Otras miradas

Manual para Sumar bien

Daniel V. Guisado

Politólogo. Asesor político.

La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz, comparece este jueves ante la comisión de Trabajo, Inclusión, Seguridad Social y Migraciones para dar cuenta de la actividad de su departamento y la evolución de las medidas adoptadas desde su ámbito de competencia, entre otros asuntos, en el Congreso de los Diputados. EFE/ Javier Lizón

El gobierno de coalición actual solo repetirá cuatro años más si sus dos principales patas consiguen sumar. La enunciación, de aparente sencillez, esconde dos funciones aditivas de vital importancia. La primera hace referencia a la variable roja. El PSOE se ha mostrado en los últimos años incapaz de crecer por su izquierda, pero más recientemente hemos comprobado que también tiene dificultad para conservar su parte derecha.

La recuperación del gobierno por parte del Partido Socialista demostró que esta no viene con los mismos beneficios que antaño. El poder puede ser sustancialmente inmutable, pero no así el panorama en el que se ejerce. La España actual es radicalmente distinta a la pasada. Existen más comportamientos, opiniones, valores e identidades, y los partidos tradicionales no se hallan en las condiciones de antaño para abarcar toda la diversidad de la sociedad actual en sus brazos. El PSOE tiene un suelo electoral que dificultó su desaparición en los años más complicados, pero también un techo que le complica conservar el poder.

Así, los momentos más bajos de Unidas Podemos no han repercutido en aumentos significativos del PSOE en las encuestas, pero los momentos más altos del Partido Popular sí han coincidido con importantes fugas socialistas. En las últimas autonómicas de Madrid un 9%, un 6% en Andalucía según las últimas encuestas y otro 6% nacional en el último CIS. El PSOE no puede absorber más a su izquierda y se enfrenta a una derecha que, como explicaba el politólogo Lluís Orriols recientemente, ha conquistado el centro ideológico por primera vez desde 2015.

El principal partido de gobierno vivirá pues una enorme tensión a la hora de focalizar esfuerzos entre movilizar a los propios, suturar las heridas más moderadas y convencer a su difícilmente captable izquierda. Sin embargo, esta tensión representa tanto una oportunidad como una necesidad para la vigorización de su aliado como posible fuerza alternativa. Y esta es la segunda y principal función aditiva.

El espacio todavía en definición de Yolanda Díaz nació con muy buenos mimbres, se está desarrollando en una coyuntura problemática y solo el tiempo dirá si llega con la suficiente fuerza a las elecciones de 2023, pero sí es interesante plantear una serie de puntos guía (abiertos y en proceso de cambio) no solo para que la suma no torne en resta, sino para generar condiciones de multiplicación. Me atrevo, con permiso y con la intención de motivar debates, a plantear algunos de estos elementos.

Primero. Actualización del programa. Los ejes empiezan a dibujarse cada vez con mayor nitidez: laborismo, ecologismo y salud mental entre otros. Las recientes y concatenadas crisis apelan precisamente a estos ámbitos, más concretos y cercanos al día a día; aquellos que interpelan al momento actual, al futuro y a los más jóvenes. El despliegue de nuevos mecanismos de protección durante la pandemia, el cada vez menor tabú sobre los problemas de salud mental y la ventana de oportunidad que la invasión de Ucrania ha generado para plantear transiciones a energías limpias son puntos centrales que permiten delinear un programa de transformación que no se contente con resistir o apuntalar, sino que tenga la vocación de colocar un modelo a años vista. Escuchar las demandas actuales para pensar en las generaciones futuras, no en las próximas elecciones.

Segundo. Discurso blando y contenido duro. El programa y las propuestas planteadas han de ser de radical incidencia, pero siempre envueltas en un manto de buenas formas. España sigue atravesando un momento de enorme descrédito político que mucho tiene que ver con una excesiva teatralización del debate. Uno de cada tres personas considera que el principal problema del país es de índole política según el CIS. Este dato se está enquistando desde hace tiempo en la sociedad y es necesario un discurso que desactive este sentir cada vez más común que ve la política como problema y no como solución; quien relaje primero la cuerda gana.

