Otras miradas

España 'is living a celebration' con Chanel en Eurovisión

Rubén Serrano


La cantante Chanel, durante su actuación en la final de Eurovisión celebrada en Turín (Italia). — Marco Bertorello / AFP

Hubo Chanelazo en Eurovisión. Durante cuatro horas se nos subió el patriotismo a la cabeza, sentimos lo que sienten los hombres con la Eurocopa y el Mundial y España entera se volvió chanelista. Terminamos endulzadas con jugo de mango y toda Europa se desplomó después que Chanel cantase SloMo. Jamás nos hubiéramos imaginado llevar un espectáculo digno de la Super Bowl y de repente nos pusimos a chillar y aplaudir de la euforia desde el salón de nuestra casa.  Después llegó la lluvia de "twelve points" (recibimos doce puntos de ocho jurados, algo que nunca nos había pasado), alguien con una cerveza en la mano dijo "¿entonces podemos ganar?" y nos sentimos tan emocionados cómo nos hizo sentir Rosa con el Europe is living a celebration en 2002. Chanel Terrero, reina de España, patrona del booty hyponitc y titana de Eurovisión; quedó tercera y nos demostró que Europa no nos tiene manía. Simplemente hay que hacer las cosas bien.

Por primera vez, las puntuaciones de los países no se nos han hecho eternas gracias al constante goteo de votos. "Pero ¿qué está pasando con España? ¿Lo estás viendo?", te escribía flipando tu madre por Whatsapp. Muchos de nosotros nunca habíamos vivido que es eso de que no paren de votarnos, y es un gustazo adictivo para el ego común. Ganó Ucrania, sí, pero que no nos amargue este bronce histórico la chapa de tu tío, ahora experto en sociología y diplomacia internacional, sobre cómo la victoria del país de Este es pura política. Chanel ha roto récords: la artista catalana marcó la mejor puntuación histórica para España en el festival (459 puntos), es nuestra mejor posición desde 1995 (volvemos al podio tras 27 años) y nos votaron todos los países (38) menos Italia. Ver que sí era posible tras décadas de desastre ha sido catártico.

Si estamos con el corazón hinchado no es por la posición de España, es por Chanel. Estamos orgullosas de que una mujer que hace seis meses era una gran desconocida para el público haya conseguido estar en boca de todo el mundo y recibir el aplaudo de millones de espectadores con su trabajo y talento. Entre ellos, el reconocimiento en forma de tuit de Pedro Sánchez, Yolanda Diaz, media cantera de artistas de Los 40 Principales y Cadena Dial, un vídeo que le ha hecho la propia Thalia y mensajes de Nathy Peluso y Youtuel. Su nombre quedará ligado para siempre a Eurovisión pero, lo mejor es todo lo que le llegará ahora: galas, giras, ofertas de trabajo, nueva música, platós de televisión. Perdón por el romanticismo, pero hemos visto nacer a una estrella. Cómo me alegro tía de verte ahí.

Chanel es de las nuestras. Nos lo ha demostrado con su magnetismo y naturalidad. Tiene esa mirada de amiga del alma que es capaz de hacerte cien fotos hasta que salga la buena y de reina de las tarimas con la que te vas de perreo. Durante lo que ha durado su aventura eurovisiva ha aprovechado para poner en valor el trabajo de los currantes del show. No ha dudo nunca en compartir protagonismo con sus bailarines, tanto en entrevistas como en ruedas de prensa, para dejar claro que el espectáculo de SloMo no hubiera sido posible sin ellas y ellos. Es un gesto que como artista la honra a niveles estratosféricos y que lo hace desde el compañerismo y desde la conciencia colectiva. Ella misma lo dijo tras su actuación: "Lo que hemos hecho nos ha salido de horas de trabajo y dedicación. Venimos de la danza, [donde] es súper difícil poder salir adelante y estamos representando a todo el mundo del baile, de los musicales". Y, por si fuera poco, nos ha regalado un pipazo con un beso a una de sus bailarinas. Su podio es la mejor representación del "otra victoria para los gais y las mujeres".

Podemos estar contentos porque parece que como país estamos aprendiendo de nuestros errores. Este tercer puesto sabe a victoria, no es un fracaso en absoluto. No le podemos hacer a Chanel lo que le hicimos a Rosa López. Veinte años atrás vivimos como una gran desilusión no alzarnos con el triunfo y quedar séptimos. Volcar ese nivel de autoexigencias y expectativas en una persona es la perdición de nuestro mundo capitalista. Chanel le sirvió a Europa un banquete: trompetas, efecto SloMo, coreografía hipnótica, dance break, abanico, lluvia de fuegos artificiales y voz perfecta. Un plato detrás de otro que compraron en masa jurados y público. ¿Otro récord del chanelismo? Más de 6,8 millones de espectadores pegados a la pantalla y un ¡50 % de share! ¿Quién nos iba a decir que la ganadora del primer Benidorm Fest nos llevaría al top 3? El cartel del próximo año promete.

