Otras miradas

El perfil alternativo

Antonio Antón

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor del libro “Perspectivas del cambio progresista”

La ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz, en una entrevista con Público, en su despacho en el Ministerio. 17 de abril de 2020. JAIRO VARGAS​

La palabra izquierda refleja una diversidad de posiciones que hay que valorar según los contextos, combinada con otras identificaciones, y que conlleva una triple dinámica renovadora: refuerzo, superación y ampliación. En un artículo reciente, Renovación de la izquierda y frente amplio, he analizado las características de la izquierda social y política, en particular los electorados del PSOE, Unidas Podemos y sus confluencias y Más País/Compromís, avanzando algunas conclusiones sobre la necesidad de la renovación de las formaciones del cambio de progreso para abordar la creación del llamado frente amplio liderado por Yolanda Díaz con su propuesta inicial de un proceso de escucha para SUMAR.

Aquí, como continuación, desarrollo dos cuestiones: la importancia de su identificación igualitaria, democrática y solidaria como un perfil sociopolítico renovado para afrontar la nueva etapa, y la clave para una refundación alternativa que es su dimensión transformadora, con credibilidad de un cambio de progreso real ante las mayorías cívicas. Todo ello bajo una articulación unitaria, participativa y plural con un liderazgo integrador.

La identificación igualitaria, democrática y solidaria

El sentido de pertenencia o autoubicación de izquierdas (y de derechas y de centro), con los grandes cambios estructurales y sociopolíticos producidos, todavía constituye un componente fundamental para la identificación ideológico-política de la población. Se puede y se debe vincular con otros rasgos sociodemográficos y de cultura política, pero las formaciones sociopolíticas progresistas o de izquierdas configuradas en esta etapa democrática deben contar con ese bagaje de experiencia y cultura sedimentado esta década que conforma una nueva actitud democrático-igualitaria, en defensa de la democracia y el bienestar social, de lo público y lo común.

El riesgo es caer en la pretensión idealista de considerar la sociedad una página en blanco o completamente fragmentada e individualizada cuyo perfil sociocultural y político-ideológico lo va a construir un liderazgo discursivo con un contenido difuso. En un amplio proceso participativo e inclusivo se tienen que superar los significados ambiguos de los discursos respecto de su significado igualitario-emancipador, es decir, reafirmar una nueva identificación progresista, popular o de izquierdas renovadas.

El factor clave es el papel transformador sustantivo de las relaciones desiguales y dominadoras que constituyen, para las mayorías populares, la principal trayectoria vital a revertir. Y esa experiencia popular se conecta con unos valores que no son otros que la igualdad, la libertad y la solidaridad de la tradición de izquierdas, democrática y republicana, convenientemente reinterpretada y renovada. Por tanto, estamos ante un proceso complejo de combinar continuidad, renovación y superación de las prácticas sociales y las identidades colectivas que configuran los nuevos sujetos o espacios transformadores.

En todo caso, hay que diferenciar los dos planos: las tendencias y configuraciones sociales, y las características y nominaciones de las representaciones políticas. La expresión Ni de derechas ni de izquierdas, en el terreno ideológico puede significar solo centrista (con una pequeña minoría que dice ser apolítico o que no se define), pero en el terreno político-electoral puede expresar, como en el 15-M, la oposición al PP y PSOE, al bipartidismo gobernante, por su gestión neoliberal, autoritaria y regresiva de la crisis, y desear un nuevo espacio político, del que emergió Podemos y sus confluencias y la renovación de Izquierda Unida.

El nombre y la articulación del proceso de protestas sociales y las llamadas fuerzas del cambio de progreso ya no expresaba una referencia político-ideológica convencional (izquierda, socialdemocracia, socialista-laborista, progresista, feminista, ecologista, nacionalista...) sino una alternativa multidimensional o transversal a esas corrientes; pero, sobre todo, con una actitud y capacidad transformadora en un sentido democrático-igualitario y diferenciada de las élites gobernantes anteriores. Su carácter estaba dado por la experiencia y el contexto inmediato relativamente nuevo: era fundamentalmente democratizador, progresivo y de justicia social; es decir, nuevo y, al mismo tiempo, inserto en la tradición igualitaria y democrática de las mejores izquierdas, no de las derechas ni del centro, aunque las señas ideológicas eran todavía parciales y en pugna interpretativa por su significado, su nominación y su representación.

