Otras miradas

Chinos en los zapatos de Felipe VI

Ramón Luis Soriano Díaz

Catedrático emérito de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla

El Rey Felipe VI saluda varias mujeres a su llegada a la Plaza Mayor de Ciudad Real.- Eusebio García del Castillo / Europa Press

El Rey emérito Juan Carlos I ya está en España. Una mayoría de medios le critican que se fue sin dar explicaciones y vuelve sin ofrecerlas. Como si nada hubiera pasado. Algunos llegan a decir que esta actitud del emérito es humillante. Yo no voy a insistir en las críticas puntuales, sino que, trascendiéndolas, trato de los factores contrarios a la estabilidad de la institución monárquica de cara al futuro.

PRIMERO.  El entorno político y la historia de España. En primer lugar, el carácter poco dado a la afección a la monarquía de los Estados sureños de Europa: Portugal, Italia, los diversos Estados de la antigua Yugoslavia de la URSS, Grecia: Estados todos con una república como forma de Estado. La excepción a la regla es España. En segundo lugar, en nuestro país tenemos una historia nada amable con la monarquía. No hace mucho que expulsamos al Rey Alfonso XIII, abuelo del Rey emérito. Quizás se sorprenda algún lector de lo que digo a continuación, porque poca historia se estudia en los planes de estudio y además ha habido un empecinamiento de políticos y medios de comunicación en ocultar todo lo que pueda perjudicar a la restauración monárquica de la dinastía borbónica en nuestro país en la persona de Juan Carlos I.  Todos los reyes españoles durante más de doscientos años, desde 1800, han pasado por el exilio. Todos eran de la dinastía borbónica, a excepción de Amadeo I de Saboya, que también sufrió el exilio para no ser menos. Todos: Carlos IV, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII, Juan Carlos I (Alfonso XII un exilio antes de asumir el trono; Juan Carlos I un exilio voluntario, aunque impelido por circunstancias adversas). La historia no tiene por qué repetirse, pero es hecho constatado que frecuentemente se repite.

SEGUNDO. La fractura generacional. El gran problema del mantenimiento de la monarquía es el bache o fractura generacional. La asunción de la monarquía como forma de Estado va desapareciendo conforme se rejuvenece la sociedad española. Es un hecho evidente y muy preocupante para los monárquicos. Los jóvenes y un buen porcentaje de adultos de mediana edad no muestran simpatías por la monarquía, porque la ven como una institución arcana o sin sentido o contraria a la igualdad de los ciudadanos o ineficaz. En mi opinión es el gran talón de Aquiles de la monarquía para permanecer con el paso del tiempo.

TERCERO. El comportamiento de ambos monarcas: Juan Carlos I y Felipe VI. No únicamente del primero. Es importante la conducta de los monarcas españoles para la estabilidad de la monarquía. Nada ayudan las andanzas y desenfrenos del Rey emérito. La sociedad española es bastante permisiva en asuntos de faldas pero menos en asuntos de dinero público, cuando es malgastado para ocultar las fechorías de los altos cargos, aunque estamos a años luz del espíritu cívico de los países norteños de Europa. El Rey emérito se ganó la confianza de muchos republicanos por su comportamiento en la transición a la democracia y en el golpe de Estado de 1981. Mucho me temo que este enorme contingente de votos hoy serían votos en contra o votos de abstención en una encuesta que el CIS -¡al fin!- se dignara a pasar a los españoles preguntando cuál es la forma de Estado que quieren para España. Fíjense en la complicidad del CIS, organismo público en manos de los Gobiernos, que tanto encuesta, pero no mete en las encuestas la pregunta sobre qué forma de Estado prefieren los españoles: si monarquía o república.

En otra dimensión, ahora por omisión, se sitúa Felipe VI, refractario a modernizar y democratizar la institución monárquica, que comporta nada menos que la Jefatura del Estado. Felipe VI, Jefe del Estado español, regenta por derecho hereditario la institución más opaca de nuestro país. Ha sido ridículo y cínico su intento de transparencia y democratización de la Corona de hace unas semanas, que he criticado en este medio, pues se ha reducido a prácticamente nada: un control del presupuesto de la Casa Real por el Tribunal de Cuentas en un convenio en el que la última palabra la tiene el Rey. ¿Cuándo Felipe VI se atreverá a promover un verdadero Estatuto de la Corona, para que se conviertan en leyes los numerosos preceptos constitucionales referentes a esta institución?

Ambos reyes, Juan Carlos I y Felipe VI, el primero por acción y el segundo por omisión, están poniendo en entredicho la estabilidad de la Corona. Algunos críticos llegan a decir que son ellos y no los republicanos quienes más colaboran contra la permanencia de la institución monárquica.

Ahora bien, en el lado favorable, la gran baza de la monarquía española es la protección de los poderes del Estado y los medios de comunicación, la enorme derecha mediática. El Rey emérito desde siempre tuvo el apoyo de los Gobiernos sucesivos, que miraron hacia otro lado, sabedores de los comportamientos ilícitos del monarca. La responsabilidad de estos Gobiernos (otro tema de responsabilidad política a abordar) es enorme, porque dieron rienda libre a la conducta de un Rey que cada vez se sentía más impune, pero sobre todo porque permitieron que las consecuencias de esos comportamientos –como las unidades policiales de vigilancia y los chantajes de sus amantes- fueran pagados con dinero público, el dinero de nuestro bolsillo. Recuerdo el estupor de quienes leímos el extenso libro del periodista Jesús Cacho, Los negocios de la libertad, publicado en 1999. Pero es el caso que los partidos políticos nacionales con representación parlamentaria suman muchos votos y todos ellos, a excepción de Podemos, consideran a la monarquía prácticamente intocable y muy necesaria su existencia para la estabilidad del Estado y sus instituciones. Hemos visto recientemente que PP, PSOE, Ciudadanos y Vox se han negado a la creación de una Comisión de Investigación sobre el Rey emérito en el Parlamento. Por otro, del Tribunal Constitucional, formado por miembros promovidos al cargo casi en su totalidad por el PP y el PSOE, no es esperable una actitud favorable a las exigencias de responsabilidades penales al Rey emérito mediante la interpretación de la inviolabilidad del Rey como inviolabilidad relativa, es decir, una inviolabilidad que no protege los actos privados del monarca. Recordemos, una vez más, que la Fiscalía ha exonerado de responsabilidad penal al Rey emérito porque los delitos atribuidos o ya han prescrito o no pueden ser investigados por estar protegidos por la inviolabilidad absoluta del Rey, que es muy distinto a la interesada vox populi de medios y políticos de derecha proclamando que la Fiscalía ha dado carpetazo a la causa del Rey porque "no encuentra delitos en su conducta".

Ésta es la gran baza del Rey emérito y la monarquía: los tres poderes del Estado -legislativo, ejecutivo y judicial- remando a su favor. Y los largos tentáculos de estos poderes se extienden a todos los resquicios existentes, impidiendo que la monarquía sea tema de debate, encuesta y reflexión. La monarquía cuenta ahora con un cuerpo de guardia, el de los poderes del Estados (los tres poderes) y un importante sector de los medios de comunicación, que nada tiene que envidiar a la guardia mora del Generalísimo. Pero es posible que le llegue el tiempo a medio plazo -su tiempo- cuando nuevas generaciones presionen socialmente y rebasen la línea roja del cuerpo de guardia y sus cómplices.

La monarquía española tiene poderosos valedores, pero también calza zapatos con gruesos chinos.