Otras miradas

Nosotras a lo grande

Marta Nebot

Julia Roberts el pasado 18 de abril en Nueva York. REUTERS/Andrew Kelly

No sé cuánto tiempo lleva ahí mirando majestuosa a los madrileños y a los de otras ciudades desde lo alto. A mí hoy, que por fin salí a caminar por la ciudad sin prisa, me ha mirado por primera vez y me ha hecho ver algo.

Yo cruzaba la Puerta del Sol camino del metro y no podía creerlo. Primero pensé que eran mis ojos. Cogí el teléfono, encendí su cámara y amplié la foto. No era yo, era la realidad: el mundo ha pegado un giro del carajo.

La misma marca de belleza que en 2014 retocó a la novia de América (Julia Roberts) hasta hacerla parecer una muñeca, según los expertos, ahora la pone en tamaño edificio con todas sus arrugas puestas, como la mujer de cincuenta y cuatro años que es y que deberíamos ver tan atractiva como a un hombre atractivo de esa misma edad sin cirugía. Lo que pasa es que nunca la habíamos visto de esa guisa: nunca vimos a una mujer con su verdad de esos años haciendo de guapa que vende belleza por todo lo alto.

Me parecía increíble pero era cierto: un anuncio de belleza me estaba alegrando el día. Estamos ganando un poco, me dije guiñándole el ojo a la diosa madura, mientras continuaba mi camino sin mascarilla.

Quizá después de verla ahí enorme, mirándonos cada día con sus patas de gallo tamaño planta entera de edificio emblemático, segura de su felicidad, de su amor a sí misma, de sentirse guapa con la edad y la belleza que corresponde, empecemos a vernos de otra manera, pensé mirando también a las mujeres de cara descubierta con las que me cruzaba después de tanto tiempo. Quizá para algunas sea demasiado tarde para cambiar el prisma. Quizá para otras determine uno nuevo, que todavía ni intuimos. No sé cuanto tardaremos en dejar de ver vieja a una mujer con sus primeras arrugas, sí sé que el cambio –ojalá irreversible– está llegando y nos mira.

Con ella en la retina, mientras seguía disfrutando de volver a formar parte de la corriente humana que camina por las calles a cara descubierta, he repensado otra iniciativa que acababa de conocer por la prensa. Mujeres por África (MxA), la fundación que fundó y preside María Teresa Fernández de la Vega desde 2012, ha convocado una cumbre internacional para nada más y nada menos que cambiar el mundo. MxA organiza el 19 y 20 mayo en Madrid Los puentes de las mujeres; una conferencia donde casi un centenar de lideresas africanas, americanas y europeas elaborarán un documento de propuestas para conseguir lo que los hombres no han conseguido.

MxA, centrada en que la igualdad sea el eje conductor de las agendas políticas de desarrollo, organiza cada año un foro de reflexión sobre la gobernanza y el liderazgo estratégico femenino, al que siempre han acudido las políticas africanas de nivel máximo. Este 2022, por su décimo aniversario, pretende ir aún más lejos.

"Es bien sabido que, si las mujeres vivimos mejor, el mundo vive mejor; que si las mujeres tenemos paz, el mundo tiene paz, y que si las mujeres tenemos progreso, el mundo tiene progreso. Ellas son las que pueden cambiar el rumbo", afirmó rotunda Fernández de la Vega durante la rueda de prensa de presentación de esta cumbre. Todavía hoy sólo el 25% de los escaños en los parlamentos están en manos femeninas, según Naciones Unidas, recordó la ex vicepresidenta, y esa es parte crucial del inmovilismo establecido. Según de la Vega, el problema es que, hasta ahora, las grandes decisiones que atañen a la humanidad se han tomado desde una perspectiva patriarcal y eso debería acabarse. "Ya hace tiempo que llegó el momento de que los valores femeninos se tengan en cuenta; si así fuera, hoy no estaríamos lamentando los estragos de una guerra terrible. Si hubiera más mujeres en los puestos de mando, no estaríamos sufriendo estas cosas", argumentó. "Si avanzamos conjuntamente, haremos que las transformaciones que el mundo necesita se produzcan con mucha más rapidez; porque no queremos seguir esperando, queremos que las soluciones se produzcan ya", sentenció tajante.

Rumiando sus palabras, paseando entre la gente de cara al aire, pensé que tal vez si las mujeres mandáramos se acabarían las guerras y el hambre. Nosotras, sin duda, somos las que más lidiamos con la producción y la gestión de la vida que se desperdicia en las primeras y en la segunda. Si de verdad mandásemos tal vez el mundo podría dar un salto cualitativo.

Las conclusiones de estas jornadas se plasmarán en un documental y en un documento con las propuestas concretas de las lideresas más importantes del mundo, no solo para ellas y sus países sino para la ciudadanía entera.

Me metí en el metro despidiéndome de la Roberts de 50 enorme, mientras me ponía la mascarilla. Me tapé pensando que ahora somos más dueñas de nosotras mismas, más capaces de hacer viables nuestras ideas, más cerca –por tanto– de un mundo menos violento y más justo.

Sentada en el vagón, rodeada de enmascarados de nuevo, me acordé de que cuando surgen los debates sobre las mujeres poderosas y los techos de cristal y cuántas llegan y cuántas no; intento introducir el factor cualitativo y no sólo el numérico. La última vez, en TVE, me echaron en cara que exigiera a las mujeres más de lo que exijo a los hombres poderosos. En mi defensa, alegué y alego que tenemos, por supuesto, todo el derecho del mundo de hacerlo tan mal como lo han hecho ellos, pero que creo que debemos y podemos aspirar a hacerlo mejor. Algunas muchas están de acuerdo conmigo. Con esa idea llegué contenta a casa.