Otras miradas

La nueva Tercera Roma

Pablo Batalla Cueto

Una carroza que muestra al presidente ruso Vladimir Putin (izquierda) balanceando un martillo para integrar por la fuerza a los países de la antigua Unión Soviética en una Unión Soviética, se ve durante una manifestación por la paz en apoyo de Ucrania el lunes de rosas en Colonia, Alemania, el 28 de febrero de 2022.- EFE

No hay texto de alguna extensión sobre la historia y la cultura rusas que no cite a Filoteo de Pskov. Hegúmeno del monasterio de Yelizárov en el tiempo axial de Iván IV el Terrible, Filoteo es el autor de una carta celebérrima de 1511 al gran duque Basilio III, hijo y sucesor del zar. En ella, el fraile enunciaba la siguiente profecía: «Escúchame, piadoso zar: todos los reinos cristianos han convergido en el tuyo solo. Dos Romas han caído, una tercera se mantiene, y no habrá una cuarta». El mito de la tercera Roma, heredera de Bizancio, heredero a su vez de la Roma primera, sustenta y atraviesa desde entonces, e ininterrumpidamente, la cosmovisión rusa; la autopercepción de este país —de su nacionalismo— obsesionado con hacerse cabeza espiritual del mundo; faro y meca de algún mensaje redentor para la humanidad toda.

Ex Oriente, lux. De Oriente, la luz. Alguna luz, la que sea. Será triple la luz civilizatoria de la cual los zares, a partir del Terrible, se imaginen y se proclamen alumbradores: la luz de la ortodoxia; la del Gosudarstvo, el principio de autoridad ruso, y la del ideal de comunidad; del descubrimiento —explicará Berdiáyev en 1946 en La idea rusa— «de que el hombre no está solo, de que su futuro no es esclavo de la muerte, de que forma parte única e irremplazable de una comunidad». Los eslavófilos del siglo XIX y los existencialistas del XX llamarán a esa comunidad sobornost’, «conciliaridad»: una hermandad eclesial de seres humanos ligados, no por la fraternidad tal y como esta se entendería en Occidente, consistente en un grupo construido a mayor beneficio de los individuos que lo integran, sino por la fe en un ideal divino que los trasciende; no por la adelfia, amor a los otros, sino por el ascetismo de la teofilia, el amor a Dios.

Pensadores como Nikolái Loski o Alexéi Jomiakov definirán este ideal como «la combinación de la libertad y la unidad en muchas personas sobre la base de su amor mutuo a los mismos valores absolutos», cuadratura del círculo de una unidad total y una libertad total que no solo fueran compatibles, sino que se presupusieran el uno al otro. La sociedad debe ser —proclaman— organismo y no mecanismo, y debe distinguirse entre dos tipos de individualidad: la lichnost’ y la individual’nost’, siendo esta última una individualidad fracasada y narcisista, atrapada en su propia mismidad y atravesada por la ignorancia y el pecado. La mayor afirmación de libertad personal que cabía imaginar, decía Jomiakov, no era la autoafirmación, sino la autorrenuncia en pos de esa fratría en la que los individuos no encuentran algo ajeno a ellos, sino a ellos mismos, y abandonan la fragilidad del aislamiento espiritual en beneficio de una unión íntima con sus hermanos y el Salvador, en la cual encontrarían su perfección o, mejor dicho, lo que es perfecto en ellos.

Cuando el Imperio ruso se transformó en la URSS, aquella idea de misión civilizatoria no se apagó, sino que simplemente se transformó a su vez: Moscú era ahora, no ya la meca de la ortodoxia, sino de la revolución proletaria; pero lo era reciclando los viejos materiales del orgullo ruso, con una chapa y pintura que no tardaría en irse desconchando, sacando a la luz la mitología de siempre. Ya tan pronto como en 1918, el joven Iósiv Stalin publica un artículo con aquel antiquísimo lema como título: «Ex Oriente, lux!». Y cuando se instale en el Kremlin, auspiciará un cierto resurgimiento del nacionalismo ruso, manifestado en el programa de rusificación educativa de las comunidades no rusas de la Unión; la rehabilitación de héroes del Antiguo Régimen como Alejandro Nevski o Mijaíl Kutúzov o la autoidentificación del propio Stalin con Iván el Terrible y la utilización, en sus alocuciones, del saludo tradicional de los patriarcas ortodoxos: «Hermanos y hermanas, compañeros campesinos...». En el fondo —diserta Billington en El icono y el hacha: una historia interpretativa de la cultura rusa— el mundo comunista ruso «correspondía menos a las profecías de Karl Marx que a las de un contemporáneo ruso prácticamente desconocido: Nikolái Ilin». Mientras el primero escribía su Manifiesto comunista, el segundo pregonaba en Siberia unas Nuevas desde Sion y una revolución arraigada en la tradición rusa: odio a Europa, culto a la artillería y el dualismo ético de un mundo dividido entre Iegovisty y Satanisty, hombres de Jehová y hombres de Satanás; o entre desbye y oshuinye, los que se sientan a la izquierda y a la derecha de Dios. Los Iegovisty —profetizaba— crearían un nuevo imperio de total hermandad e impredecible riqueza desde San Petersburgo hasta Vladivostok.

