Otras miradas

El tonto mirando el dedo del sabio. De las "guerras justas"

Fernando Hernández Holgado

Autor de Historia de la OTAN. 'De la Guerra Fría al intervencionismo humanitario' (Catarata, 2000 y 2022).

Un vehículo militar ucraniano conduce en el centro de Kiev el 24 de febrero de 2022. Las sirenas de ataque aéreo sonaron hoy en el centro de Kiev cuando las ciudades de Ucrania fueron atacadas con lo que los funcionarios ucranianos dijeron que eran ataques con misiles y artillería rusos.- AFP

1. Urgencias

Con urgencia ha procedido la OTAN a aprobar su nuevo Concepto Estratégico presentado y aprobado en esta última cumbre atlántica celebrada en Madrid. Urgente ha sido el mensaje de apoyo a la resistencia al gobierno ucraniano y de entronización, al lado de "la amenaza terrorista" de un nuevo enemigo -la Federación Rusa, como "más significativa y directa amenaza para la seguridad de los aliados y la paz y estabilidad del área euroatlántica"- que mucho se parece al antiguo enemigo soviético de la Guerra Fría, seguido por una China ya abiertamente conceptuada como potencia amenazadora. Si durante las dos últimas décadas, presididas por el concepto War on Terror, el enemigo por antonomasia había sido el terrorismo global, mayormente islamista, este último Concepto Estratégico parece cerrar el paréntesis abierto en 1991 con la autodisolución del Pacto de Varsovia para devolvernos a los esquemas de la Guerra Fría. Urgente también ha sido el llamamiento de Estados Unidos y sus socios europeos a firmar un nuevo proceso de ampliación de imprevisibles consecuencias -el de Suecia y Finlandia- que incrementa el riesgo de un enfrentamiento con Federación Rusa, esta vez de carácter directo y no a través del "cuerpo interpuesto" del gobierno de Ucrania. La urgencia ha sido tal que, con tal de evitar el veto de Turquía, dichos países han puesto en cuestión su propia política de asilo a periodistas y miembros de la oposición kurda en el exilio.

Esta urgencia a la hora de tomar decisiones de tanto alcance, que ha invocado la innegable excepcionalidad de un momento histórico presidido por la invasión rusa de Ucrania en febrero de este año, se ha manifestado asimismo en la gran presión mediática generada entre los socios europeos de la OTAN a favor del envío de armas al gobierno de Zelenski. Una presión mediática, recordémoslo, que ha tenido que convivir con la negativa de la OTAN a implicarse directamente en el conflicto, aunque fuera a costa de la imposición de una zona de exclusión aérea, por temor a un enfrentamiento directo con Rusia de imprevisibles consecuencias. En estos días de llamamientos urgentes al envío de armas al gobierno de Ucrania y de defensa de un aumento sustancial de los gastos militares de los países socios, se ha invocado con frecuencia el argumento de la "guerra justa" o "causa justa" (de guerra) moralmente imperativa, utilizando en ocasiones ejemplos históricos más o menos lejanos y dispares. Acabada ya la cumbre atlántica, moral e historia (descontextualizada) como principios argumentales continúan asumiendo un papel protagonista en los debates suscitados sobre el apoyo armado al gobierno Zelenski.

2. La "guerra justa" y el tonto empeñado en mirar el dedo

No pretendo hacer aquí un ejercicio erudito sobre el origen y significado del concepto de "guerra justa" como Ius ad bellum, sobre todo porque lo que me interesa es su popularización del mismo y la manera en que actualmente se está usando, que no es otra que su vinculación al derecho de legítima defensa, para el caso la del gobierno ucraniano frente a la invasión rusa. Como el tonto del cuento, en lugar de mirar la Luna, intentaré observar detenidamente el dedo del sabio que la señala.

