Otras miradas

Queridísimo Federico

Ana Bernal-Triviño

Estatua de Federico García Lorca en la plaza de Santa Ana de Madrid. E.P./Ricardo Rubio
Estatua de Federico García Lorca en la plaza de Santa Ana de Madrid. E.P./Ricardo Rubio

Como cada verano, te escribo, como un ritual más en recuerdo a tu memoria. Aunque ahora soy más consciente de que, por mucho que quisieran, tu nombre nunca caerá en el olvido. El libro de tus protagonistas ha traído a muchas personas que te quieren a pesar del tiempo. Aunque nadie te haya conocido, y aunque pasen los años, ese cariño hacia ti no desaparece. Muchas lectoras me cuentan cuánto se identifican con las vidas que creaste. Yo te pido perdón porque, quizás, ha sido un desafío hacia ti haberme apoderado de sus voces y convertirlas en otras. A cada línea, a cada palabra y a cada gesto que escribo, no dejo de pensar qué hubieses escrito tú de ellas, de haber podido darles una vida nueva. Espero que haya estado a la altura de lo que hubieses deseado.

El cariño hacia ti tiene futuro, aunque quisieran aniquilarlo hace años en una fecha como hoy. Quienes te dispararon ignoraban que los sentimientos no pueden matarse y que tus palabras no podrían ser silenciadas porque ya habían traspasado muchas mentes. Digo que el cariño hacia ti tendrá futuro porque muchas personas de las que te leen me dicen que sus hijos e hijas acaban de descubrirte, que quieren saber más de ti y leerte. Al final, el pueblo, tu pueblo, sigue contigo por encima de todo y de todos. Estoy convencida de que si fueras de otro país te honrarían más allá de las diferencias. Pero ahora no es buen momento. Es aún peor, porque algunas mentes se empeñan en agitar los fantasmas del pasado. Hace unas semanas arrancaron una paloma que sostienes en una estatua en el centro de Madrid, frente a tu Teatro Español. Y no sería casualidad que de todas las imágenes de Madrid fueras tú y ese símbolo los elegidos. Yo me sigo preguntando qué ganan quienes hacen algo así, como una se sigue preguntando, más allá del símbolo que eras, qué ganaron quienes te fusilaron. 

Te escribo hoy desde una ciudad italiana, país al que quisiste venir, pero tengo mi corazón puesto en tu Granada y en mis ganas de volver a la Huerta. Sabes que presentamos allí tu libro. Y digo que lo sabes porque sabíamos que estabas allí. Yo miraba a tu balcón, mientras hablaba, y tenía un nudo en la garganta porque te veía allí asomado y una se imaginaba, al caer la noche, las voces de tu familia en la entrada de la casa, al fresco, con el olor a jazmín. Porque hay lugares que acumularon tanta vida que, a pesar de los años, permanece. Han arreglado la casa estos últimos meses y dicen que está casi como nueva. Ya sabes que Juanjo está al cuidado de todo. Por cierto, aquella tarde, Juanjo y yo nos hicimos unas fotos en tu terraza y me cogió para posar de esa manera tan peculiar tuya, como si el brazo fuera un lazo con el que te atas a los corazones de la gente. Pues con Juanjo es casi igual. ¿Ves cuántas huellas dejaste en la gente? La misma que en mi Javier, un regalo de persona que me has puesto en mi camino.

Sabes que el mundo está oscuro. Que hay una nueva guerra, que se suma a otras invisibles con el olvido del tiempo. Y que hay ya otras formas de guerras lejos de los tanques y las balas, que se hacen con el dinero y que deja a los marginados en el fango del que tú tanto hablabas.

El verano pasa lento, como siempre, con un calor de escándalo. ¿Qué pasa sobre mí? Pues que ando enfrascada en tu segundo libro, bien lo sabes. Y que hace unos días releí unos versos tuyos en la alocución a tu pueblo donde, una vez más, has retratado mis últimos meses como nadie. Decías: "Nadie se da cuenta al tener un libro en las manos, el esfuerzo, el dolor, la vigilia, la sangre que ha costado". Y este último, te confieso, que a veces hubiese querido tirarlo y romperlo, agotada y cansada y superada. Yo sabía que algo no andaba bien. Sin embargo, siempre volvía a tus páginas porque han sido, a la misma vez, el único espacio para volcar todo, para desahogarme y donde calmar el dolor físico y del alma.

Acabé en un quirófano (con el miedo que te daba la enfermedad, me acordé de ti). Pero, cuando lo supe, el miedo que me entró fue al pensar las cosas, los viajes e historias que no había aún escrito. Esa sensación, cuando menos lo esperas, de tomar una nueva conciencia de que la noria del tiempo dejará de dar un día vueltas. Y no quiero ni imaginarme hasta qué punto tuviste que sentir algo parecido en tu cuenta atrás. Por otro, todo se mezclaba con unos meses de desconfianza y decepción en algunas personas. Me cuesta creer en palabras que luego acaban siendo vacías. Cada vez me alejo más de a quienes das tiempo y atención pero luego desaparecen en silencio. Y rechazo los murmullos a las espaldas cargados de rumores. A veces he querido hacerme un bolillo y desaparecer, cansada de que todo el mundo me juzgue y me diga qué hacer cuando no son ejemplo para nada, porque luego hacen lo contrario de lo que dicen.

He de volver mañana a España. Esté donde esté, siempre estás en mi mente cada día. Aunque no quisiera irme de aquí, porque es como si se hubiese parado el tiempo, he de regresar y me consuela el hacerlo sabiendo que me esperas, y que permanecen tus chopos y tu huerta, por donde el tiempo pasa pero tú nunca te marchas.

No te olvidamos, Federico.

Te quiere,

Ana

Pd: Hace unos días, miraba al cielo, a tu luna y tus estrellas. Y te imaginaba a ti pensando en ellas cuando escribías. Te encantaría saber que unas personas han creado como una especie de lupa muy grande sobre ellas y que, lo que parece que a nuestra distancia un granito de arena en mitad de esa bóveda negra, son más millones de galaxias y estrellas. Y me he consolado pensando que, quizás, en esa noche oscura sin luna de agosto, cuando te atravesó aquella bala, tu alma se hiciera pequeñita para protegerse y su energía te transformara en estrella. Una de las que más brillan. Una que nadie podrá apagar. Como un "pájaro de luz que quiere/escapar del universo".