobierno del país) se sustenta en los siguientes pilares:

1. Proyecto construido desde la base ciudadana (Congreso del Pueblo), desde la unidad sindical y social, y, en última instancia, desde la unidad política. Donde la participación ciudadana se comprueba en un modelo basado en grupos de base comunes y en la participación democrática directa como lo demuestra la pluralidad de diferentes candidatos que el Frente Amplio ha tenido a la presidencia del país y/o a otros representantes públicos.

2. Proyecto amplio de carácter transversal, unido más por el carácter de renovación democrática frente al turnismo histórico entre Nacionales y Colorados. ¿Nos podríamos imaginar aquí un espacio político donde no solo estuviera la izquierda y el centro izquierda, sino incluso sectores liberales o demócrata cristianos, escindidos de las élites tradicionales? Obviamente no; porque aquí el PSOE forma parte de ese turnismo necesario desplazar. Pero en todo caso indica la amplitud de ideas del frentismo uruguayo.

3. La importancia de un programa realizable y pensado para la mayoría social del país, en lugar de los maximalismos a la que habitualmente una parte de la izquierda esencialista nos tiene acostumbrado.

4. La cultura democrática de las personas diferentes y colectivos diversos que lo componen. Solo así se explica la convivencia de personalidades tan fuertes y diferentes como en su momento Líber Seregni o Rodney Arismendi, o más recientemente Tabaré Vázquez o José Mujica.

Chile, un país convulsionado políticamente a diferencia de Uruguay, está abordando un proceso de culminación de transito democrático. La salida de la dictadura fue más traumática, las élites del anterior régimen condicionaron los primeros pasos de la democracia chilena, y la ortodoxia neoliberal no era una opción posible sino parte de la doctrina constitucional.

Las movilizaciones democráticas vividas en los últimos años auparon a una nueva generación de políticos que no han vivido la dictadura y no se sienten obligados con los compromisos adquiridos por la generación anterior.

Gabriel Boric, claro ganador de las pasadas presidenciales y electo presidente, es miembro del Frente Amplio (chileno).

No se trata del típico político izquierdista populista latinoamericano, representa a una nueva izquierda preocupada por los nuevos retos del planeta y los retos pendientes de su país. En un reciente tuit, tras conversar con el presidente norteamericano Joe Biden, resumió su agenda política en "comercio justo, crisis climática y fortalecimiento de la democracia".

Chile no es Uruguay, pero los acuerdos del ‘15 de noviembre’ (2019) entre el gobierno y una buena parte de la oposición (de la que participo Boric) para un proceso constituyente son una prueba de la capacidad de la democracia chilena para transitar en base a consensos amplios. La normalidad de los perdedores para aceptar la victoria de Boric y la colaboración expresada por el actual presidente, Sebastián Piñera, para favorecer y colaborar en el traspaso de poderes, es una esperanza de que Chile puede acompañar a Uruguay en un nuevo grupo de países con altos estándares de democracia.

Boric apostó en su momento por fundar un partido situado en el espacio de la nueva izquierda, lejana a la izquierda corporativa; apostó por firmar con el gobierno los ‘acuerdos del 15N’ –arriesgándose, incluso, a ser tachado, como ocurrió, por algunos sectores de la izquierda como traidor; y ganó unas primarias en el interior de su coalición defendiendo una política abierta a toda la sociedad con el aval de un liderazgo forjado en las movilizaciones pero también con el de haber apostado por una vía de diálogo nacional para avanzar.

Tres días después de su elección se reunió con una representación de la Asamblea Constituyente dejando el mensaje claro de que no quería que de sus trabajos saliera una constitución de parte, sino para todo el país.

Con esas credenciales Boric es una esperanza para la izquierda latinoamericana desgastada por el populismo, la corrupción y las tendencias totalitarias. Y Chile es una esperanza democrática para que Uruguay deje de estar sola.