Lo primero que llama la atención del argumento moral de la "guerra justa" tradicionalmente aplicado a diversos casos históricos, de los cuales el ucraniano no es sino su muestra más reciente, es su abstracción de la Historia. Al sujeto interpelado –a quien se intenta convencer de la bondad del argumento- se le plantea un dilema intemporal -el principio de la defensa propia frente a una agresión injusta- aplicado a un conflicto histórico concreto para cuya comprensión, sin embargo, es necesario un análisis del proceso que previamente lo ha precipitado. Solo como argumento complementario se han invocado presuntas similitudes históricas de carácter dispar igualmente descontextualizadas. Concretamente en nuestro país han cundido especialmente las que han recordado el derecho de autodefensa del gobierno legítimo de la Segunda República frente al levantamiento de julio de 1936, un argumento dirigido de manera singular a la ciudadanía de izquierdas.

Lo segundo que me gustaría recalcar aquí es la "simplicidad" del argumento moral de la "causa justa". Es un argumento que exige posicionamientos en blanco y negro, sin fisuras, matices ni mayores reflexiones, rotundamente binario. De hecho, sus defensores suelen admitir mal las objeciones apoyadas en argumentos históricos o las contextualizaciones del acontecimiento clave. En un reciente artículo crítico con la "izquierda auténtica" (¿) opuesta a la OTAN y "anclada en antiguos esquemas ideológicos", Marián Martínez Bascuñán criticaba los "sesudos debates históricos" sobre "las supuestas causas que empujaron a Putin" a la invasión, que sonaban además a "justificación". Que una politóloga tan influyente como ella eluda y rechace los debates históricos por "sesudos" asusta un poco, a la vez que nos informa de que los principales defensores mediáticos del envío de armas al gobierno ucraniano se mueven de manera privilegiada en el campo de la moralidad.

Los ejemplos son numerosos: Xavier Vidal-Folch, otro influyente opinador del grupo Prisa, ha hablado del "imperativo de unión ante el enemigo común", para referirse a la solidaridad de la Unión Europea frente a Putin. Lo mismo ha sucedido en los medios conservadores, hasta el punto de que voces críticas de dicho consenso como la del escritor Juan Manuel de Prada han sido atacadas tan solo porque se ha atrevido a contextualizar la invasión rusa de la primavera de este año en el largo conflicto del Donbás, o a criticar la "espectacularización de la información", que privilegia el tratamiento de la guerra de Ucrania en relación con otras del ámbito extraeuropeo. Ocurre, además, que esta desconfianza hacia la historia y la contextualización histórica ha llegado a afectar a algunas voces tradicionalmente críticas con el establishment, como la de Santiago Alba Rico cuando criticó determinados argumentos de la izquierda anti-OTAN por ocuparse demasiado de la "historia" y las "estructuras", tanto que acababan "derritiendo" en aquella "la decisión de Putin de invadir un país soberano y generar miles de muertos y millones de refugiados".

Como buen tonto, sigo mirando el dedo del presunto sabio que señala la Luna. No me preocupa tanto el argumento en sí como la forma en que se presenta, descontextualizado históricamente y desconfiado además de toda explicación histórica más amplia, porque es entonces cuando se revela su falacia. Una falacia que resulta conocida, porque han sido estos argumentos los utilizados desde tiempo inmemorial para justificar tanto las guerras como la implicación de las personas en ellas. Conocida es la anécdota del escritor Lytton Strachey, homosexual declarado, cuando fue juzgado en consejo de guerra por su negativa a combatir en la Gran Guerra como objetor de conciencia. El dilema que el juzgado militar le planteó fue el siguiente: "¿Qué haría usted si viera a un soldado alemán intentando violar a su hermana?", a lo que Strachey replicó: "intentaría... [silencio significativo] interponerme entre ambos".

Más allá de que fue el humor del escritor lo que rompió el dilema abriendo una tercera vía o "solución" del mismo, tan imprevisible como crítica y radicalmente irónica, me interesa destacar el carácter abstracto y extremadamente simple de la tendenciosa pregunta. El sujeto interpelado al que se pretende movilizar para la guerra, su hermana y el enemigo que intenta violarla son los únicos actores de un paisaje moral simplificado al máximo, marcado además por la urgencia. El resultado, en teoría, no debería ser otro que el varón movilizado en una "guerra justa", legitimada por la defensa de uno mismo o de los suyos. Para el caso de la hermana, por cierto, el cuerpo femenino como dependiente del varón cabeza de familia. O "la mujer" como causa o pretexto de la guerra esencialmente patriarcal, en una genealogía que nos remontaría a Helena de Troya...

