Otras miradas

¿Hay rusofobia en 'Stranger Things'?

Anita Botwin

Un instante de la última temporada de 'Stranger Things'

No es la primera vez que vemos a los rusos representados como personas frías, desalmadas, comunistas, enemigas del orden y la ley, villanos, espías y sin motivos reales para ser malvados más allá del hecho de vivir en Rusia. Los rusos son muy malos desde los 80 hasta ahora, de eso no hay ninguna duda en la ficción estadounidense.

Stranger Things no escapa de la idea estereotipada y manida de que los rusos son los malos de la historia. En las tramas de los protagonistas de Hawkins vemos distintas tonalidades en los personajes, mucho mejor construidos y creíbles, con sus matices, sus grises, la representación de una sociedad casi en su conjunto. Sin embargo, cuando vemos las escenas de Rusia son frías, grises, con personajes estereotipados de carceleros de la URSS en la Guerra Fría, torturas y crueldad. Sin embargo, esa visión ochentera de la URSS sobre los malos comunistas soviéticos, como si EEUU fuera el adalid de los derechos humanos, ya huele a cerrado y sobre todo a repetición infinita, que no sorprende ya al espectador.

De la trama de los rusos además hay poco destacable desde el punto de vista de escritura del guion y del arco de los personajes, ya que todos son planos, malvados soldados soviéticos, sin escrúpulos, a excepción de uno de ellos, un guardia ruso que ayuda a los estadounidenses a huir, Dmitri Antonov, representado por Tom Wlaschiha, actor alemán. La trama rusa carece de interés más allá del reencuentro de Joyce y Hooper y del acting de Brett Gelman, que interpreta al excéntrico conspiranoico Bauman, que cada vez ha ido adquiriendo mayor protagonismo. Ni que decir tiene la gama de colores utilizada o los filtros para representar los fríos paisajes rusos en los que siempre es invierno o nieva.

Mientras se representa a los rusos como malvados guardias y soldados de un prisión de trabajos forzados, a la par que torpes, nos muestran al grupo de niños protagonistas yendo a comprar armas a un mega supermercado-armería, donde adquieren escopetas como quien se sube al Dragon Khan o a la noria.

Hay dudas sobre si los hermanos Duffer, creadores de Stranger Things, quisieron hacer una crítica a la URSS o si simplemente estaban plasmando de manera inocente e involuntaria la visión de los años 80 desde su perspectiva yanqui, pero ya que han sido capaces de crear portales, el Upside Down, monstruos y seres de otro mundo, bien podrían haber sido más originales a la hora de la construcción de los personajes y de tramas que huyeran de tópicos.

Para ser honesta, también hay que añadir que los creadores de Stranger Things han ido introduciendo poco a poco nuevas ideas, aunque sin olvidar las de siempre. De hecho, se hacen eco de temas que antes eran muy poco o mal representados, como lo son el colectivo LGTBI representado con los personajes de Will Byers y Robin, los racializados con los hermanos Sinclair y los problemas de salud mental con la trama de Max.

Las escenas de la invasión de Rusia a Ucrania han reactivado los estereotipos de los personajes rusos en la ficción hollywoodense, algo que el Kremlin ha devuelto con un cine patriótico y con censura previa a producciones de EEUU. Lo cierto es que "esa vieja imagen gana popularidad de repente", asegura el director y guionista Michael Idov en una columna en The Ángeles Times, y habla de la falta del sentido del humor, la frialdad y el espíritu de hierro que caracteriza a los personajes rusos en la gran pantalla y que se asemeja a quienes hoy lideran el conflicto desde Rusia.

Además, el guionista añade que el estereotipo de "ruso malvado" no regresó a Hollywood, sino que en realidad nunca se fue. Y se plantea si existe en la ficción yanqui un margen de representación en ficción de una comunidad de 144 millones de habitantes más allá de la villanía de género y los espías eternos y sombríos.

Sería bueno añadir nuevos personajes procedentes de Rusia y ser más empáticos con su comunidad, que también sufre las garras y la crueldad de Putin. Seguir representando los clichés rusos, como ocurre también con otras comunidades, no nos llevará al entendimiento, sino más bien a crear prejuicios sobre gran parte del mundo.

Ahora cabe preguntarse si estamos ante una nueva Guerra Fría tanto en ficción como en la realidad, o si realmente nunca desapareció más allá de las producciones independientes. Vean y juzguen ustedes.