Otras miradas

El negacionismo, las mujeres y Ucrania

Ana Bernal Triviño

Varias mujeres sujetan una bandera ucraniana durante la concentración realizada este domingo en València para clamar contra la guerra que ha iniciado Rusia contra Ucrania. EFE/Kai Försterling

Al igual que ocurrió con Afganistán, en las primeras horas del ataque de Rusia no dejó de aparecer en las redes la frase: "¿Dónde están las feministas en Ucrania?". Con una guerra recién comentada, mientras la población piensa qué será de sus vidas, de sus padres o hermanas, de los colegios de sus hijas, o de su trabajo o cómo huir, cuando la vida de miles de personas están en un precipicio, el nivel del negacionismo español fue atacar de nuevo al feminismo. 

Creo que no hay mayor vergüenza que usar hechos graves para hacer campañas sucias contra un movimiento que, allí, en la misma Ucrania, ha denunciado incluso antes la situación de las mujeres y el conjunto de la población desde 2014. Podrían ignorarse estos comentarios si no fuera porque otras personas lo aceptan arrastradas por lo emocional y el populismo. Y podrían ignorarse estos comentarios si no fuera por la campaña organizada del negacionismo en redes y que está llena de bulos.

Al comenzar el ataque, varias informaciones publicaban la orden del Gobierno: los hombres no debían abandonar Ucrania para luchar, y que sí podrían huir las mujeres y sus hijos e hijas. Esta noticia fue la punta de lanza para atacar al feminismo. La débil argumentación fue si las feministas no denunciaban esta "brecha de género" porque "las mujeres huyen de la guerra". Supongo que quienes escriben tales reflexiones no serían capaces de plantear este absurdo debate mirando a los ojos a una de esas miles de parejas que, mientras otros escribían en Twitter, tenían que despedirse o abandonar juntos el país sin saber qué sería de sus vidas. 

Como si fuera el feminismo el que gobernara y marcara las normas. Como si las guerras, desde sus inicios, no hubiesen estado organizadas bajo los mandatos de género no dictados por nosotras: los hombres al frente y las mujeres a cuidar a los hijos o hijas. Como si fuera el feminismo el que ha creado las guerras. Y como si no contase el camino que, desde hace décadas, muchas mujeres han emprendido para formar parte de los ejércitos, cuerpos y fuerzas de seguridad de los estados, negados durante mucho tiempo por razón de sexo. 

La orden del gobierno ucraniano es cierta, y es la que siempre se da en las guerras donde la división de género se refuerza. Pero también es cierta, como en otros muchos conflictos y guerras, que están las imágenes de mujeres ucranianas con armas para defender a su país. Una Ucrania donde destaca no solo el aumento de mujeres en los registros voluntarios del ejército, sino el crecimiento de la presencia de mujeres dentro del ejército desde 2014, alcanzando casi al 15% del cuerpo. 

Que una parte de la sociedad aproveche este momento de máxima vulnerabilidad, y  la propaganda política, es una muestra más de la debilidad de los derechos civiles y de los derechos humanos. Y ya no es por el feminismo en sí, acostumbrado a críticas, sino al uso de un movimiento político y ético del que las mujeres, en contexto de guerra, necesitan más que nunca. Porque lo que no decían esos tuits, eran los mensajes de ONGs, activistas y de la propia ONU sobre la preocupación de que las mujeres sean sometidas a violencia sexual y sus cuerpos sean "armas de guerra", una vez más. Al igual estos mensajes tampoco denuncian la situación de las mujeres explotadas sexualmente como vientres de alquiler. Por supuesto, tampoco plantean las denuncias de otras mujeres que resultan invisibles al resto de la sociedad, como en otros frentes como en Yemen o en Palestina. 

Esperamos que, en otra ocasión, el negacionismo tenga capacidad para sostener unos argumentos de mayor nivel ético y moral, lejos de la insensatez y el desprecio a la sociedad civil y a los derechos humanos de las mujeres. Porque el feminismo tiene tanto trabajo que hacer, con centenares de obstáculos políticos y económicos, en todos los rincones del mundo, que necesitamos que toda la sociedad sume y que no reste. Lo contrario es una muestra más de la escasa altura democrática y de la falta de empatía, que es casi peor.