3. La bala de plata del ejemplo histórico

Pero estamos divagando. ¿Qué tiene que ver todo esto con los argumentos utilizados a favor del envío de armas al gobierno ucraniano tan reclamado por el mainstream mediático? Pues tiene que ver mucho con su carácter moral, abstracto, simplificado, descontextualizado de toda explicación histórica y, sobre todo, urgente. Hay que reaccionar ya, no sea que el soldado alemán termine por violar a nuestra hermana, o la Rusia de Putin acabe apoderándose del todo de Ucrania. Ahora bien, aunque el argumento es esencialmente moral, también puede reforzarse con algún ejemplo histórico, aunque no sea más que para hacer buena la frase de Cicerón sobre la historia como magistra vitae.

Eso mismo fue lo que hizo Zelenski al invocar el bombardeo de Gernika en 1937 y compararla con la agresión rusa de 2022, con el fin de agradecer el envío de armas y pedir más sanciones contra Rusia, en su intervención a distancia del 5 de abril ante el parlamento español. "Estamos en abril de 2022, pero parece abril de 1937 en Guernica". Zelenski invocaba de manera eficaz la pintura de Gernika como icono de la barbarie para denunciar matanzas como la entonces reciente de Bucha, mientras articulistas como Javier Cercas comparaban y asimilaban la "guerra justa" del gobierno ucraniano con el derecho de legítima defensa del gobierno de la Segunda República ante el levantamiento militar de 1936. Para Cercas, "los auténticos herederos de la II República son los ucranios que se están batiendo por su libertad": lo decía alguien que declaradamente abominaba de la guerra pero que reconocía que "algunas guerras, una vez desencadenadas, no había más remedio que pelearlas", como la guerra civil española, en tanto que ejemplo señero de "guerra justa". Amparado en esa comparación -que negaba el historiador Ángel Viñas-, en otro artículo Cercas se atrincheraba, sin embargo, principalmente en el argumento moral, el de -ironizaba- "los militantes, los moralistas o ingenuos", frente a "los geoestrategas y los realistas, la gente que sabe". Frente a esta postura, el análisis de Viñas -mucho menos publicitado- aportaba, en cambio, argumentos históricos tan de peso como la diferencia de apoyo internacionales de uno y otro gobierno o la distinta potencialidad de uno y otro conflicto a la hora de provocar una guerra mundial. En cualquier caso, el historiador se movía en el campo de la historia, que no en el de la propaganda.

Claro está que la comparación "España 1936 -Ucrania 2022" era una suerte de bala de plata con la que cargar el fusil propagandístico que únicamente valía para ciudadanía "de izquierdas" que compartía al relato republicano de la guerra civil, como bien sabía Cercas. Es claro que los defensores del "otro relato" -el que justificaba a los militares sublevados de 1936-, partidarios también de armar a Zelenski, no gustaron de dicha comparación, sobre todo a la luz de la aparente similitud de algunas de las medidas de urgencia tomadas por aquel -entrega de armas a la población, liberación de los reclusos bajo promesa de combatir- con las tomadas por el Madrid Rojo en el verano de 1936. En esta línea de rechazo, el periodista Hermann Tertsch fue más allá al negar la validez de toda comparación con el bombardeo de Guernica de 1937, cuya iconografía –el cuadro de Picasso- consideraba simple "propaganda de guerra" y en el que, afirmaba, "habían muerto menos que en un ataque a cualquier pueblo de Ucrania", cuando, en su momento, el gobierno vasco recogió 1.654 víctimas mortales. Tertsch se afirmaba así en la tradición "negacionista" de raíz franquista de la masacre de Gernika... más de ochenta años después. Por su parte, el líder de Vox Santiago Abascal, acabado el discurso de Zelenski, opinó que habría sido más acertado utilizar el símil de las ejecuciones de Paracuellos del Jarama en 1936, lo que no puede menos que recordar la comparación de esta última matanza con la de Katyn (Polonia), protagonizada por el ejército soviético y que en 2005 dio pie a un libro de César Vidal. Son buenos ejemplos de cómo la historia puede convertirse en un álbum de coloridos cromos intercambiables –Gernika, el Madrid Heroico de 1936, Paracuellos, Katyn- al servicio de la propaganda de guerra con carácter urgente.

