Otras miradas

¿Qué hacemos con los Reyes Magos cuando somos ateos y republicanos?

Marta Nebot

Los Reyes Magos de Oriente saludan a los niños junto al Acueducto tras la tradicional Cabalgata de Reyes que se celebró el miércoles en Segovia
Los Reyes Magos de Oriente saludan a los niños junto al Acueducto tras la tradicional Cabalgata de Reyes que se celebró el miércoles en Segovia

Vivir en el mundo cristianizado en que vivimos siendo ateo no es fácil. Hay que estar todo el tiempo revisando las inercias, lamentándolas, huyéndoles. En esta España nuestra, presuntamente laica, hay que andar con ojo quitándole cruces a casi todo, pero cuando llega la Navidad la cosa se vuelve confusa para todos.

En 2008, antes de ser madre, escribí por estas fechas una columna en el Público de papel contra el entonces alcalde de Las Rozas, Bonifacio de Santiago, por un episodio de aquellas navidades. Le había contado los secretos de las majestades de Oriente a un grupo de niños de ocho y nueve años de un colegio laico de su pueblo que le habían visitado. Cuando los niños llegaron a casa llorando y haciendo preguntas comprometidas y sus padres protestaron, aquel alcalde se justificó alegando que si eran mayores para recibir educación sexual también lo eran para otras verdades. Mi argumento contra su crueldad fue que los niños laicos también tienen derecho a soñar, aunque sus padres no les mientan sobre la semillita y nunca le fueran a votar.

Más de una década después, con un hijo de esa edad, sigo pensando que me gusta la Navidad y sus buenos propósitos y su apuesta por el amor y por la mejor versión de nosotros mismos, quitándole lo que tiene de cristianismo. Sigo creyendo que soñar es importantísimo y que a soñar se aprende de niño y que sin aspirar a lo imposible no se consigue lo mejor, y que sin ilusión vivir es dificilísimo, y que soñar no es el patrimonio exclusivo de ninguna religión sino de cada ser humano. Y por eso abogo por las cabalgatas de reyes fantasiosas que lleven mucho más que a tres mitos, que alcancen tradiciones aún más viejas, la idea de renacer cada año.

Sin embargo, más allá de mi gusto por la paz compartida, tanto regalo, tantas luces, tanta comida, tanto tanto en fechas obligadas se me está haciendo bola, me está hartando. Y, aún así o quizá por eso, en este día de reyes en que me niego a celebrar la Pascua Militar y la monarquía, la vida me regala noticias que me hacen soñar, que me ilusionan, que me justifican.


La editorial Kitsune me manda en día tan señalado un email con su avance de novedades para el primer trimestre de este año. Entre ellas me encuentro Cómo criar hijos y que no salgan imbéciles, de Melinda Wenner Moyer, una periodista y escritora especializada en divulgación científica. Su título es el lema de mi maternidad, como madre de hijo único. Solo le pido a nuestra crianza (la de la tribu que me acompaña) que mi hijo sea lo que quiera menos idiota.

En Materia, de El País, me encuentro hoy también una entrevista ilusionadora. María Elena Bottazzi, una microbióloga italiana, hondureña y norteamericana me sonríe desde la foto de portada cuál Reina Maga. Acaba de desarrollar una nueva y eficiente vacuna contra la covid y la ofrece al mundo sin patentes ni marcas. La India ya la ha autorizado. Va a fabricar más de 1200 millones de dosis al año y las va a vender a menos de dos euros. El lema de esta científica maga es el mismo que el del estadounidense Jonas Salk, que en 1953 dio con la vacuna contra la polio, que paralizaba y mataba a cientos de miles de niños cada año. Preguntado en televisión sobre quién era el dueño de la patente, Salk contestó: "Yo diría que la gente. […]¿Acaso se puede patentar el sol?". Lo mismo hizo Alexander Fleming con la penicilina a finales de los veinte. Hoy, María Elene Bottazzi repite argumento incontestable, mientras codirige el Centro de Desarrollo de Vacunas del Hospital Infantil de Texas, donde lo han conseguido, y la Escuela Baylor de Medicina, dos instituciones privadas sin ánimo de lucro en Houston. Una vez más Estados Unidos demuestra ser el país en el que puede suceder lo mejor y lo peor: los sueños y las pesadillas, como pasa con todo, con todos, con cada uno, con la humanidad entera todo el tiempo. Una vez más se demuestra, que los mejores regalos no los traen reyes sino personas.