Tercero. Rescatar la plurinacionalidad. Como explicaba recientemente María Corrales, el espacio debe resituar un debate territorial que lejos de cerrarse sigue ampliamente abierto. Ninguna fuerza social y electoral puede tornar en fuerza de alternancia sin incorporar y gestionar las diversas demandas regionales. En España existen 12 millones de españoles con posiciones uninacionales (aquellos que rechazan que España sea plurinacional y existan distintas naciones), pero también siete millones plurinacionales (España es plurinacional y existen naciones) y otros diez millones ambivalentes (España es plurinacional, pero no existen naciones). Estos datos de Metroscopia evidencian que el resquicio territorial, la apuesta plurinacional no solo es necesaria para constituir alternativas poderosas, sino también todavía viable.

Cuarto. Cultivar una diversidad integradora entre las distintas familias progresistas. Las últimas batallas en el ciclo pasado no solo dejaron heridas entre líderes y organizaciones, también entre militantes y votantes. El movimiento diáspora de la izquierda no solo ha generado numerosas siglas, también diferentes culturas políticas que pueden entrar en colisión entre ellas. El millón de votos que perdió la unión de Podemos e Izquierda Unida en 2016 se debió en parte a la desafección coyuntural, pero también a unas élites que estuvieron meses conviviendo entre reproches. El espacio en construcción no ha de ser una suma de siglas, pero las siglas sí jugarán su papel, y para que estas no resten las críticas públicas y descarnadas deben dejarse de lado cuanto antes. Los militantes somatizan las fobias de sus líderes, los simpatizantes toman nota y los votantes actúan en consecuencia.

Quinto. Movimiento, no partido. No es ninguna novedad afirmar que los partidos, o todo aquello que suena y se percibe como tal nace con un fuerte rechazo por parte de la ciudadanía. La crisis de los cuerpos intermedios tan estudiada por la academia no deja lugar a dudas: el 63,2% manifestaba desconfiar de los partidos políticos a finales de 2021. Son las organizaciones que menos confianza despiertan (3,5) por delante del parlamento (4,06) y de los medios de comunicación (4,31). Así, la reorganización del espacio deberá vestir ropajes distintos, aunque tenga presente la importancia de organización y militancia para su consolidación y supervivencia futura. El espacio solo deberá constituirse en organización tras haber enraizado en la sociedad civil, recogido capital social e integrado ideas y personas de diversos lugares. El objeto en definición debe rimar más con la sociedad a la que representar que con los partidos a los que rebasar.

Sexto. El programa, y no la unión, como bandera. Si algunas lecciones podemos sacar de experiencias políticas recientes (Chile, Francia) es que la multiplicidad solo se da cuando la unión sirve como medio para aplicar un programa ilusionante y transformador. La unión como mero fin alude más a una táctica defensiva que a una ofensiva. Los cantos de sirena sobre la necesaria unión, sobre la imprescindible suma de siglas debe subordinarse al programa; qué se quiere hacer, a quién se quiere defender y cómo se quiere plantear. Como explicó Mario Rios, vale más un contrato programático con la ciudadanía que un compromiso débil entre las organizaciones.

Séptimo. Fin del ruido. En toda organización diversa existen opiniones diferentes, pero no todas profesan una filia por la antropofagia interna tan intensa. Este ha sido el caso de las numerosas fuerzas de izquierda y probablemente una de las principales causas de descrédito y desesperanza con las mismas. Sin embargo, silenciar el ruido no es rechazar la discrepancia. Muy al contrario, implica apostar por espacios que permitan subsumirlas, digerirlas y enmendarlas. El requisito de supervivencia de cualquier actor reside no solo en su capacidad de cabalgar contradicciones hacia fuera, sino también y principalmente en integrarlas hacia dentro.

Aun con todos estos puntos de guía, imprescindibles de abordar tarde o temprano para quien escribe estas líneas, no podemos dejar de lado que la suma es solo la conditio sine qua non para un objetivo superior y más determinante: multiplicar. La RAE concibe ‘sumar’ como la reunión de varias cantidades homogéneas, pero la tarea es que esa reunión sea una celebración no de la homogeneidad, sino de la pluralidad. No importa desde dónde se parta sino hacia dónde se vaya. Un aspecto que une mucho más que separa y que permite sumar ideas para multiplicar fuerzas.