En cualquier caso, y volviendo a la "bala de plata" de la comparación "Madrid 1936–Ucrania 2022" dirigida a la opinión pública de izquierdas, la historia venía a funcionar como un argumento suplementario, por muy eficaz que fuera. Una cosa era invocarla grosso modo de manera efectista -la heroica resistencia ucraniana y el pueblo madrileño en armas, la resistencia a la ayuda militar a Ucrania y la "política de apaciguamiento" de 1938 en Munich- y otra entrar en detalle y detectar por tanto errores de bulto. El argumento esencial era el moral: en él se atrincheraba también el escritor Sergio del Molino -declarado alérgico a los uniformes y antiguo objetor de conciencia-, en un artículo en el que manifestaba su preferencia por "equivocarme a solas con mis simplezas que acertar con quienes entienden tanto los detalles que acaban por no distinguir al invasor del invadido". Una vez más, la orgullosa profesión de fe en la simplicidad que entregaba, sin luchar, al adversario -los sectores "pacifistas", partidarios de no enviar armas al gobierno ucraniano- la trinchera del análisis histórico más o menos profundo, por utilizar un símil militarista. El sabio, en un alarde de astucia, se hacía pasar por tonto.

4. Causas justas" ha habido muchas

Tradicionalmente, la causa invocada por la "guerra justa" siempre se presentado en una situación "ideal", abstraída de la historia, como el trío del dilema que los jueces militares le presentaron a Strachey: el alemán, Lytton y su hermana. Una situación ideal y única, como si el tiempo se hubiera detenido en aquel único momento y la vida o la muerte -sin opción posible- dependieran de la decisión del interpelado, a tomar de manera urgente. Un análisis histórico sin pretensiones -nada "sesudo"- nos revela una buena cantidad de dilemas morales de esta clase esgrimidos a lo largo de las últimas décadas con ocasión de algún conflicto en el que se imponía justificar una intervención armada -occidental- con urgencia en algún territorio del globo. Autores como Joan Garcés se han referido a ello en textos ya clásicos por lo que se refiere a la Guerra Fría (Soberanos e intervenidos, 1996), pero fue durante la década de los noventa del siglo pasado cuando el llamado "intervencionismo humanitario" se erigió en principal coartada para la intervención armada. Un "intervencionismo humanitario" que, durante la breve etapa de la "Posguerra Fría" (1991-2001), se convirtió en la "causa justa" por excelencia que legitimó moralmente toda clase de aventuras militares protagonizadas por Estados Unidos y/o sus aliados, con o sin la OTAN, emboscando intereses diversos.

Fueron los casos, por citar algunos ejemplos, de conflictos tan diversos como Somalia (1992), Ruanda (1994); Albania (1997) o Kosovo (1999). Señalaba el historiador Ángel Viñas que la gran diferencia -ventajosa- del análisis histórico sobre el periodístico del acontecimiento de actualidad era la distancia temporal, condición necesaria del primero. La intervención de los marines en Somalia en 1992, que empezó como una operación de protección de convoyes de comida en plena hambruna -Restore Hope- respaldada por Naciones Unidas, terminó con la sangrienta batalla de Mogadiscio. Somalia no tardó en desaparecer del mapa informativo –en 1995- tras el "fracaso de intervención militar humanitaria más ambiciosa, costosa y extensa de la historia", según la politóloga Itziar Ruiz Jiménez (Las buenas intenciones. Intervención humanitaria en África, 2003). La archipublicitada operación "Alba" militar auspiciada por Italia en Albania, también con respaldo de la ONU, sirvió en realidad en realidad para atajar la afluencia de albaneses pobres a la costa oriental so pretexto de responder a una crisis humanitaria. Y suma y sigue.

