Otras miradas

Todas igual de guapas

Diana López Varela

Cirugía plástica.- Pexels

Hace algunos años, en un máster de televisión, conocí a un periodista venezolano experto en certámenes de belleza que siempre me decía que en su gremio se solía decir que no existía una mujer fea sino mal iluminada, y también que no existía una mujer fea sino mal operada. Nunca tanta verdad llevaron las palabras de mi compañero como en la era del selfie, donde se ha perdido completamente la perspectiva de la realidad y cada vez más a menudo me cuesta adivinar qué edad tienen las caras tuneadas del personal. A veces hasta me pregunto qué aspecto debería tener mi propia cara y salgo mal parada cuando me comparo, inevitablemente, con otras en la treintena (o en la cuarentena) que lucen pómulos elevados, párpados tensionados bajo cejas micropigmentadas y morritos jugosos. Pero sobre todo salgo mal parada cuando me comparo con mi propia imagen bañada por la magia de los filtros de Instagram.

Al fenómeno cada vez más creciente de querer parecerse a nuestros selfies retocados se le bautizó hace algún tiempo como dismorfia de Snapchat y ha tenido consecuencias brutales sobre la autoestima de las jóvenes… y no tan jóvenes. En este artículo, la compañera Ana Bernal Triviño recogía los últimos datos de la sociedad española de cirugía estética. En ocho años las infiltraciones de bótox han aumentado un 87% entre el público millenial (de 18 a 36 años) y las de cirugía estética un 43% en esa misma franja de edad. Hemos llegado a tal punto de banalización con la medicina estética que las revistas femeninas hablan sin pudor de bótox preventivo, el que se debe poner antes de que aparezcan las arrugas para nunca tenerlas. La esclavitud del selfie ha generalizado las infiltraciones faciales a edades en las que lo único que debería preocupar es el acné, para el que también se ofrecen soluciones a golpe de aguja. "Para las mujeres más jóvenes, las inyecciones pueden servir además para tratar las áreas con cicatrices de acné o un contorno de ojos hundido". Y recuerdan que aunque "a los 20 años, con un rostro en su plenitud y supersaludable, a menudo se argumenta que una mirada sombría puede resultar hasta atractiva". Pero en otros casos, "las ojeras hereditarias pueden dar como resultado un aspecto perpetuamente cansado, y ahí es donde un poco de relleno bajo los ojos puede ser muy útil".

Los rellenos faciales son como una hipoteca a la perpetuidad porque una vez que empiezas, no puedes parar. En este otro artículo señalan más ventajas de infiltrarse bótox a partir de los 18. "Desde el Instituto de Dermatología Integral, el doctor Sánchez Viera nos explica que su uso continuado no es perjudicial, al contrario, ayudará a envejecer mejor, con menos arrugas". Incluso, "puede conseguir que los espacios entre un tratamiento y otro se vayan distanciando en el tiempo, pudiendo pasar de ser necesario cada 4 meses a solo cada 8-10 meses, especialmente si se combina con ácido hialurónico". Recuerdan que esperar a los 30-35 es asumir la fatalidad "más dosis de bótox, relleno e hilos". La opción de no ponérselo a ninguna edad ni se contempla.

La medicina (del latín medicina, derivado a su vez de mederi, que significa ‘curar’, ‘medicar’) es, tal como recoge Wikipedia, la ciencia de la salud dedicada a la prevención, diagnóstico, pronóstico y tratamiento de las enfermedades, lesiones y problemas de salud de los seres humanos. El neoliberalismo ha patologizado la belleza (o la fealdad y la vejez, según se mire) hasta convertirla en enfermedad con su propia especialidad. Entender y valorar la importancia de la medicina estética asociada a problemas de salud y reparación no es incompatible con denunciar el tremendo negocio de clínicas y centros médico-estéticos que se nutren de reparar supuestos problemas, defectos y deformidades de cuerpos humanos normales y funcionales. Parece que todas tenemos más o menos claro las complicaciones que pueden surgir al entrar en un quirófano, pero no tanto las derivadas de usar bótox o ácido hialurónico. Dolor, hematomas, edemas o infecciones y también consecuencias a largo plazo como necrosis o abscesos, y otras muchas derivadas de los materiales de relleno, como enfermedades autoinmunes o carcinomas, que pueden tardar hasta treinta años en aparecer.

Resulta imposible huir del bombardeo constante de eslóganes tramposos que nos incitan a cuidarnos como sinónimo de evitar el envejecimiento o de transformar nuestra propia anatomía en aras de una supuesta "salud" que conlleva luchar contra la inevitable degradación del cuerpo. Los cuidados de la piel promocionaos por influencers de todo pelaje -algunas de ellas con licenciatura en ciencias de la salud- que incluyen echarse cuatro o cinco potingues por la mañana y otros tres o cuatro por la noche me parecen, sencillamente, una tomadura de pelo. Las rutinas de belleza resultan, además de insoportablemente tediosas, caras. La conclusión es bien sencilla: lo más importante para ser guapa, o para parecerlo un rato, es gastarse dinero.

El cuerpo de la mujer ha sido siempre uno de los principales objetos de mercadeo del capitalismo, y las redes sociales el brazo ejecutor de ese asfixiante culto a la imagen. Y digo imagen conscientemente, y no cuerpo, ya que si el culto significa admiración, tributo o amor a una cosa o causa, no habría nada menos amoroso hacia nuestra propia piel que dejársela chamuscar, perforar, cortar, despellejar, vaciar, rellenar y mutilar para adaptarla a un ideal en constante cambio. Nada menos atractivo que la homogeneización y la fabricación en serie de la belleza femenina. Bien infiltradas, todas somos igual de guapas.