Otras miradas

El empeño de La Dinamitera en desmentir que Largo Caballero expulsó a las mujeres del frente

Andrea Momoitio

Rosario Sánchez Mora (segunda por la derecha), en su desempeño como miliciana durante la Guerra Civil

Rosario, La dinamitera, no estaba de acuerdo. No, ninguna orden de Largo Caballero retiró a las mujeres del frente. Esa afirmación, que podemos encontrar en decenas de textos sobre el papel de las milicianas durante el periodo de la guerra, ha sido cuestionada también por otros relatos historiográficos y demuestra que la memoria de las mujeres sigue siendo una asignatura pendiente. No pretende este humilde texto resolver ningún debate histórico, pero… pasen y lean.

El sistema de milicias debía flaquear cuando el Gobierno publicó un decreto con el que pretendía militarizar las milicias populares. Era octubre de 1936 y quizá todavía había esperanza. En el decreto no se recoge directamente la voluntad del Gobierno para enviar a la retaguardia a las mujeres. Desde ese momento, según afirman en el portal Mujeres en guerra, "aunque no se hacía alusión explícita sobre la expulsión de estas, en la práctica, con el transcurso de las semanas muchas de ellas fueron enviadas a la retaguardia o relegadas a trabajos auxiliares".

Las historiadoras Sara Hernández Martín y Luis A. Ruiz Casero afirman en Mujeres combatientes en el ejército popular de la República (1936-1939) que las mujeres participaron de la misma manera en en la lucha. Dicen que los elementos que se han tomado de referencia para afirmar lo contrario responden a estereotipos sexistas. En muchos casos, en el caso de las fotografías, la pose de las milicianas o la manera en la que tomaban las armas han servido de excusa para afirmar que su papel en la guerra no estuvo en la primera línea. Sin embargo, Hernández y Ruiz, aseguran que en "las ciudades y en los frentes las milicianas combatieron en las mismas condiciones que sus camaradas masculinos, sufriendo las mismas privaciones y con el mismo rendimiento en combate". "Las fotografías de los primeros días de la guerra nos muestran principalmente a voluntarios en armas de condición totalmente civil. Independientemente de su sexo, la mayor parte de ellos empuñaban un fusil por vez primera y acudían a la lucha con vestimenta y equipo improvisado".

La historiadora Mónica Carabios Álvaro tuvo la oportunidad de entrevistar a La dinamitera, pero creo que no le preguntó cuándo dejaron de creer que era posible ganar aquella guerra. Eso sí, Rosario Sánchez Mora presumía entonces de la capacidad de los suyos para eso de mucho ruido y pocas nueces porque hacían las bombas con "botes de leche condensada, clavos, tornillos y dinamita". Al otro lado de las trincheras, el bando nacional debía creer que estaban más armados de lo que estaban: "Si llega a saber el enemigo el armamento que teníamos, yo creo que nos meriendan, pero como hacíamos mucho ruido… Si ellos tiraban tres tiros, nosotros quince". Aquello duró poco para Rosario. Una de esas bombas le explotó en la mano derecha. Nunca supo dónde la enterraron. Ella misma narraba el accidente sin mucho misterio y sin un ápice de drama aunque aquello debió doler: "Había llovido y mi meca estaba húmeda, sonada muy raro. Recuerdo que estábamos todos en final y que cuando prendió la mecha unos gritaba tirala y otros que no la tirase, por no herir a nadie, me di la vuelta y, como la mecha era tan corta, me explotó en la mano, no me dio tiempo a soltarla". Alguien se acercó a hacerle un torniquete. Esos días, en el hospital conoció a Ortega y Gasset. Él se acercó al pueblo de Rosario para contarle a su familia lo que le había pasado. Era huérfana de madre desde que era muy pequeña, pero estaba muy unida tanto a su padre como a su mujer. Madrileña de pura cepa. Nació en la localidad de Villarejo de Salvanés y murió en la capital. En la lista de ilustres de su pueblo, por cierto, es la única mujer.

Antes de que Miguel Hernández le dedicara un poema [Rosario, dinamitera, sobre tu mano bonita celaba la dinamita], a Rosario la conocían en el frente como Chacha. Digo Chacha y no "La Chacha", apodo con el que se conocía a otra miliciana. Rosario estudió costura en Madrid, en una de las academias que tenía en Madrid la Juventud Socialista Unificada. Allí tuvo constancia de lo que se estaba organizando y no dudó en unirse a la lucha por la República. Quizá por lealtad, no lo sé, pero Rosario nunca quiso que se extendiera la idea de la expulsó de las mujeres del frente. En en el libro de Mónica Carabios Álvaro se afirma que desde que salió de la cárcel todo su esfuerzo no había sido otro que "defender el papel de las mujeres en la guerra, explicando cómo no fueron nunca expulsadas del frente las que llegaron a alistarse y cómo sus actuaciones por Franco y sus tropas fueron criticadas, irónicamente, por haber vestido un mono  más que por llevar fusil, lo que les valió el calificativo de puta". Contaba también que cuando se acercó al tribunal médico para ser incluida en las clases pasivas, encontró en la fila a otras mujeres algo que, según ella, demostraba que no habían sido expulsadas del frente "sino que únicamente dejaron de aceptarlas porque ya no eran necesarias en un frente que se había organizado muy rápido para´resistir al enemigo".

Rosario se esforzaba en desmitificar bulos y rumores sobre la participación de las mujeres en la guerra. Preguntada por si sufrió algún tipo de agresión o situación incómoda por parte de sus compañeros, quiso dejar claro que aquello no era más que un bulo fascista. Sin embargo, otras fuentes aseguran que tras la publicación del decreto de Largo Caballero las mujeres fueron expulsadas paulatinamente del frente. Uno de los argumentos que se utilizaba entonces tenía que ver con la propagación de las enfermedades venéreas entre los milicianos, pero eso es otra película que ya os contaré.