Otras miradas

Deportación en primera persona

Marta Nebot

Esta semana la vida me ha sorprendido. He sido deportada. Llegué a Colombia y me echaron. Me subieron al mismo avión en el que había venido y me obligaron a volver a cruzar el océano, afortunadamente volando. Pero antes me hicieron un buen regalo, uno de esos que no se olvidan. Me llevaron a esos cuartos confusos que hay en todos los aeropuertos, esos espacios en los que comparten suerte los no bienvenidos. Allí fui testigo directo de lo que pasa cuando la autoridad lleva una pistola Táser al cinto y confunde el respeto con la sumisión. El único que allí intentó discutir la sinrazón fue encerrado por dos policías, que se tocaban el arma, en un cuarto aún más pequeño con la luz apagada. Esos mismos policías me repetían, como respuesta única, que yo no cumplía las normas colombianas.

La página web de Colombia, que establece el protocolo covid para entrar por sus aeropuertos, dicta que hay que tener "la pauta completa" de vacunación. En España una dosis de vacuna, después de haber pasado la enfermedad, se considera eso y te da pasaporte covid europeo. En Colombia, aunque no lo ponga en ninguna parte, los policías que me desatendieron afirmaron que, en ese caso, hay que traer también PCR negativa. Alguien del personal de tierra, antes de mi segundo embarque, me contó como consuelo que yo era la séptima española que corría esta suerte solo en el mes de enero.

Yo, hasta que me vi derrotada encerrada en el mismo avión, no paré de argumentar a favor de hacerme la PCR en sus tierras. Iría a donde fuera, si como afirmaban no había dónde hacerla en el aeropuerto. Intenté hacerles ver lo ridículo y contraproducente que era el protocolo establecido en caso de incumplimiento de lo no escrito. Les hablé incluso de la irresponsabilidad que suponía volver a montarme en un avión incumpliendo su propia normativa. Si yo tenía covid, como presuponían, ponían en peligro a todo el pasaje. No les importaba nada la salud de 300 personas ni la mía, ni el inconveniente que supone volar 30 horas seguidas. Les expliqué que venía a entrevistar a escritoras colombianas, que no solo me castigaban a mí sino a un festival cultural que me había invitado, por una imprecisión clara en las instrucciones de su Ministerio de Exteriores. "Acá no hay poderosos, todos iguales", me gritó un policía.

Despegué de vuelta llorando, decidida a no volver, a perderme conocer a las autoras feministas que llevaba meses estudiando. Lloré y lloré hasta que caí rendida. Dormí y dormí, la mayor parte del vuelo de diez horas. Me desperté como nueva pensando que, si podía evitarlo, ninguna autoridad arbitraria iba a decidir nada mío. Me di cuenta de lo nimio que era mi caso: problema de ricos. Me bajé del avión, me hice la PCR más cara de la historia en el propio aeropuerto y volví a embarcar, menos de dos horas después, camino de mi vida.

Las fronteras en sí mismas, con concertinas o pasillos lujosos, son las dos caras de la misma ignominia, la que impone el determinismo a quien intente elegir su destino más allá del obvio. La libertad se mide en cuenta corriente o en PIB, le guste o no le guste a según qué policía. El festival, en comunicación con la Embajada española, consiguió el permiso para que me hiciera la prueba en Colombia cuando mi avión ya rodaba por la pista. Aquellos policías ganaron la partida por unos minutos y me enseñaron algo importante: a los que nos tocaron nacionalidades más libres, es decir, menos pobres, también nos abofetean de vez en cuando por el mismo sistema que solo entiende de unos sí y otros no, de personas tratadas como ganado. O, dicho de otra manera: siempre puede llegar el momento en el que seamos los otros. Ellos, si pueden, se encargarán de que así sea. Llevan siglos juntando rencores y afrentas. Utilizarán las mismas armas tan diplomáticas como injustas.

Y, aprendida la lección, me ha encantado participar en el Hay Festival de Colombia 2022, aunque me haya costado cruzar el océano tres veces. Ha sido una alegría entrevistar a Pilar Quintana, Vanessa Rosales, Ana González Rojas e Irene Reyes-Noguerol. Recomiendo mucho Los Abismos, Mujer incómoda, Hijas del Agua y De Homero y otros dioses, sobre las mujeres-florero de Cali, sobre cómo nos hemos visto a lo largo de la historia y cómo nos vemos las feministas, sobre las mujeres indígenas, sobre cómo aplicar la mitología grecolatina a nuestras vidas. He flipado con ciudades como Jericó, Medellín y Cartagena de Indias, con la vida como guerra a la vista entre ricos y pobres. La desigualdad en su estado más burdo no se me va a olvidar; las fronteras internas de este país son aún más infranqueables que esas con las que yo me las he visto. Las barreras del color de la piel y de los apellidos son peores que las que he descrito y son justificadas por la mal llamada inseguridad, por más insegura que sea, en vez de llamarla por lo que es: pura vieja injusticia.