Otras miradas

La lealtad tiene un corazón tranquilo

Pilar González

Senadora de Adelante Andalucía

Pancarta de apoyo de Adelante Andalucía durante la concentración de diversos sindicatos y colectivos en apoyo a la huelga del metal de Cádiz, a 22 de noviembre de 2021 en Palacio de San Telmo en Sevilla (Andalucía, España).- Joaquín Corchero / Europa Press

Con la cercanía de la convocatoria electoral en Andalucía cuando el Presidente de la Junta lo disponga -el Presidente de la Junta, insisto, no el secretario general de ningún partido centralista- repican campanas con el mantra de la unidad. Siempre en la izquierda, claro, que la derecha ni se une ni falta que hace, porque aún desunidos, son capaces de ponerse de acuerdo para el gobierno y el poder.

Llevo dándole vueltas al asunto durante varias caminatas y, cada vez tengo más clara la percepción de que la unidad es un debate de élites, de dirigentes, de aparitichis, porque en mi barrio, en el mercado de abastos en el que compro, en el centro de salud atestado al que fui a vacunarme y en los bares en los que me encanta tapear con cerveza fría y sol de invierno, nadie habla de eso. A ver si va a resultar que la unidad es otro de los significantes vacíos, como pompas de jabón, tan abundantes en este tiempo volátil.

La ciudadanía tiene opciones y elige lo que mejor le parece. Sin más.

Bien es cierto que la ley electoral que tenemos premia al bipartidismo en detrimento de la diversidad, propia de otros países democráticos europeos, y que muchos votos se pierden en restos que no suman. Bien es cierto que tener que hacer acuerdos o pactos para gobernar no es fácil, que cada apoyo hay que ganarlo y requiere renuncias y cesiones.

Por eso, y en un escenario tan complejo como el que habitamos, entre las personas de izquierda podríamos hablar de estrategias para derrotar al enemigo común (la derecha, la ultraderecha, el capital...) y de respeto o, al menos, de no agresión entre quienes no somos enemigos.

Por eso, entre quienes somos andalucistas podríamos hablar de asegurar la voz, la voz y no el eco, del pueblo andaluz en las instituciones para mejorar nuestra vida y la de nuestros hijos e hijas. Y garantizar que, como corresponde a un sujeto político constituido democrática y legítimamente, nadie vuelva a utilizarnos nunca como "el sur" de Madriz.

Mi amigo, el profesor Cuberos del Departamento de Antropología Social de la Hispalense (que aprendió en su casa, desde chico, el andalucismo de izquierda) sostiene que es incomprensible que la izquierda española-españolista conviva sin dificultad y alcance acuerdos con la izquierda catalana, vasca o gallega (ERC, Bildu, BNG) y, en cambio, no es capaz siquiera de reconocer un espacio de izquierda andalucista.

Tal vez por esa sinrazón, unos y otros nos tiramos a la cara el significante vacío de la unidad. A ver quién la tiene más grande o a ver quién consigue mayor cantidad de "abajofirmantes".

Al suelo, que vienen los nuestros.

Soy shakesperiana (entre muchas otras cosas). Y mis neuronas producen, a veces, unas asociaciones extravagantes o no fáciles de entender. Con la matraca de la unidad, el ruido, las voces y los ecos de unas y otros, en estos días me martilleaba en la cabeza la frase que da título a este artículo y que está en su obra Ricardo III.

Y en esta edad en la que ya ni el éxito ni la derrota me asustan, considero desde luego político, y si me apuran hasta revolucionario, poner en valor la lealtad, la confianza y la estabilidad. Y fortalecer los lazos que nos amarran en los proyectos políticos que compartimos, en el tiempo (y en la memoria) y en el espacio.

En este momento en el que los recursos sociales, que nos dan sustento, están siendo tan arrasados como los recursos naturales. En este momento en el que prima cierto narcisismo, un individualismo feroz (que siempre ha estado en el programa del ultra liberalismo-derecha-capital) que nos convierte en lobos o hienas para las y los otros. Justo ahora que la inseguridad, la precariedad y la deslealtad facilitan la competencia y la explotación entre individuos.

Justo ahora.

Justo ahora que las clases trabajadoras, los de abajo, la ciudadanía, las personas vulnerables, quienes menos tienen, ven todos los días retroceder sus derechos y peligrar las conquistas ganadas a sangre y fuego por quienes nos precedieron en la batalla de la justicia social. Para ellas y ellos, en general y para las y los andaluces en particular, lo mejor es sacudirnos la vieja fidelidad propia de la servidumbre y rescatar la lealtad como uno de los grandes valores democráticos.

Prefiero la lealtad a la unidad.

Precisamente porque garantiza la convivencia y los amarres de las relaciones sociales imprescindibles para la vida en comunidad. Precisamente porque la lealtad es entre iguales y tiene efectos más cualitativos que cuantitativos. Precisamente porque la lealtad es racional, ilustrada, real, material y no se basa en el ideal de la unidad de los mundos de Yupi.

Y, sobre todo, porque la lealtad es un código que mejora la vida en común. Un código que se basa en el respeto y es especialmente útil en las discrepancias. Un código que significa compartir los acuerdos y resolver democráticamente los desacuerdos. Democráticamente. No mediante el exterminio o la destrucción del compañero/a.

Es imposible construir proyectos políticos y sociales junto a quienes hacen trampa o practican la ley del más fuerte, con quienes siguen pensando en clave de servidumbre porque su razón es la única válida o con quienes son espíritus tan libres que no tienen argumentos políticos sino prepolíticos.

Frente a la unidad de las élites, prefiero la lealtad que nos ayuda a sobrevivir como pueblo, aunque no siempre nos haga felices ni nos permita conseguir el 100% de lo que queremos.

La lealtad requiere inteligencia y honestidad para correr los riesgos que decidimos asumir. Y, a veces, requiere decir no,  así no.

No tiene nada que ver con tocar las palmas o firmar manifiestos, pero la lealtad es ciertamente útil para tener el corazón tranquilo y para no acabar cambiando "mi reino por un caballo" con el que huir en mitad de una batalla perdida.