Otras miradas

Putin y el patriotismo imperialista

Luis Moreno

Profesor Emérito de Investigación en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC)

Vladimir Putin en una reunión en San Petersburgo en el contexto de la guerra ruso-ucraniana.-The Kremlin / dpa

A su invasión por la Wehrmacht el 22 de junio de 1941, respondió la Unión Soviética con la Gran Guerra Patriótica. Tras la caída de Berlín el 2 de mayo de 1945, 27 millones de personas de las repúblicas soviéticas (Ucrania incluida) habían perdido la vida. Ninguna de las fuerzas contendientes en la Segunda Guerra Mundial sacrificó tantas vidas humanas para derrotar al totalitarismo nazi, responsable del peor episodio de la historia de la humanidad: la Shoah o Holocausto, que causó la muerte directa de 6 millones de judíos.

Stalingrado fue la batalla decisiva que inclinó la victoria militar del lado de las potencias aliadas. Se estima que unos 2 millones de personas perdieron la vida en lo que ahora es la ciudad de Volgogrado. Las cifras hablan por sí mismas de las proporciones de la inmolación humana que permitió la supervivencia de las democracias occidentales tras la Segunda Guerra Mundial. Y que consolidaron las prácticas del terror en las autocracias orientales durante el período estalinista, las cuales fueron replicadas con ahínco por el maoísmo chino ya antes del ascenso de Mao Zedong a la ‘dictadura democrática popular’ en 1949.

No deja de ser significativo que dos grandes obras literarias, altamente recomendables para los lectores interesados en los avatares de las dos superpotencias comunistas, hayan estado prohibidas durante largo tiempo en Rusia y China (en la segunda lo sigue estando): Vida y destino, de Vasili Grossman, y Cisnes salvajes, de Jung Chang

El término de ‘Gran Guerra Patriótica’ promovido por el gobierno soviético tras junio de 1941, evocaba a la ‘Guerra Patria’ que enfrentó a la Rusia zarista contra la Francia napoleónica en 1812. En estas dos ocasiones históricas las invasoras tropas extranjeras se quedaron a pocos kilómetros de entrar en Moscú. Ambos eventos conforman el ‘código genético’ nacionalista ruso. El reclamo al patriotismo azuzado por Putin vuelve a estar presente, aunque en esta ocasión el antaño país invadido se ha convertido en contumaz invasor.

Es extraordinariamente difícil trazar una clara línea divisoria entre patriotismo y nacionalismo estatal. Cabe, sin embargo, subrayar el hecho de que el patriota no sólo muestra una lealtad inquebrantable a su Estado, sino a la forma de vida, la lengua, la cultura y la historia del país en donde habita. La Gran Guerra Patriótica forma parte del imaginario existencial ruso, ahora devenido en mentalidad imperialista. No debe olvidarse que la politización de la identidad colectiva es la conditio sine qua non para el desarrollo del nacionalismo y eventual imperialismo.

La justificación política de la guerra en Ucrania se apuntala en el patriotismo expresado por una mayoría de electores que apoyan las políticas expansionistas de Putin. Su partido, Rusia Unida, obtuvo un 50% de los votos en las elecciones del pasado septiembre, y una cómoda mayoría en la Duma rusa. La profusión de irregularidades y de hostigamiento a la oposición no oculta que un considerable sector de la sociedad rusa asume que el rol de su país debe ser equivalente al que tuvo durante el período de la Unión Soviética. Entonces la influencia en la política global se repartía bipolarmente, situación que ha cambiado sustancialmente ahora con añadidas superpotencias reales o aspirantes a tales: EE. UU., China, la propia Unión Europea y hasta el Reino Unido del inefable Boris Johnson.

En el caso de la Rusia de Putin asistimos a una transformación del patriotismo y el nacionalismo estatalista en imperialismo depredador. Este se basa en la creencia de la propia supremacía y superioridad en comparación con los otros, a menudo identificados como ‘enemigo exterior’. Ello justificaría la dominación o colonización de otras comunidades, como es el caso de Ucrania. No sólo sucede que el nacionalismo estatalista es, en ocasiones, fuertemente étnico o dominado tradicionalmente por una sola etnia en sociedades plurales, sino que a veces su pretendida neutralidad cumple la función de esconder políticas que marginan minorías nacionales o étnicas, o pretenden su mera asimilación y hasta desaparición. Desde el tránsito al siglo XXI, el discurso estatalista de Putin de relacionar la identidad rusa con la política de una superpotencia se ha hecho prácticamente hegemónico.

En nuestra actual sociedad global, el pasado se ‘resignifica’ y ‘reconstruye’. Y se hace, llegado el caso, manipulando e imponiendo una (post) verdad por la fuerza de las armas. Se aprovechan falsedades del pasado para obtener réditos políticos en el presente. Es el caso de Putin y de sus corifeos oligarcas. Como bien indica el reputado historiador Xosé Manoel Núñez Seixas, el conflicto actual es el resultado de desencuentros geoestratégicos y ambiciones neoimperialistas por parte de Putin. Ambas partes directamente implicadas en la guerra que ahora nos sobrecoge llevan tiempo coqueteando con el fuego de la historia y la memoria. Ambas pretenden, en diversos modos y maneras, imponer una verdad histórica sobre la guerra patriótica de 1941-45, que contribuye a enfrentarlos en el presente.

Inventar historias para dotar de sentido a la existencia es una práctica consustancial al género humano. Como lo es la existencia del mal. No todo está determinado por la circunstancia envolvente ni por los condicionamientos en nuestra vida como seres sociales. El maestro de sociólogos, Salvador Giner, ya nos recordaba en sus trabajos sobre la sociodicea de los efectos que la monótona repetición de la ideología del ‘daño necesario’ ha impuesto en cuantos movimientos políticos han querido acabar de una vez por todas con una situación manifiestamente horrenda. Produce no poca perplejidad comprobar la tozudez con que gentes responsables la ignoran.

Acabemos con la guerra en Ucrania.