Otras miradas

La maldad de Alicia

Oti Corona

@LaCrono__

Ama de casa. -Pixabay
Ama de casa. -Pixabay

Llamo a Alicia por teléfono y le pregunto cómo se encuentra. Fatal, me responde. Miente y se lo digo. Cómo que fatal, si te vi hace tres días y estabas radiante. Uy, qué va, replica. Eso es la fachada, pero lo cierto es que ando fatal porque soy mala. No puede evitar que se le escape una carcajada con la última palabra, y nos reímos las dos.

Hace apenas diez meses, Alicia se levantaba a las seis y media, preparaba los desayunos y los almuerzos del recreo, dejaba listos los uniformes y las mochilas y, justo antes de salir, despertaba a su familia. Mientras revisaba su bolso (el monedero, las llaves, el móvil), les pedía que no se olvidaran de los bocadillos que les dejaba en el mueble del recibidor, y les recordaba que tenían que lavarse la cara y los dientes. ¿Me habéis oído?, les gritaba, a la espera de que las voces soñolientas de los suyos le respondieran con un "sí" malhumorado.

— Que sí, Alicia, que te hemos oído. Que eres una histérica —le espetó Roberto una mañana.

Le molestó tanto el comentario que no quiso ni discutir. Eso sí: resolvió cambiar de estrategia. Los niños quedaban a cargo de Roberto, que era su padre, no un hijo más. Ya se organizaría él como le diese la gana.

Así que, durante un tiempo, se permitió dormir hasta pasadas las siete. Se tomaba el café con calma, dedicaba un cuarto de hora a arreglarse y salía sin el acelerón de las semanas anteriores. La vida parecía mejor hasta que la llamaron del colegio y la convocaron a una entrevista urgente. Pidió permiso en el trabajo y salió pitando hacia la escuela. Conchi, la maestra del pequeño, le preguntó si habían sufrido algún percance en los últimos meses, ya que sus hijos llegaban tarde cada mañana, despeinados y con la cara sucia; además, solían olvidarse el bocadillo. Alicia respondió, muerta de vergüenza, que hablaría con su marido, puesto que era él quien se ocupaba de Raúl y David por las mañanas.

—El problema de la familia es la madre que tienen —sentenció Conchi en cuanto Alicia salió por la puerta— Menuda fresca.

Alicia se vio obligada a modificar su planificación matinal de nuevo. Volvió a madrugar, pero esta vez despertó a la misma hora al resto de la tribu. Ayudó a los niños a vestirse, a peinarse y a asearse, y ordenó a Roberto que guardase los bocadillos en las mochilas. Se marcharon de casa los cuatro juntos. Padre e hijos protestaban porque salían demasiado pronto y les tocaba esperar quince minutos hasta que abrían la puerta de la escuela. Un día, Roberto le soltó lo que llevaba tiempo pensando:

—Alicia, eres una mandona.

Su dictadura no duró mucho. Al cabo de un par de semanas, no podía con su alma y empezaron los lamentos. Protestó porque su marido le cargaba todo el trabajo, no se implicaba y no ejercía su papel de padre. Roberto, después de varias charlas, reconoció sus errores y se comprometió a mejorar. Sin embargo, no se observaron cambios en la práctica. Una noche, Alicia rompió a llorar. A él no le parecía que fuese para tanto: tenían dinero, se querían, Raúl y David crecían sanos y, lo más importante, no habían vuelto a llamar del colegio. Habría querido encontrar alguna palabra de consuelo, pero le pareció que no había nada que consolar.

—Alicia, eres una quejica —sentenció, antes de darse la vuelta y tratar de dormir.

Se tragó sus lágrimas y decidió que no podía ni debía aguantar aquello. El día siguiente contrató una empleada doméstica. Una trabajadora llegaba muy puntual cada mañana y la ayudaba a preparar desayunos, mochilas y niños. Su marido no estaba conforme. Gruñía que una limpiadora costaba un pastizal y le contaba que su madre crio seis hijos y jamás tuvo que ayudarla nadie a nada.

—Alicia, eres una caprichosa.

Y entonces se hartó. Recogió sus trastos, preparó sus maletas y las de los niños, le gritó a su marido un ahí te quedas y se fue de casa para siempre. Roberto, estupefacto por la rapidez con la que se desarrolló la escena, solo atinó a decir:

—Alicia, eres perversa.

Seguimos al teléfono. Mi amiga me dice que ya está tramitando el divorcio y que entre histérica, fresca, mandona, quejica, caprichosa y perversa, se queda con la perversidad. Así que Alicia es mala. A mí no me lo parece, pero se comenta por ahí. Lo comenta su vecina, lo comentan sus cuñados y, sobre todo, lo comenta Roberto. Me lo cuenta sin rencor y sin pena, diría que con alivio. Su voz suena relajada y risueña, jovial como nunca.

—Dime de dónde has sacado esa maldad, que te sienta de maravilla —le digo, antes de colgar.