Otras miradas

El laberinto caucásico

Marta Ter y Adrián Tarín Sanz

Escena de la Guerra del Cáucaso, de Franz Roubaud.

 Este artículo es fruto de la colaboración entre Público y Sobiranies

El Cáucaso es una región extremadamente compleja: a caballo entre Asia y Europa, es hogar de un mosaico de pueblos que conviven entre multitud de lenguas, de culturas y confesiones religiosas. Situado entre el mar Negro y el Caspio, y atravesado por una cordillera imponente, la región puede dividirse desde el punto de vista político y geográfico en dos áreas diferenciadas: el Cáucaso Norte, que pertenece a la Federación Rusa, y el Cáucaso Sur, con tres soberanos: Georgia, Armenia y Azerbaiyán.

Es difícil establecer con exactitud cuántos grupos étnicos hay entre sus 25 millones de habitantes; algunos dicen que 40, otros enumeran hasta 100. La riqueza etnolingüística de la región no tiene parangón en ningún país europeo. El caso más paradigmático es Daguestán, una república autónoma del Cáucaso Norte que tiene una población de unos tres millones de habitantes. Oficialmente hay 34 etnias, la mayor parte de las cuales habla idiomas incompresibles para los otros. No en vano, el historiador romano Plinio dejó escrito que, cuando los romanos llegaron al Cáucaso, necesitaron 134 intérpretes para poderse entender con sus habitantes.

El Cáucaso bajo dominio ruso

Toda esta amalgama de naciones quedó bajo dominio del Imperio ruso en el siglo XIX. Las guerras caucásicas duraron décadas y fueron cruentas. Algunos de estos pueblos, especialmente el checheno y el circasiano, ambos situados en el Cáucaso Norte actual, presentaron una fuerte resistencia a la expansión del Imperio y, más tarde, se opusieron a su rusificación. Con la Revolución bolchevique que derrocó al zar Nicolás II y la guerra civil que se extendió por toda Rusia, la periferia del extinto imperio resquebrajó el centralismo, y los pueblos del Cáucaso creyeron que había llegado su oportunidad de emancipación. En mayo de 1917 se creó la «Unión de Pueblos del Cáucaso Norte», también conocida como la «República de los Montañeses», que declaró su independencia pero que se interrumpió en 1919 debido, en parte, a las batallas contra el ejército blanco. De las cenizas de este estado renació otra confederación, el Emirato del Cáucaso. El Ejército Rojo les prometió que respetarían su independencia si les ayudaban a combatir a los blancos, pero, una vez que este se declaró vencedor, no se cumplieron las promesas. La región fue ocupada y pasó a ser controlada, de nuevo, desde Moscú.

Lo mismo sucedió en el Cáucaso Sur. Con el colapso del Imperio ruso e iniciada la Revolución Rusa, en 1918 aparecieron tres estados independientes: Georgia, Armenia y Azerbaiyán. Pero estos nuevos estados también fueron aplastados por el ejército soviético, que acabó controlando toda la región y estableciendo, entre 1920 y 1921, su hegemonía.

Fin de la URSS, estados frustrados

Con el fin de la URSS, cuatro estados situados en el Cáucaso se volvieron a independizar de Rusia: las Repúblicas Socialistas Soviéticas de Armenia, de Georgia y de Azerbaiyán, y la República Autónoma de Chechenia.

Mientras que los tres primeros, según la Constitución de la URSS, tenían derecho a la autodeterminación, Chechenia mantenía un estatus político inferior, y no le reconocieron formalmente este derecho. No obstante, decidió seguir el mismo camino y, en 1991, declaró su independencia de forma unilateral. Nació, así, la República Chechena de Ichkeria. En diciembre de 1994, el gobierno de Yeltsin lanzó una ofensiva para detener el proceso secesionista bajo la consigna de «restaurar el orden constitucional». Tras dos años de conflicto, el tratado de paz firmado por ambos países abrió la posibilidad a una independencia reconocida por Rusia. No obstante, algunas de las guerrillas que combatieron del lado checheno tenían, en realidad, el objetivo estratégico de unificar el Cáucaso musulmán, por lo que vulneraron el alto el fuego con frecuentes escaramuzas. Este hecho fue utilizado por Putin para, en 1999, declarar iniciar una «operación antiterrotista» en Chechenia.

Con la segunda guerra, Ichkeria desapareció. Los militantes más radicalizados viraron hacia el yihadismo y el pancaucasianismo, mientras que Rusia retomó el control real de Chechenia apoyándose en el liderazgo autoritario de Ramzán Kadírov. Actualmente, los movimientos soberanistas del Cáucaso Norte se reducen a un puñado de células clandestinas vinculadas a Al-Qaeda y al Estado Islámico, con cada vez menor capacidad de actuación sobre el terreno. En tanto que en Rusia está castigada con prisión hacer proclamas secesionistas, el independentismo asociacionista o electoral no existe.

La débil integridad de los nuevos estados

En Georgia, el proceso soberanista también fue tortuoso. El país integra territorios que gozaron de distintos grados de autonomía durante el periodo soviético y que, desde 1991, han declarado su voluntad de independizarse. Nos referimos a Abjasia, Osetia del Sur y Ayaria.

De este modo, al tiempo que se «imaginaba como país», Georgia «necesitaba» impedir que otros hicieran lo mismo. Como parte de este proyecto de consolidación nacional, el ejército georgiano intervino en tierras abjasias y surosetias llegando, incluso, a declarar guerras abiertas sobre las que pesa la sombra de las limpiezas étnicas.

De facto, Abjasia y Osetia del Sur son Estados independientes. Este estatus no es reconocido por la ONU, pero sí por Rusia. Precisamente, su presencia militar en estas tierras –intervención que cuenta con la simpatía popular- llevó a Georgia a declararlos oficialmente «territorios ocupados».

Por su parte, Armenia y Azerbaiyán mantienen una disputa histórica por un enclave fronterizo conocido como el Alto Karabaj. A pesar de que su población es mayoritariamente armenia, después del derrumbe de la Unión Soviética fue situada dentro de Azerbaiyán.

Sabedores de la inminente descomposición soviética, en 1988 ambos países iniciaron una guerra por este territorio. El conflicto, que duro seis años, causó al menos 25.000 muertos. Armenia ganó, y a parte de obtener influencia sobre el Alto Karabaj, también se apoderó de siete distritos azeríes adyacentes al enclave. La nueva entidad proarmenia que cercó estos territorios fue denominada República de Artsaj, un Estado de facto no reconocido internacionalmente, pero que cuenta con la simpatía de Rusia. Aproximadamente 600.000 azeríes tuvieron que huir de esta región.

Pero la historia no acaba aquí. En 2020, Azerbaiyán lanzó una nueva ofensiva en el Alto Karabaj. Aunque la guerra duró solo unos meses, fue suficiente para que Bakú reestableciera parte de sus fronteras de 1988.

En definitiva, la «amistad entre los pueblos» soviéticos saltó por los aires con la misma rapidez con la que se arrió la bandera roja del Kremlin. La nueva geografía política que se abrió paso en 1991, en la que «de la noche a la mañana» cabía la posibilidad de imaginar otros países, reventó por el Cáucaso. Los 400.000 cadáveres que descansan entre el Caspio y el mar Negro, envueltos en decenas de banderas, son testigos mudos de la tragedia.