La victoria de Ucrania también nos demuestra los niveles de distopia que estamos viviendo. Esto no es una simulación, es una realidad escalofriante. Hemos pasado de ver ciudades ucranianas destrozadas tras el paso de las tropas rusas a contemplar cómo soldados y vecinos se emocionan por la victoria de su país mientras la guerra sigue su curso. Un triunfo convertido tanto en anestesia temporal como en un símbolo del posicionamiento europeo y, como tal, la victoria se utilizará como arma propagandística. Ya hemos visto las primeras señales en redes: tras interpretar su canción Stefania el cantante de Kalush Orchestra pidió ayuda para Azovstal, uno de los últimos bastiones que resiste en Mariúpol donde lucha el Batallón Azov, compuesto por neonazis. El vídeo se ha hecho tan viral como el de la falsa ralla de cocaína de Italia del año pasado.

¿Y aparte de esto? Pues Italia nos regaló una edición caracterizada por una lista de planos desastrosos que quedarán grabados en nuestra memoria, como esa silla de plástico en el backstage. Nadie en casa entendía que hacía Mika presentando Eurovisión en Italia, del mismo modo que nadie en España entiende que hace Omar Montes en La Voz o Idol Kids. Lo que sí confirmamos una vez más es que Laura Pausini es ese tipo de persona que cuando habla sube el pan. Tras los puntos del televoto a España, pensó "a la mierda el guion" y nos dio la enhorabuena en castellano y aplaudiendo. La Pausini fue la única persona capaz de callar la verbena que teníamos montada en el salón para cantar a coro con ella y con todo el público allí presente el Nel blu dipinto di blu (volaaaaaare oh oh).  Estamos lejos de los cincuenta años y ya somos uno nostálgicos.

Alguien llegó tarde a la europarty, os quedasteis sin cervezas, había un par de almas perdidas que no se enteraban de cómo funcionan las puntuaciones, las islandesas llevaban una bandera trans que no le hizo ninguna gracia a J.K. Rowling y a Lidia Falcón y por supuesto que escuchaste lo de "¿por qué participa Australia?". También nos tendríamos que empezar a preguntar por qué participa Israel. Si expulsamos a Rusia de Eurovisión por la invasión de Ucrania, expulsemos a todos los países que vulneran derechos humanos. Pero aquí ya entra en juego la geopolítica de Eurovisión: participar da entidad propia y autoridad internacional como país. ¿Por qué Israel tiene carta blanca para pisar el escenario, pero Kosovo no? Por supuesto que no es purpurina todo lo que vemos.

Las veinticinco canciones empezaron con la República Checa que nos dio un buen remember de David Guetta ft. Avicii para dar paso a la persona que ha conseguido que no pares de cantar "hola mi bebebé, llámame, llámame". WRS de Rumania lo tenía todo pensado al milímetro: ofrecernos la petardada que cada año esperamos en Eurovisión para recorrerse toda España durante el mes del Orgullo. Amamos el rollo dosmilero con chorreras, cuero y mucha pluma como también amamos las lesbian vibes de MARO de Portugal. El momento chill nos lo rompió Finlandia porque algún hombre hetero que se había colado en tu casa por error creyó que era importante que supiéramos todos que era uno de sus grupos favoritos en la adolescencia. Por supuesto que el chiste sobre el capitán Pescanova apareció y lo viste en Twitter.

No recordamos a Suiza porque aprovechamos para ir al lavabo, pero el aquelarre francés con Alvan y Ahez nos volvió a conectar. Los lobos amarillos de Noruega nos recordaron que por culpa de candidaturas como esta aún hay personas que piensan que Eurovisión es de frikis cuando en realidad no queremos en absoluto revivir la época Oppa Gangman Style. Los nórdicos estuvieron tan desubicados como Rosa Linn de Armenia, premio a la candidatura menos eco-friendly. En plena crisis climática no es momento de despilfarrar papel de esta forma. Menos mal que después salieron los italianos Mahmood y Blanco para poner sad and horny a toda Europa, aunque daba la sensación de que les importaba cero estar ahí.

Después de España, Jules de Euphoria salió a cantar por Holanda pero no le hicimos mucho caso porque estábamos recuperándonos del Chanelazo. Tras Ucrania a algún productor le pareció buena idea poner seis baladas seguidas pero a nosotros, parafraseando a Laura Pausini, nos pareció un error de los grandes (¡Qué rabia que me da!). Este bloque nos lo salvó Monika Liu de Lituania, a la que agradecemos darnos ideas para carnaval con su peluca bob, y Amanda Georgiadi de Grecia, la que podría la hermana perdida de Lorde, que nos dio una de las mejores baladas (había 12) y el ejemplo de perfecta puesta en escena.

Moldavia despertó a Europa del letargo con el grito Hey ho! de Los Ramones y se lo agradeció convirtiéndola en la segunda canción con más puntos del televoto. Cornelia Jakobs salió por Suecia para marcarse una de las mejores actuaciones de la edición y sentimos pena por Australia y los fluidos en pantalla de Polonia porque Sam Ryder del Reino Unido les robó todo el protagonismo. No te esperabas que esa voz fuera acompañada del tío majo del pelo Pantene. Te quedaste impactada total con Serbia y Konstrakta, pero terminaste haciendo las palmadas (premio a canción con mensaje social del año: no le canta al Covid, sino que denuncia que en su país los músicos no tienen seguridad social). Y bueno, Estonia cerró, gracias por participar. El resumen de esta edición está claro: la que rompió caderas, rompió corazones y rompió una racha maldita fue "la mami".