Otras miradas

Parir en la guerra

María Guijarro

Diputada del Congreso en el Grupo Socialista

Refugiada ucraniana en Madrid.- Cézaro De Luca / Europa Press

No podemos olvidar la imagen de esa mujer embarazada, siendo evacuada del bombardeo del hospital materno infantil de Mariúpol con la pelvis rota, agarrándose la tripa y la mirada perdida. Supimos días después que ella y su bebé fallecieron.

En Ucrania, el personal sanitario de los hospitales que sobrevive a los bombardeos da testimonio de la dura situación de las mujeres embarazadas, pariendo en sótanos sin las más aconsejables medidas higiénicas y de intimidad en uno de los momentos en los que la salud de las mujeres se pone más en riesgo. Duele imaginarlo.

Según el Fondo de Población de Naciones Unidas, en situaciones de crisis, existe la probabilidad de que una de cada cinco mujeres en edad fértil esté embarazada. Es uno de los grandes ejemplos de la precaria Salud Reproductiva Sexual que se da en contextos de crisis humanitarias.

Y no es baladí esta cuestión. Cuantitativa y cualitativamente. Porque en estos contextos, generalmente, la salud sexual y reproductiva de las mujeres es relegada a un segundo plano y la falta de atención en esos casos supone una causa importante de morbilidad y mortalidad.

En crisis humanitarias, la salud sexual y reproductiva puede salvar la vida de muchas mujeres y evitarles muchos sufrimientos. Porque para niñas y mujeres aumenta la vulnerabilidad.

Porque en situaciones de crisis el acceso a partos y a cuidados materno-infantiles seguros; o el acceso a métodos anticonceptivos para evitar embarazos no planificados o abortos inseguros, es imprescindible.

Para millones de otras mujeres y niñas, incluidas las que han vivido a la sombra del conflicto en la zona oriental de Ucrania durante los últimos ocho años, la violencia de género es un problema grave. Según un estudio del Fondo de Población de Naciones Unidas, de 2019, alrededor del 75 por ciento de las mujeres del país informaron haber sufrido alguna forma de violencia desde los quince años de edad; y una de cada tres informó haber sufrido violencia física o sexual. Las crisis y los desplazamientos las ponen en mayor riesgo de violencia y de abuso sexual y físico.

Y está contrastado que en todas las crisis aumenta la vulnerabilidad de las mujeres y niñas de ser objeto de violencia sexual y de género: abuso sexual, violaciones y trata de niñas y mujeres. En Ucrania también.

No perdamos este foco. Son necesarios esos kits de gestión integral de emergencia obstétrica y neonatal y por supuesto personal sanitario igual de cualificado que el ucraniano que atienda la magnitud del problema.

Son necesarias redes y equipos que prevengan y atiendan, física y mentalmente, los casos de violencia sexual en medio de la guerra. Son necesarios esos kits llamados "de la dignidad" que incluyen compresas y artículos de higiene íntima para mujeres que sobreviven en los búnkers de los edificios.

En definitiva, son necesarios todos los recursos humanos y materiales que atiendan de manera transversal la salud reproductiva sexual de las niñas y mujeres en medio del horror, el desamparo y la inseguridad.

Y, por cierto, las niñas afganas siguen llorando por no poder asistir a la escuela. No las olvidemos tampoco.