Otras miradas

¿Un frente común atlantista?

Antonio Antón

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

Los ucranianos protestan frente a Downing Street en Londres, Gran Bretaña, el 24 de febrero de 2022. Las tropas rusas lanzaron una importante operación militar en Ucrania el 24 de febrero, después de semanas de intensa diplomacia y la imposición de sanciones occidentales a Rusia con el fin de prevenir un conflicto armado en Ucrania. (Protestas, Rusia, Ucrania, Reino Unido, Londres) EFE/EPA/ANDY RAIN

La oposición a la invasión rusa a Ucrania está generalizada, al menos en las sociedades occidentales. Existe un rechazo social muy amplio a la intervención militar rusa, a su carácter criminal e imperialista, y un apoyo al pueblo ucranio, incluido a su derecho a la defensa armada. El contexto inmediato es la polarización entre un país soberano agredido y un Estado prepotente agresor. La actitud, ampliamente mayoritaria, está definida por el principio universalista del respeto de la soberanía e integridad territorial del país, es decir, por la oposición a esta injerencia militar, cruel e injustificada, y el derecho a su defensa siguiendo la doctrina de la no intervención externa, político-militar y económica, en la regulación interna de los países.

Hasta aquí existe una mayoritaria posición compartida que se concreta en la empatía y el apoyo al pueblo ucranio, sobre todo humanitario, y el freno a la agresión rusa, con sanciones y exigencia de responsabilidades a sus élites dirigentes por las atrocidades cometidas. Parar a Putin y solidarizarse con el pueblo ucranio y su derecho a la defensa activa son posiciones democráticas imprescindibles y comunes, también con la OTAN, que definen un campo nítido frente al que justifica la agresión rusa o se declara neutral o insensible ante un pueblo agredido.

Esta posición se basa en la doctrina oficial de las Naciones Unidas, reforzada por la idea de la resolución negociada y pacífica de los conflictos, cuyo garante es el Consejo de Seguridad, y con la correspondiente normativa jurídica internacional y la ética pactada de los derechos humanos. La cuestión es que sus resoluciones son poco operativas, al requerir el consenso de sus cinco miembros permanente ganadores de la Segunda Guerra mundial con derecho a veto (EE. UU., Rusia, Reino Unido, Francia y China) y, por tanto, solo se pueden aplicar (por ejemplo los ‘cascos azules’) a asuntos menores de terceros países que no afectan a alguno de esos poderosos Estados (o sus fieles aliados, como Israel).

Ahí se incluye la justicia penal internacional no suscrita, precisamente, por los tres grandes: EE UU., Rusia y China. La exigencia democrática está clara: hay que ampliar ese ámbito del derecho internacional, para que se aplique a Rusia y sus crímenes… pero también a EE. UU. y los suyos. Es una hipocresía que los criterios universalistas se apliquen solo cuando convenga a un país poderoso, y hay que criticar la coartada de que mientras no se aplique a todos no se aplique a ninguno. Ampliar ahora la justicia universal y la denuncia pública del incumplimiento de los derechos humanos facilita su generalización. Por tanto, hay que ser consecuentes con ese universalismo ético-jurídico, sin excepciones, basado en el respeto de los derechos humanos.

A partir de esas ideas básicas compartidas, para explicar desde un enfoque democrático y pacifista el sentido de este conflicto hay que ampliar el foco a un marco más amplio, geopolítico, estratégico e histórico. Comprender no es justificar; es conocer todas las condiciones que han causado la guerra y las que posibilitan una paz negociada o impuesta. Hay dos procesos paralelos que se entrecruzan: la agresión rusa a Ucrania y un conflicto de bloques. Es cuando aparecen discrepancias de intereses, objetivos políticos y discursos que definen distintas sensibilidades políticas y corrientes de opinión que conviene esclarecer, sin caer en la demonización de las disidencias. El argumentario dominante pasa por la consolidación de la OTAN como garantía del orden mundial y cerrar filas con su actual estrategia.

El problema, como en otras ocasiones de fuerte conflicto bélico, es que se está generalizando una suerte de macartismo, similar al de los años cincuenta, en la que la discrepancia era considerada traición, la disidencia era pasarte al enemigo, en este caso a apoyar a Putin. La labor propagandista de los grandes medios de comunicación busca la completa homogenización respecto de las ideas (incluido mentiras y, sobre todo, emociones polarizadas) favorables a la propia estrategia político-militar. Y está llegando a extremos de impedir un debate racional y objetivo. Se pone en cuestión el respeto al pluralismo y a una democracia deliberativa; se degradan características fundamentales de una democracia liberal como la libertad de expresión o el derecho a la verdad, con unos medios informativos y de opinión libres y equilibrados. Pierde la calidad democrática de nuestras instituciones y la credibilidad popular en los medios de comunicación y las élites gobernantes. A otro nivel, es un espejo de la involución autoritaria del régimen ruso y de la derecha extrema europea (y mundial).

