Otras miradas

El regalo de Putin a la OTAN de Biden

Sergi Sol

El presidente ruso Vladimir Putin (L) se da la mano con el presidente bielorruso Alexander Lukashenko durante su reunión en el Palacio Konstantinovsky en San Petersburgo, Rusia, el 25 de junio de 2022.- EFE

Fue Mijail Gorvachov quien en 1987 recuperó la propuesta de pedir el ingreso de la URSS en la OTAN. Pero como ya ocurriera en 1953, la idea fue desechada por Estados Unidos en primera instancia. Luego volvió a la carga Boris Yeltsin. E incluso el primer Putin, ante Clinton, flirteó con la idea.

Stalin dejó este mundo en la víspera del inicio de la carrera espacial que lideró la Unión Soviética. En octubre de 1957 el Sputnik 1 se paseaba por el espacio. Acto seguido, en noviembre, el Sputnik 2 puso en órbita a la perra Laika. Y en 1962 Yuri Gagarin dejó atónito al mundo occidental paseándose por el espacio. Tras Gagarin llegó el turno de una cosmonauta, la también soviética Tereshkova. Los soviéticos incluso hollaron Marte estrellando una sonda en su superficie.

Pues justo unos años antes, en 1954, Nikita Krushov -sucesor de Stalin- había propuesto formalmente superar la política de bloques solicitando con luz y taquígrafos el ingreso en la Alianza Atlántica ante el estupor general. Los partidos comunistas europeos quedaron descolocados. Francia, como Bélgica, reaccionó a favor. Pero no así la Gran Bretaña y mucho menos Estados Unidos. Ambos rechazaron frontalmente la propuesta acusando a Krushov de urdir una treta para destruir la OTAN, creada en 1949.

Se podrá objetar que la URSS de Gorvachov estaba ya a un paso de la quiebra. No es el caso de la URSS de Krushov que se lanzó a la conquista del espacio con el costosísimo programa Sputnik. Su PIB nominal multiplicaba el de las principales potencias europeas tras el ocaso del Imperio Británico. En plena cruzada ideológica, con Europa infestada de comunismo, la URSS puso en un aprieto a la OTAN en 1954 y ante la negativa materializó y justificó su respuesta: la creación del Pacto de Varsovia en 1955.

A la muerte de Stalin, la URSS es la segunda potencia económica mundial. Y se consolida como tal en la era Krushov que impulsa medidas liberalizadoras de la economía. De hecho, la URSS no cede esa posición hasta 1987 frente a Japón. En 1990, ya en inexorable retroceso, también se ve superada por la Alemania Federal. Para derrumbarse definitivamente en 1992 tras la desaparición de la Unión Soviética. La Federación exhibe en 2022 un PIB inferior a Italia y poco más que el de España. Exporta materias primas gracias a sus inmensos recursos naturales e importa todo tipo de productos manufacturados para una industria obsoleta.

La OTAN no sólo ha sobrevivido a la Guerra Fría que sustentaba su razón de ser mientras el mundo occidental percibía como una amenaza al bloque del este. Tras unos años de impasse, con diversos países de la Unión Europea reduciendo el gasto militar para desquicio de todos y cada uno de los últimos presidentes estadounidenses, la invasión rusa ordenada por Vladimir Putin ha vuelto a dar vigor a una Alianza Atlántica que parecía no tener razón de existir.

Hoy, la Unión Europea, con Alemania a la cabeza no sólo ha aumentado el gasto militar largamente reivindicado por Clinton, Bush, Obama, Trump o Biden ahora, sino que ha reforzado su compromiso con una organización militar hecha a medida de Estados Unidos que es ya, a todas luces, el principal beneficiario de la Guerra en Ucrania como antaño lo fue en las sucesivas guerras mundiales europeas.