Ahora nos enfrentamos a otro rasgo problemático, tal como he desarrollado en otro texto: la desconfianza en los partidos políticos.  Afecta a la credibilidad de la representación político-institucional, también de las izquierdas, y a las formas de articulación orgánica y participativa y la regulación de su pluralidad y liderazgo, sobre lo que habrá que volver.

Y llegamos al proyecto anunciado de frente amplio como culminación del proceso de SUMAR, con una pertenencia colectiva progresista transformadora y un perfil ideológico de izquierda renovada o neolaborismo con componentes transversales con un encaje todavía por determinar. Esas tres palabras reflejan unidad de un conglomerado de grupos sociales y fuerzas sociopolíticas y aspiración mayoritaria, junto con una actitud integradora. Su sentido histórico-contextual lo da la experiencia democrática progresista de esta década sobre la articulación alternativa en España (y otros países del sur europeo) y, salvando las distancias, la referencia política en varios países latinoamericanos.

La dimensión transformadora, clave para una refundación alternativa

Ante las dificultades para levantar una identificación ideológica nueva y aparte de echar mano, más o menos reactiva o utópica, de las identificaciones fragmentarias existentes, se ha solido sustituir el relativo vacío y la diversidad ideológica por menciones a su adscripción sociodemográfica (gente, pueblo...). Tiene la finalidad de legitimación cívica sin una identificación ideológica fuerte, aunque la autoubicación mayoritaria de sus bases sociales era y sigue siendo de pertenencia a las izquierdas, aun en una densidad débil y con mezclas diversas de su identidad múltiple y abierta.

Esa desideologización o eclecticismo tiene su parte positiva, al adaptarse de forma pragmática y multilateral a la realidad. Pero también tiene su inconveniente de posibilismo adaptativo y dispersión, al infravalorar un proyecto común, una articulación solidaria y una estrategia compartida, sustituidos, a veces, por un hiperliderazgo y un activismo discursivo. Sin avanzar en ese ámbito de perfil ideológico o proyecto estratégico de país, lo que queda es el utilitarismo inmediatista o la pelea por el ventajismo organizacional, que hay que superar por una dinámica progresiva, igualitaria-emancipadora e integradora, y un modelo social y democrático avanzado, lo que supone renovación y superación de lo existente.

La diferenciación de cultura política o identificación ideológica tiene su correspondencia con las tres grandes tendencias sociopolíticas: involución regresiva y autoritaria en el caso de las derechas reaccionarias; continuismo centrista o socioliberal en gran parte del consenso europeo liberal-socialdemócrata, con el añadido del actual rearme atlantista, y de progreso o transformador, con el refuerzo de una estrategia democrática y de justicia social. El actual gobierno de coalición en España es un punto intermedio, con un consenso mínimo, entre la tercera y una parte de la segunda opción y ante la amenaza de la primera. Junto con sus alianzas con el nacionalismo periférico y el abordaje de la plurinacionalidad, tiene la tarea de ganar las elecciones generales e impulsar la siguiente legislatura de firme transformación progresista y democrática.

El eje articulador de las tendencias sociopolíticas de fondo, asociadas a esas tres grandes opciones ideológicas, es el alcance transformador de las políticas públicas y su orientación progresiva (o regresiva), particularmente ante esta prolongada crisis social. Por tanto, el sentido real y sustantivo de los cambios político-institucionales se vincula a cómo se afrontan los problemas y las demandas persistentes de las mayorías ciudadanas, principalmente las condiciones vitales y sociolaborales de la ciudadanía, articuladas en un proyecto reformador democrático-igualitario de país. Problemas que el propio CIS también señala y cuya interpretación y conversión en políticas públicas y legitimación de actores están sometidas a fuerte pugna por su legitimación y gestión.

Su desarrollo dependerá del reequilibrio de fuerzas en el próximo gobierno progresista de coalición y el nivel de activación cívica y popular para empujar en ese proceso transformador. Es la perspectiva para la triple dinámica renovadora: refuerzo, superación y ampliación de las izquierdas y fuerzas progresistas para ganar las elecciones generales y avanzar en un cambio de progreso. Ese perfil reformador y esa dinámica transformadora deben ser claros y creíbles. Es la tarea liderada por Yolanda Díaz que comienza ahora.