Entretanto, otros utilizaban a su vez el «Ex Oriente, lux!» para, impugnando la Revolución soviética, manifestar su convencimiento de que algún día la Rusia verdadera volvería por sus fueros y su lux genuina brillaría de nuevo. Así el jurista alemán Walter Schubart, conservador y rusófilo, que en los años treinta escribía esta suerte de profecía:

«Solamente Rusia reúne condiciones para infundir nuevamente alma a una generación estragada por el afán de poderío y anquilosada por el positivismo. Y lo dicho está en vigor aun cuando Rusia se retuerce actualmente en medio de las convulsiones del bolchevismo. También el horror de los consejos pasará como la noche del yugo tártaro y se verificará la frase antigua: "Ex Oriente lux". Con ello no afirmo que las naciones occidentales hayan de perder su significado. Perderán tan sólo la dirección espiritual [...]Rusia es el único país que puede redimir y que redimirá a Europa, porque, respecto del conjunto del problema de la vida, adopta una postura opuesta a la de todos los pueblos europeos. Precisamente del fondo de su sufrimiento sin ejemplo sacará un conocimiento más profundo del hombre y del sentido de la vida, y lo anunciará a los pueblos de la Tierra. El ruso tiene para ello condiciones psíquicas que hoy día faltan a todos los pueblos occidentales».

En 1991 volvió a extinguirse el candil del faro moscovita. Y la angustia subsiguiente por la falta de un telos misional que volviera a conferir sentido y energía a la postrada nación queda testimoniada en que, cinco años después, Borís Yeltsin lanzara una comisión, dirigida por su asesor Georgy Starov, a fin de alumbrar una nueva idea nacional rusa. Finalmente, no arrojó resultados aquella iniciativa de un zar débil. Pero el surco estaba abierto para una siembra que sí abordaría el siguiente zarato, y cuya germinación final compendia bien cierto meme que circula estos días de guerra en Ucrania por los submundos abisales de 4chan. Un hombre ucraniano al que vemos de espaldas contempla las tentaciones distintas que le ofrecen un diablo y un ángel. El diablo es Occidente; el latinstvo que en tiempos del Terrible se convirtiera en la porra o la mierda del refrán ruso: «Vete al latinstvo». La oferta, una nebulosa azul de imágenes en la que se distingue a Hitler, dos gays besándose, un fajo de billetes, un montoncito de cocaína, la bandera de la UE o una jeringuilla (¿de heroína o de Pfizer?). El ángel, a su vez es la Santa Rusia y ofrece al dubitativo otro sahumerio de estampas: una lozana familia tradicional, un tanque, las cúpulas con forma de cebolla de una catedral, una mesnada de guerreros medievales, la cabeza con casco de Yuri Gagarin.

Rusia ha vuelto a encontrar, en el veintenio putinista, un mito movilizador que amalgama en uno solo los tres grandes imaginarios del pasado ruso: el ortodoxo, el zarista y el soviético. También el soviético, pero desbastado de marxismo-leninismo e internacionalismo para extraer de él los dos preciosos jugos narrativos de la revolución y la conquista de lo imposible, e hidratar con ellos las otras dos patas de este mito triple: una revolución reaccionaria, la imposible conquista de una retrotopía, una insurrección en defensa de la fe y la autoridad. Putin, con Stalin contra Lenin, recupera el himno de la URSS compuesto en tiempo del primero para sustituir La Internacional, pero lo recupera cambiándole la letra para ensalzar «nuestra patria sagrada» o «la sabiduría popular dada por nuestros antepasados».

Con esta receta, adaptada a los productos locales de cada terruño, se cuecen hoy las ultraderechas de todo el globo, apadrinadas por Putin: música revolucionaria para una letra reaccionaria. Las legiones de esta tercera tercera Roma forman hoy sus tortugas, no solo en Ucrania, sino también en los parlamentos del latinstvo. Y tal vez se confirme el vaticinio de Filoteo de Pskov y, si el cántaro nuclear sigue yendo a la fuente, no haya una cuarta.