Otras miradas

El regreso de la política internacional

Héctor Illueca Ballester

Vicepresidente segundo de la Generalitat Valenciana

5 de enero de 2022: El Vicepresidente de la Comisión Europea Josep Borrell y el Ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania Dmytro Kuleba visitan el puesto de control de entrada y salida en Stanytsia Luhanska oriental Ucrania.- Ukrinform / Europa Press

Decía Roberto Mesa, uno de los mejores comentaristas internacionales que ha habido en España, que la política exterior era algo así como la pariente pobre del debate público en nuestro país. Un asunto menor al que se presta escasa atención debido a su complejidad y a su aparente distancia con respecto a las materias que en mayor medida influyen en la vida cotidiana: el paro, la vivienda, los impuestos, las condiciones laborales... Y, en efecto, así ha venido siendo desde la restauración de la democracia en 1978, con la única excepción de las elecciones generales de 2004, que estuvieron marcadas por los atentados del 11 de marzo y en las que la participación de España en la guerra de Irak provocó la derrota del Partido Popular. Sin embargo, esta tendencia podría estar cambiando a raíz de los acontecimientos que se están produciendo en el este de Europa, y muy especialmente en Ucrania. Es posible que a lo largo de este año la política internacional deje de ser la pariente pobre y se convierta en el hijo pródigo que regresa a la agenda pública tras un largo período de ausencia. Veamos por qué.

El signo de los tiempos puede interpretarse con relativa facilidad. Asistimos a un desplazamiento general del poder y de la economía desde Occidente hacia Oriente, una significativa redistribución del poder mundial que hunde sus raíces en el proceso de descolonización y que se basa en un desarrollo industrial sin precedentes a escala planetaria, quizá el más grande de la historia humana. Lo fundamental es el declive económico, político y militar de EEUU y la emergencia asombrosa de China, Rusia y otros países que sufrieron el brutal impacto del colonialismo y en la actualidad ocupan el centro de la economía mundial. El viejo mundo unipolar ha tocado a su fin y está siendo sustituido por un sistema policéntrico y estructuralmente conflictivo, en el que las transformaciones en curso se perciben como un desafío por parte de EEUU y otros actores subordinados como la Unión Europea (UE). Lo que se está produciendo, en definitiva, es una crisis de la hegemonía estadounidense en la que la coerción y el uso generalizado de la fuerza se convierten en la única forma de prolongar la dominación norteamericana.

El resurgimiento de Rusia es parte esencial del proceso al que nos referimos. Tras una década de postración política y colapso económico, a principios de este siglo la historia del país experimentó un vuelco, iniciándose un período de crecimiento económico, reorganización de las fuerzas armadas y recuperación del protagonismo internacional que llega hasta nuestros días. Lo que más irrita a Occidente es, por una parte, la alianza estratégica con China, que posibilitó la creación en 2001 de la Organización de Cooperación de Shanghái, un organismo internacional enfocado hacia la seguridad regional; y por otra, la recomposición del espacio postsoviético, tanto desde el punto de vista económico como desde el punto de vista militar. Recordemos que en el año 2015 se creó la Unión Económica Euroasiática (UEE) con el fin de erigir un bloque económico regional bajo influencia rusa, y que en 2002 se constituyó la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), que aspira a ser un instrumento para garantizar la seguridad de las repúblicas ex-soviéticas. Los recientes acontecimientos ocurridos en Kazajistán, que implicaron el despliegue de un contingente militar de la OTSC, han puesto a prueba la solidez de esta alianza.

Conviene insistir en ello: la gran transición geopolítica es un proceso estructuralmente conflictivo que genera enfrentamientos y tensiones en diferentes teatros de operaciones. En particular, el renacimiento de Rusia ha resucitado la vieja idea acuñada por Mackinder de cercar a la "potencia terrestre", convirtiéndola en un objetivo central de la política exterior norteamericana. Esto y no otra cosa es lo que explica la progresiva ampliación de la OTAN hacia el este, que ha colocado a todos los países de Europa central bajo el dominio político y militar de EEUU. La respuesta rusa ha sido contundente y se ha centrado en la reestructuración de las fuerzas armadas, la modernización del arsenal bélico y, lo que parece más importante, la elaboración de una nueva doctrina militar que considera la expansión de la OTAN como la mayor amenaza a la seguridad nacional. En este forcejeo, Ucrania es un cabo suelto y las pretensiones de la OTAN de asentarse en la frontera rusa podrían desencadenar una guerra en Europa.

En efecto, el Estado fundado por Lenin en 1921 se ha convertido en la pieza clave para que la OTAN logre arrinconar a Rusia y estrechar el cerco sobre sus fronteras mediante el despliegue de bases militares en su territorio. La tensión ha ido creciendo y se puede comparar con la que existía durante la Guerra Fría. No hay que olvidar que la revuelta del Maidán, que contó con el apoyo de EEUU y la UE y que acabó con la destitución del presidente pro-ruso Yanukóvich, se produjo tras la firma del acuerdo que preveía la incorporación de Ucrania a la Unión Económica Euroasiática. Desde entonces, el ingreso de Ucrania en la OTAN ha estado sobre la mesa, provocando la anexión de Crimea en marzo de 2014 y favoreciendo el apoyo de Rusia a la independencia de Donetsk y Luganks, provincias de mayoría rusa que se encuentran en el extremo oriental del país. Las autoridades rusas han advertido reiteradamente que no tolerarán la integración de Ucrania en la OTAN, y conviene no engañarse al respecto. Si ésta finalmente se produce, estaremos ante un casus belli.

La UE se ha convertido en un socio subalterno de EEUU. El apoyo manifestado por Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, al acercamiento de la OTAN a Ucrania evidencia que la autonomía política de Europa con respecto a la hegemonía norteamericana es más reducida que nunca. Es urgente una profunda revisión de la política exterior europea que permita extraer las pertinentes conclusiones. Europa debe alejarse de EEUU y defender sus propios intereses en terrenos tan diversos como la energía, el comercio o la lucha contra el islamismo radical. Pero ello no será posible, como señala Rafael Poch, sin un acuerdo internacional orientado a la desnuclearización de Europa oriental y al establecimiento de un estatuto de neutralidad para Ucrania. Hablamos de una Europa que defienda la paz, las libertades públicas y la igualdad entre pueblos y naciones. Una Europa que aborde sin tibieza las relaciones de poder que existen en el mundo y los marcos institucionales que las sostienen. La izquierda social y política haría bien en abrir un debate serio y riguroso sobre estas cuestiones. La política internacional ha regresado a la agenda pública, y me temo que esta vez viene para quedarse.