Particularmente, en el campo progresista o de izquierdas existen dificultades para precisar un marco interpretativo, lastrado por la experiencia y las teorías del pasado siglo, y una línea política de actuación conjunta en este nuevo mundo del siglo XXI, multipolar y complejo. Incluso dentro de esa relativa perplejidad y desorientación existen tendencias minoritarias sectarias. Más motivo para analizar la especificidad del momento actual y las dinámicas y actores en presencia a la luz de un objetivo básico: el refuerzo de la paz y la democracia.

Las guerras son un fracaso colectivo. Todas tienen componentes negativos, causan sufrimiento, en especial para la sociedad civil, y generan dinámicas militaristas y autoritarias. Hay que evitarlas con mecanismos pacíficos y negociados de resolución de los conflictos internacionales. Pero no todas las guerras son iguales y, sobre todo, no todos los bandos son iguales. Hay posiciones justas de resistencia armada, siguiendo una justificación tradicional de guerra justa. Para ello hay que analizar su sentido, el carácter de los contendientes y su contexto para elaborar la actitud justa y justificada por la paz.

Tenemos dos experiencias a gran escala. La Primera Guerra mundial fue una guerra interimperialista de dos bloques imperiales en pugna por su hegemonía mundial, el alemán-turco frente al franco-británico-ruso (zarista). La posición justa, solo defendida inicialmente por una minoría pacifista y de izquierda, era oponerse a la guerra y a los dos bandos con una actitud pacifista neta contra la guerra.

La Segunda Guerra mundial fue un conflicto de los aliados democráticos (estadounidenses, soviéticos, franco-británicos y chinos) frente al bloque totalitario expansionista (nazi-fascista-japonés), que trataba de imponer su orden mundial autoritario. La posición justa (al igual que en su precedente de la República española) era la de participar activamente en la resistencia armada y civil democrática y popular y vencer al nazi-fascismo.

En estas décadas, aparte de los conflictos de liberación anticolonial, se han experimentado otro tipo de conflictos: el intervencionismo imperialista, de un gran país o coalición prepotente y hegemonista, frente a la soberanía de un país menor. El color ideológico de los bandos agresores (EE. UU./OTAN y URSS/Rusia) y agredidos y su sentido estratégico y moral difiere pero tienen ese rasgo común rechazable: atentar a la soberanía nacional e integridad territorial del país agredido.

Casos claros son la intervención estadounidense en Vietnam (años 60 y 70) y su invasión de Irak (2003) o, bien, la intervención soviética en Hungría (1956) o Checoeslovaquia (1968). La actitud justa, que supuso fuertes polarizaciones en las izquierdas, era oponerse a ese intervencionismo dominador y a su justificación de la soberanía limitada de los países agredidos, defendiendo la legitimidad de las resistencias a esa dominación externa.

Ha sido la experiencia del moderno pacifismo, de la actual cultura por la paz, en particular contra la guerra en Irak (2003), la más reciente y a la que se opuso gran parte de la sociedad europea (incluido el eje francoalemán) contra el intervencionismo estadounidense (apoyado por el gobierno británico del laborista Blair y el Ejecutivo español del conservador Aznar). Se generó una fuerte brecha en la OTAN, así como un ejercicio de autonomía estratégica de ese polo europeo; es lo que ahora EE. UU. quiere taponar.

Pues bien, la actual guerra en Ucrania tiene que ver más con el tercer tipo, aunque con elementos de los otros dos, en la medida que está inserta en una confrontación de bloques, con las dos modalidades, que complejizan la actitud cívica apropiada y que, particularmente, generan fuerte división en el campo progresista. Por una parte, es justa la resistencia ucrania y tiene sentido su apoyo frente a la invasión rusa, junto con las correspondientes medidas sancionadoras de los países de la OTAN o de la justicia internacional; no vale inhibirse en nombre de la paz, según una aplicación rígida y descontextualizada del modelo de la Primera Guerra mundial.

Por otra parte, con el origen inmediato de la invasión rusa y la responsabilidad desigual pero compartida, está la confrontación de bloques, reactivada y readecuada estos años por ambos. En particular, respecto de la estrategia estadounidense, que arrastra a la OTAN y los países europeos, por la primacía mundial y que utiliza este conflicto para sus propios intereses imperiales. Así, existen riesgos de escalada belicista y guerra generalizada, ante la que es necesaria una oposición global a esa dinámica militarista ascendente, como a primeros del siglo pasado y en los años treinta, que culminaron en las dos guerras mundiales.

Por tanto, tiene sentido cuestionar ambos campos problemáticos, en vez de (según el modelo de la Segunda Guerra mundial), considerar que el bando de los ‘buenos’ sería la OTAN y el objetivo la destrucción del otro bloque y, al contrario, para unos pocos, que sea Rusia y su ilusión imperial.

En definitiva, estar contra la guerra, en este caso en el que interaccionan dos procesos, supone combinar dos actitudes: apoyar la resistencia ucrania frente a la invasión rusa, y evitar la escalada belicista por la preponderancia estratégica de ambos bloques militares. El pacifismo, la izquierda, comparte algunas posiciones con la OTAN, pero difiere en su diseño geopolítico. Por eso es importante hablar del contexto y de los dos procesos que interactúan. La alternativa no es la militarización sino luchar por la paz con un orden social y mundial más justo.