Otras miradas

Así son los movimientos de autodeterminación activos en África

David Forniès

Coordinador del proyecto 'Educación por la Justica Global' de CIEMEN (Centro Internacional Escarré para las Minorías Étnicas y Nacionales)

Oficiales de la fuerza policial de Nigeria arrestan a personas durante el juicio del líder de los Pueblos Indígenas Proscritos de Biafra (IPOB), Nnamdi Kanu.Nigeria, el 21 de octubre de 2021. KOLA SULAIMON / AFP

Este artículo ha sido publicado en colaboración con el Institut Sobiranies

Una organización independentista de Biafra anuncia una movilización "de un millón de personas" ante las instituciones europeas en Bruselas este junio de 2022 para reivindicar el derecho de las "naciones emergentes de Biafra, Ambazònia y Oduduwa" a su derecho a la autodeterminación y para anunciar al mundo que estos tres países están "preparados" para la independencia. Biafra quizás suena a algunos lectores por la terrible guerra que se libró entre 1967 y 1970 contra el ejército de Nigeria y que se saldó con la muerte de decenas de miles de combatientes y centenares de miles, o incluso dos millones, de civiles biafreños. El conflicto quedó aparentemente enterrado bajo la victoria militar nigeriana, pero ha vuelto a emerger con fuerza los últimos años de la mano de una serie de organizaciones civiles —y, últimamente, también paramilitares— que de nuevo reivindican la independencia del territorio.

El de Biafra es uno de los 20 conflictos de autodeterminación africanos que durante la última década han tenido cierta prominencia política y social, a pesar de que hay más tensiones relacionadas con la autodeterminación ya desde la época de la descolonización, en las décadas de 1950, 1960 y 1970. Son mucho menos que el número de grupos lingüistico-culturales del continente —que se calcula en varios centenares— pero no deja de ser una cifra significativa si tenemos en cuenta que en África existen actualmente una cincuentena de estados.

Los movimientos de autodeterminación a África son muy variados. Sus demandas parten de motivaciones diversas —resolver agravios políticos, salir de la marginación económica, buscar nuevos ámbitos de influencia, vehicular una identidad diferenciada, escapar de situaciones de opresión…—, como diversos son los actores que las protagonizan —líderes individuales, partidos políticos, asociaciones, grupos armados, organizaciones religiosas, grupos de la diáspora…—, así como sus métodos —desde movilizaciones cívicas hasta revueltas armadas— y sus apoyo y legitimación populares —masivos en algunos casos o limitados a determinados grupos lingüisticoculturales, regiones o estratos sociales en otros casos.

Estas demandas aparecen, indiferentemente de que antigua potencia colonizadora del estado matriz se esté cuestionando: hay, o ha habido, en excolonias portuguesas (Cabinda en Angola), españolas (Bioko en Guinea Ecuatorial), francesas (Casamance en el Senegal), británicas (Barotselàndia en Zambia)... Incluso se dan en el único estado no colonizado del continente, Etiopía, que actualmente se ve inmerso en una guerra donde las organizaciones de las regiones del Tigre y Oromía que se oponen en el gobierno central no son nada ajenas a la narrativa autodeterminista. Algunos de los movimientos son intermitentes: pueden pasar silenciados durante décadas y reaparecer si la cuestión de fondo que los motiva no se ha resuelto, como en el caso ya mencionado de Biafra o el de los tuaregs en el Sahel, que han protagonizado rebeliones en las décadas de 1960, 1990, 2000 y 2010, separadas por periodos de calma relativa. Finalmente, todavía encontramos otro caso especial: el del Sáhara Occidental, ocupado por el Marruecos desde 1975 y dónde no se ha llevado a cabo un proceso legal de descolonización.

Según Schomerus, Englebert y De Vries a Secessionism in African Politics (2018), el repertorio de reacciones de los estados africanos ante las demandas de autodeterminación es igualmente amplio e incluye la represión violenta de los movimientos y la persecución y detención de sus líderes —probablemente la más habitual, con un uso recorriendo de acusaciones de terrorismo y, en algunos casos, con graves violaciones de derechos humanos contra los civiles, sean independentistas o no— así como otros de más sutiles, como el hecho de fomentar la división interna de los movimientos autodeterministas, ofrecer cargos a sus dirigentes o prometer inversiones y desarrollo en las áreas secesionistas.

A veces, los estados se prestan a negociar y las demandas de autodeterminación desembocan en acuerdos de autonomía o, incluso, en un referéndum de independencia. Son excepciones: los estados africanos acostumbran a mostrar una gran aversión a las demandas de autodeterminación —igual, o más, que los estados del resto del mundo— y, en su caso, esta animosidad está marcada por cierto poso de las ideas panafricanistas y, seguramente con más intensidad, por el miedo de la desintegración de unos países la construcción nacional de los cuales es bastante reciente. No es casualidad que, en su Acta Constitutiva (2000), la Unión Africana cite "el respeto por las fronteras existentes en [el momento de] el logro de la independencia" como el segundo de sus 16 pilares de funcionamiento. Esto también explica que muchos movimientos de autodeterminación busquen legitimar sus aspiraciones a partir de la existencia de antiguas fronteras o unidades administrativas coloniales que definieran los territorios para los cuales piden ahora el autogobierno: caso de Ambazònia en el Camerún, de Togolàndia Occidental en Ghana o de Cabinda en Angola, para citar solo tres ejemplos más paradigmáticos.

Desde la descolonización, apenas tres países se han independizado de otro estado africano, y en los tres casos ha mediado una guerra de décadas de duración, cosa que indica la dificultad de llevar a cabo con éxito un proceso de estas características en África: Namibia (independiente de Suráfrica el 1990), Eritrea (de Etiopía, 1993) y Sudán del Sur (del Sudán, 2011). En los dos últimos casos, además, la vida independiente de los dos nuevos estados ha sido marcada por condiciones políticas pésimas.

Desde la independencia del Sudán del Sur, ningún movimiento ha conseguido ni un referéndum de autodeterminación ni una autonomía significativa. Quien menos lejos ha estado son los grupos político-militares tuaregs y árabes del Azawad, en el norte de Mali, que firmaron con el gobierno malí un acuerdo de descentralización el 2015 que, sin embargo, no se ha implementado como estaba previsto. El 2020, varios grupos de las regiones de Darfur, Kordofan del Sur y Nilo Azul firmaron un acuerdo de paz con el gobierno del Sudán para la introducción de un sistema autonómico y federal que resta pendiente de la incierta transición de este país hacia la democracia.

Mención aparte merece Somalilandia. El 1991, esta excolonia británica se proclamó independiente de Somalia unilateralmente. Desde entonces ha funcionado como un estado soberano de facto —con relativa estabilidad política y desarrollando vínculos con otros estados de su región, como Etiopía o los Emiratos Árabes— pero sin lograr reconocimiento oficial por parte de ningún país del mundo, a pesar de los esfuerzos diplomáticos ingentes que invierte el gobierno somalilandes. Este cúmulo de dificultades no han hecho desistir los movimientos de autodeterminación que hemos ido mencionando. A esta lista habría que añadir nombres como el de la Cabilia, donde hace años que operan partidos que reclaman la autodeterminación de este territorio de mayoría amaziga de Argelia; Lunda Tchokwe, región del este de Angola donde se expresan reclamaciones de autonomía, o Matabelelàndia, donde algunos grupos piden la secesión de Zimbabue.