Otras miradas

¿Democracia tuitera vs. democracia representativa?

Luis Moreno

Profesor Emérito de Investigación en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC)

Imagen de archivo. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se echa un selfie con sus fans, a su llegada a una comida-mitin con afiliados del PP.- Photogenic/Claudia Alba / Europa Press

‘Tuiteo, luego existo’ es un aforismo pujante en la ‘nueva’ normalidad de las redes sociales. Según datos de 2020, más de cuatro millones de españoles eran usuarios de Twitter. En esa fecha, el famoso (político) con más seguidores seguía siendo Barack Obama, con un número que superaba los 120 millones de usuarios.

En términos generales, los rastros que dejan los usuarios de la Red posibilitan que las redes sociales facturen miles de millones de euros por ingresos publicitarios en todo el mundo. En ese trasiego de gustos los anuncios están confeccionados a la medida de nuestros perfiles telemáticos para que compremos sin desmayo. La mercantilización es posiblemente más subrepticia que la de la ‘vieja’ normalidad publicitaria, pero no por ello menos efectiva. Para hacerla posible se promociona la opinión de los compradores mediante sus preferencias de búsqueda telemática.

En la actualidad, ya visualizamos calificaciones y rankings expresados en el número de ‘clicks’ de un comentario o un post subido en nuestras redes sociales. También aparecen el número de ‘likes’ y ‘dislikes’ que marcan tendencia a la hora de elegir alguna pieza musical o videojuego para pasar el rato. ¿Quién no ha declinado reservar una mesa en un restaurante en el que aparecen comentarios poco favorables, sea por la calidad del condumio ofrecido o por la carestía del servicio; o simplemente por la ausencia de reacciones de comensales anteriores?

Ahora los tuits y similares también sirven para establecer no sólo tarifas publicitarias, sino códigos sociales de inclusión y exclusión en la vida política de los países. Incluso determinan la suerte de los líderes políticos, como nos ilustra la ‘guerra’ Casado-Ayuso. Según un análisis sobre los 1,3 millones de tuits de los primeros días en que estalló la crisis del PP realizado por un grupo de investigadores de la Universidad de Cardiff para el periódico El País, la presidenta de la Comunidad de Madrid recibía un sentimiento más positivo en contraste con el de Pablo Casado. Desde el día de la publicación de un duro comunicado contra la dirección nacional de su partido, Isabel Díaz Ayuso mejoraba ligera pero significativamente su posición.

Los modelos de inteligencia artificial que analizan el lenguaje y son capaces de entenderlo o generarlo se han optimizado considerablemente en los últimos años. El análisis sobre los tuits de la crisis del PP ha sistematizado el tráfico de los mensajes clasificando si el sentimiento de un tuit era positivo, negativo o neutral. La herramienta empleada se denomina TweetEval, la cual ha pasado de tener unos miles de descargas en enero de 2021 a superar los 15 millones en apenas un año.

Más allá de los aspectos de conmensurabilidad de los significados y de la validación estadística en la cuantificación de los mensajes, debe resaltarse su impacto en las personas que han leído los tuits y han actuado influidos por la tendencia mayoritaria de los mismos. Y es que el abandono a los dos/tres días del barco pilotado por Casado de la mayor parte de quienes le apoyaban previamente a pies juntillas ha sido intempestivo. Un "si te he visto no me acuerdo", en suma, poco virtuoso y hasta banal.

El pánico por quedarse ‘fuera de juego’ en la pugna por las poltronas de representación institucional y de los cargos partidarios ha generado, a buen seguro, que las fidelidades de los políticos populares antes casadistas se hayan deshecho como azucarillos en vasos de agua ante el cambio anunciado e irreversible en la cúpula del partido. La propia Ana Beltrán, vicesecretaria de Organización del PP, manifestaba amargamente cómo había sido testigo del abandono uno a uno de quienes hacía pocos días/horas apoyaban a Casado.

Quizá pueda sorprender la velocidad en el cambio en sus trayectorias como si de un slalom especial político se tratase. Pero los aprendices políticos de Ingemark Stenmark, genial esquiador en el arte de esquivar los obstáculos y pasar de una posición escorada a otra inverosímilmente opuesta en cuestión de segundos, han mostrado más pillería que destreza. En no pocos casos se habrá actuado seguramente por preservar el interés personal de seguir en la ‘pomada’ de la actividad política representativa, ‘ayusándose’ según lo que indicaban los datos de la democracia tuitera. O sea que Casado perdía y Ayuso ganaba.

El dilema de fondo atañe a la tentación de sustituir la democracia representativa por la tuitera. Porque si la tecnología nos puede facilitar en cuestión de pocos segundos el número de ‘likes’ que una actuación política genera en los electores, ¿para qué seguir con la ‘vieja’ normalidad de la democracia representativa, a veces imprevisible y penosa como el caso que nos ocupa? ¿Para qué elegir a un partido que trata de aunar intereses a menudo contradictorios (partido atrapaloto) para conseguir más votos, si los tuits (y similares) nos pueden facilitar la lógica situacional de saber cuántos ciudadanos apoyan una política o un candidato propuesto? Y de saberlo casi al momento.

Quizá el efecto virtuoso de tales procesos de (des)legitimación, como ilustra la ‘guerra’ Casado-Ayuso, sea la de hacernos repensar la mejora de la gestión de la ‘cosa pública’ en nuestras sociedades. Como cantaba John Lennon, más que las instituciones quizá sería oportuno liberar nuestras mentes con las nuevas realidades que nos ofrece la digitalización. Podrían contarse el número de ‘likes’ y ‘dislikes’ manifestados por los ciudadanos antes de una toma de decisión política importante, haciendo innecesario el entramado de los ‘viejos’ sistemas de partidos. ¿Otean Udes. el peligro trumpista?