Otras miradas

Feijóo: un bluf

Pablo Arangüena

Ex diputado del PSOE en el Congreso

El presidente de la Xunta de Galicia y candidato a la presidencia del PP, Alberto Núñez Feijóo, tras ofrecer una rueda de prensa después de presentar los avales necesarios para formalizar su candidatura en la sede del partido, en Madrid. EFE/David Fernández
El presidente de la Xunta de Galicia.- EFE

Si analizamos rigurosamente los 13 años de Feijóo al frente de la Xunta, comprobaremos que su balance se compone de inacción, escapismo y marketing: dejando a un lado la abundante propaganda oficial que pinta una Galicia próspera y feliz, quien trate de encontrar algún éxito en su gestión lo tendrá francamente difícil si tiene en cuenta una serie de datos relevantes.

Desde el punto de vista de la demografía, indicador relativo de la pujanza de un país, Galicia ha perdido algo más de 100.000 habitantes entre 2009 (año en que Feijóo llegó a la Xunta) y la actualidad, en la que Galicia tiene los peores datos demográficos del Estado mientras la juventud mejor formada sigue haciendo las maletas.

El paro se ha mantenido elevado durante todo su mandato. Cuando llegó a la Xunta era del 12%, escaló hasta el 21% en 2014 y a finales de 2021 era del 11%, pero si analizamos los datos en detalle el balance es negativo porque, al haberse perdido población, la ocupada es hoy menor que entonces (unas 80.000 personas menos) y ha habido una tendencia a la precarización laboral, agudizada por la pérdida de empleo industrial, con un descenso del peso de los salarios en el conjunto de la economía gallega. A pesar de todo ello, en la etapa Feijóo se ha dejado sin ejecutar aproximadamente la mitad de los fondos para políticas activas de empleo.

En términos de riqueza, Galicia experimentó en las últimas décadas un proceso de convergencia con España derivado de la terciarización de una economía muy ligada al sector primario, pero mientras en la única legislatura de Emilio Pérez Touriño la renta per cápita gallega pasó del 83% al 88% de la media estatal, en las cuatro de Feijóo solo avanzó hasta el 92% actual, es decir, se ha ralentizado esa convergencia, a pesar de que la pérdida de población hace que se reparta la riqueza entre menos gente y de que crisis como la inmobiliaria o la del coronavirus afectaron menos a Galicia por su menor dependencia del ladrillo y del turismo. También hay más desigualdad, como refleja el aumento del número de personas en riesgo de pobreza o de exclusión social, que según el informe Arope, en 2009 era un 24,6% de la población, mientras que en 2020 alcanzaba el 25,7%, con 320.000 personas en pobreza severa en 2021.

La política industrial, para la cual la Xunta tiene plenas competencias, ha brillado por su ausencia, limitándose a subvencionar a empresarios afines o a fallidas operaciones como la de Pemex, con Feijóo anunciando en la precampaña de 2012 la construcción de 20 barcos en astilleros gallegos, que luego quedaron en 2, además de una "base logística para Europa" en el puerto exterior de A Coruña de la que nunca más se supo. Barreras está hoy en concurso y el directivo de Pemex que firmó la operación, en una prisión mexicana a la espera de juicio. También destaca el fiasco de la fusión de las cajas gallegas, respaldada con entusiasmo por el propio Feijóo y que dejó un agujero en el erario público superior a los 9000 millones, el más grande entre todos los procesos de este tipo que hubo en el Estado si lo ponemos en relación con el tamaño de las cajas fusionadas, cuyo patrimonio, en el caso gallego, está hoy en manos privadas.

En 2020 se mantuvo, como sucede año tras año, unha gran asimetría entre la inversión extranjera recibida (80,4 millones) y la realizada desde Galicia en el exterior (1.814 millones). Esto implica que sale mucho más capital inversor que el que entra, dato reforzado por el hecho de que Galicia ha recibido en estos 13 años una parte del capital extranjero invertido en España muy lejana a su contribución al PIB nacional.  Así, en el año 2021, Galicia captó el 0,77% del total, cuando su peso en el conjunto de la economía nacional es superior al 5%. En el año 2020 fue el 0,3%, y raro es el año que llega al 1%, lo cual refleja un escaso atractivo como destino inversor.

Los servicios públicos han sufrido una constante erosión, como refleja el dato de que el gasto sanitario del año 2009 no se recuperase en términos reales hasta el año 2019, siendo aún hoy un 20% inferior en atención primaria, que concentra los recortes. En materia educativa, se han cerrado 138 colegios públicos, el 11% de los que había en 2009. A quien le ha ido bien es a la sanidad privada, incluyendo la compra de tres grandes hospitales privados por el grupo Ribera Salud, dirigido por un ex candidato del PP de Valencia; a la educación privada (cuyo último hito es la universidad privada de Abanca) y al sector geriátrico privado, en el que bajo la sombra del PP surgió y se expandió el tristemente célebre grupo Domus Vi, con sede en Vigo y en el que murieron tantos de nuestros mayores durante la pandemia.

Por otro lado, a pesar de que Feijóo dijo recientemente que "gobernar subiendo los impuestos y la deuda lo hace cualquiera", durante sus mandatos se multiplicó por 2,5 la deuda pública gallega: de los 4.453 millones de euros del segundo trimestre del 2009 -Feijóo tomó posesión en abril de ese año- se ha pasado a 11.259 en el tercer trimestre del 2021.

Desde el punto de vista medioambiental, siendo la Red Natura 2000 (que abarca los parques naturales pero se extiende a una superficie mucho mayor) el principal instrumento de protección del medio ambiente en nuestro país, Galicia tiene la más pequeña entre las 17 CCAA, no llegando al 12% de superficie teóricamente protegida (los atentados contra el medio en la Red Natura gallega son cotidianos) cuando la media estatal es del 27%. Por no hablar de la proliferación descontrolada de una especie forestal alóctona como el eucalipto, sin restricción hasta que se implantó el año pasado una moratoria a su plantación, temporalmente limitada y que permite seguir plantando donde sea ya dominante. Esa expansión incluye en la práctica muchas tierras agrarias, a pesar de estar prohibido y de que, en pleno proceso de subida del precio de los alimentos, Galicia tiene una superficie agraria útil del 20% de su territorio, uno de los porcentajes más bajos de Europa.

El aspecto más positivo del período Feijóo es que las exportaciones han mejorado, generándose una balanza comercial muy positiva, pero en su gran mayoría esta mejora se debe a la actividad de dos gigantes como Inditex y Stellantis, que actúan como los dos grandes motores económicos de Galicia con total independencia de las políticas de la Xunta, lo que permite intuir que precisamente aquello que no ha dependido de Feijóo es lo que mejor ha funcionado, aunque su tesis es la inversa: se atribuye lo que funciona y culpa a los demás de lo que va mal,  como puede comprobarse introduciendo en un buscador de internet las palabras "Feijóo" y "culpa" y observando la extraordinaria variedad de resultados.

Puede que el mayor esfuerzo de Feijóo en estos 13 años haya consistido en crearse con dinero público una marca personal asociada a una supuesta capacidad gestora que –como vemos- queda desmontada por la realidad: un bluf que tiende a desinflarse lejos de su zona de confort gallega a medida que sus declaraciones chirriantes dejan en evidencia que no es lo mismo gobernar con el viento a favor de una amplia red clientelar y un ecosistema mediático afín que hacer oposición en la jungla política estatal.