En todos los casos, el ciudadano o la ciudadana a pie de las diferentes opiniones públicas occidentales se veía perentoriamente interpelada por la correspondiente llamada a la "guerra justa" previo planteamiento del urgente dilema moral. Conflictos de raíz compleja se presentaban en su forma más simple. Y en su forma más urgente, porque en todos los casos, finalizada la intervención de turno, el conflicto en cuestión dejaba de ser noticia. Lo decía recientemente la periodista Olga Rodríguez, que en su momento se opuso a la intervención de la OTAN de 2011 en Libia apoyada en la "doctrina R2P", "Responsabilidad de Proteger", adoptada en la cumbre mundial de 2005 en una nueva vuelta de tuerca a aquel intervencionismo "humanitario" de los noventa, Aquella intervención "humanitaria" que derivó en el derrocamiento de un régimen dictatorial terminaría convirtiendo a Libia y a parte del Sahel en un polvorín y, sin embargo, aquello que en su momento importó tanto –y que movilizó a algunas plumas de la izquierda, como la de Alba Rico en apoyo de otra supuesta "causa justa"- rápidamente dejó de ser noticia para caducar como debate. ¿Quién se acuerda hoy de aquella "causa justa" de la OTAN en Libia, un país dividido y "sumido en el desgobierno y la impunidad por crímenes de guerra cometidos por milicias y grupos armados rivales", en palabras de Amnistía Internacional ?

Nada más simple que la "causa justa" de una "guerra justa", como un cromo de Historia arrancado de su álbum, es decir, de la compleja cadena de acontecimientos que lo explica. Como una palabra mágica que, una vez pronunciada, da carta blanca a la violencia -a ejercer de manera directa o indirecta, por cuerpo propio o interpuesto- y se desentiende de toda consecuencia que no sea la destrucción del otro. ¿Acaso cada episodio de guerra y de violencia masiva no ha buscado y conseguido su "causa justa"? El bombardeo aliado de la ciudad alemana de Dresde de febrero de 1945, una ciudad carente de infraestructura industrial de guerra, con cerca de cuarenta mil muertos, civiles en su inmensa mayoría, fue posible gracias a una "causa justa", a saber, la guerra contra el régimen nazi. El principal responsable de las 600.000 víctimas civiles de los bombardeos aéreos sobre Alemania, el mariscal Bomber Harris, héroe condecorado -en 1953- de la Royal Air Force británica, representó, en palabras de W.G. Sebald, "el principio más íntimo de toda guerra, es decir, la aniquilación más completa posible del enemigo, con todas sus propiedades, su historia y su entorno natural" (Sobre la historia natural de la destrucción, 2003). El principio de la guerra –el mal- al servicio de un bien: ¿no debería chirriar esta ecuación?

Más allá de la esfera de la propaganda de guerra, el campo preferido de toda "causa justa", hay que preguntarse por el porqué. Un ejemplo más. Las bombas atómicas lanzadas en agosto de 1945 sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki, acción defendida en su momento por aquellos que se habían colocado en el lado "correcto" de la Historia, una expresión repetida por el presidente Sánchez en estos días, ¿acaso no se explican mejor por el mensaje que pretendió lanzar Estados Unidos al mundo y muy especialmente a la URSS, en un momento en que la guerra ya estaba ganada? ¿Es acaso posible hablar de "causas justas" en una guerra, una vez iniciada la espiral de la destrucción? En mi opinión, la única calificación moral que merece la guerra es la de "injusta", en sí y por sí. La justicia no tiene nada que ver con ello, como tampoco con la producción de armas que la hacen posible. Y es que, por definición, ninguna guerra puede ser "justa": es un oxímoron.

El dedo del presunto sabio bien puede estar equivocado y señalarnos lo que no es, o lo que no debería ser. Solo entonces, harto ya de examinar su dedo, podrá el tonto alzar directamente la mirada a la Luna y pensar por sí mismo serenamente, sin urgencias.