Otras miradas

"Yo, que he nacido mujer"

Luisa Posada Kubissa

Profesora de Filosofía-UCM

.- PIXABAY

En 1405 una mujer llamada Christine de Pizan escribía: "Yo, que he nacido mujer, me puse a examinar mi carácter y mi conducta y también la de otras muchas mujeres que he tenido ocasión de frecuentar, tanto princesas y grandes damas como mujeres de mediana y modesta condición, que tuvieron a bien confiarme sus pensamientos más íntimos". Lo escribía en su obra La Ciudad de las Damas con la intención de defender a sus congéneres femeninas del trato vejatorio y misógino por parte de los varones.

Volver a los albores del Renacimiento nos lleva a encontrarnos con un problema que paradójicamente, más de seis siglos después, parece reaparecer: el cuestionamiento de las mujeres. Porque hoy se le objetaría a de Pizan, desde los efluvios ideológicos de la doctrina queer, qué quiere decir con que ha nacido mujer y qué es eso de una mujer.

El vendaval del pensamiento que se llamó de manera un tanto caprichosa la postmodernidad se llevó por delante – o lo intentó- las reclamaciones de la modernidad ilustrada de igualdad y de un sujeto racional. Y en sus secuelas queer subsiguientes también se propone desmantelar la identidad "mujeres". O, por mejor decirlo, abrirla de tal manera que cualquiera que lo desee – se entiende, cualquier hombre que lo desee- pueda adscribirse a esa identidad.

Seguimos así en un pensamiento identitario, contra las tesis iniciales de su filósofa de cabecera Judith Butler. Porque ahí se trataba de promover la desestabilización de toda identidad por normativa y excluyente. ¿Por qué? Porque se entendía que toda identidad establece unas normas a las que hay que ajustarse para pertenecer a esa identidad (y, por tanto, es normativa) y toda identidad deja fuera lo que no se ajusta a esas normas (y, por tanto, es excluyente). Y esto se aplicaría así a la identidad "mujeres", que como toda identidad sería normativa y excluyente y tendría que ser susceptible de deconstrucción.

Pero, más de treinta años después de estas tesis, nos encontramos paradójicamente con la incoherencia de que, no solo no se trata de deconstruir esa identidad, sino que se trata de incluir a todo el mundo en ella. A todo el mundo que lo desee.  Y con ello nos encontramos con que seguimos de pleno asistiendo a un pensamiento identitario: a lo que podríamos llamar el identitarismo queer.

Por cierto, que tal identitarismo solo se aplica en el caso de las mujeres, ya que nadie pelea realmente hoy en serio por cuestionar la identidad "hombre" y estirarla para dar cabida a quienes -en este caso mujeres-se reclamen de esa identidad. El identatitarismo queer establece las normas y los estereotipos que debe cumplir quien quiera pertenecer a la identidad "mujeres" (y, por tanto, es normativa) y deja fuera lo que no se ajusta a esas normas o a esos estereotipos (y, por tanto, es excluyente).

Pero las mujeres sabemos lo que ya sabía Christine de Pizan y enunció: "Yo, que he nacido mujer". Frente a ese identitarismo queer, frente a la artificialidad de la identidad de género autodeterminada, sabemos que el hecho material de ser mujeres como sexo se conjuga con nuestra diversidad en tanto que individuos diferenciados de toda identidad impuesta desde fuera de nosotras mismas. Y que precisamente por nuestra opresión como sexo tenemos que seguir resistiendo a ese identitarismo genérico, que siempre ha sido y sigue siendo desfavorable para las mujeres.