Otras miradas

Contra la resignación

Manuel Monereo

La vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, durante el primer acto de Sumar, en Matadero, en Madrid. -Jesús Hellín / Europa Press
La vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, durante el primer acto de Sumar, en Matadero, Madrid. -Jesús Hellín / Europa Press

El dato más relevante es la profunda distancia entre el momento histórico -sus dramáticos dilemas y problemas- y los análisis, propuestas y estrategias de las izquierdas realmente existentes en nuestro país. No se asume la gravedad y la novedad radical de los desafíos. Se dan viejas respuestas (en realidad formas renovadas de liberalismo social, trufadas de keynesianismo para andar por casa) a situaciones que definen una ruptura, una discontinuidad radical y que exigen cambios sustanciales en lo que se hace, cómo se hace y, sobre todo, a dónde se va y con quién. Estamos en un periodo de excepción, de crisis de toda una época histórica y, es la gran novedad, civilizatoria. Mientras, Yolanda Díaz nos dice que no llega a las elecciones municipales y autonómicas y que la operación Sumar se concretará en las elecciones generales. De UP se reciben noticias inquietantes sobre conflictos y rupturas, en lo que parece ser una segunda edición ampliada de la triste experiencia andaluza. Esta desconexión de los grandes problemas se da, no es casualidad, formando parte de un gobierno que es elemento decisivo del problema y que difícilmente lo será de las soluciones.

Mientras, los afiliados de base y los activistas sociales ven con enorme preocupación los escenarios que se dibujan en este comienzo del curso; toman nota de cómo las derechas extremas son las que van progresivamente llegando a los gobiernos en media Europa y cómo en España se va instalando el marco de que el PP más Vox ganarán las próximas elecciones. Sumar parece que se va a ir construyendo en paralelo a la elaboración de las listas municipales y autonómicas y a las previsibles movilizaciones sociales contra las consecuencias de una crisis energética/económica que está a las puertas. Todo ello, insisto, con Unidas Podemos en el Gobierno intentando paliar los efectos de un conjunto de políticas decididas por la OTAN y ejecutadas por la Unión Europea. Hay una contradicción difícil de superar: las movilizaciones sociales mayores o menores se harán contra las decisiones económicas, energéticas, sociales y político-militares impulsadas, consensuadas y legitimadas por el gobierno de España.

Lo mínimo que se puede decir es que hay una evidente escisión entre el proceso de formación de Sumar y el ciclo político-social y electoral. Centrarse en escuchar y debatir en medio del conflicto social y al margen de unas elecciones municipales y autonómicas, significa renunciar a una intervención política efectiva, esperar que la realidad se acerque y converja con los planes y cálculos de un aparato político-electoral. Pensar que sobre el posible fracaso de unas elecciones municipales y autonómicas se pueda construir una nueva formación política con voluntad de mayoría es apostar en el vacío y jugársela en la dura lotería de la historia.

¿Qué hacemos los que tenemos que llegar -sí o sí- a las elecciones autonómicas y municipales? Un duro tránsito de 8 meses que, en tiempos de excepción, es un mundo. El viejo Santiago Carrillo citaba mucho una frase de Lenin que venía a decir, más o menos, que interpretar y actuar bien en las coyunturas históricas era una de las claves de la política revolucionaria: se puede perder en poco tiempo todo lo construido durante años o bien dar un salto de calidad y avanzar política y orgánicamente. La experiencia posterior del que fuera Secretario General del PCE le vino a dar, duramente, la razón. El escenario es, como mínimo, dramático: Yolanda escuchando y los que harán posible su proyecto, compitiendo por las listas o recluyéndose en sus casas a la espera de otro fracaso. La paradoja es que se favorecerá en voto útil al PSOE, pero no será suficiente para impedir el triunfo de las derechas.

De este bucle negativo hay que salir y pronto. No soy ingenuo. Si la izquierda organizada no se une, no habrá proyecto alternativo y puede desaparecer. Miremos a Italia. Muy pronto habrá elecciones en el país transalpino. Aparecen dos grandes bloques: las derechas unificadas en torno a un partido de origen neofascista que se enfrenta a otro, mal articulado, liderado por el Partido Democrático que hay que calificar claramente de neoliberal y atlantista. La izquierda intenta, después de muchos años, tener representación parlamentaria; hay una contradicción entre una izquierda social y cultural todavía muy viva que no acierta a traducirse en fuerza política alternativa. Las encuestas dicen que ganará el bloque que dirige Giorgia Meloni. Miremos a Francia: un viejo político, mil veces desahuciado, Mélenchon, que sale a la palestra defendiendo los valores de la izquierda republicana y socialista y que no tiene miedo a oponerse a las políticas dominantes, a la Europa del euro y a la OTAN. En Francia, por primera vez en años, ya no hay que elegir entre lo malo y lo peor sino entre los poderes oligárquicos y el pueblo organizado.

La izquierda española necesita un plan de emergencia que yo llamaría existencial. Lo que está en juego es si en nuestro país habrá o no una izquierda capaz de oponerse resueltamente a las derechas unificadas y cuestionar la hegemonía a un PSOE claramente neoliberal y férreamente atlantista. Ya no tenemos el 15M impulsando nuestros votos; ahora la realidad hay que cambiarla organizando la subjetividad social, creando imaginarios, convirtiendo la rabia y la protesta en programa. Hay que disputar en la calle el predominio a unas derechas extremas que ven el momento y la ocasión para una deriva autoritaria del actual régimen político. La democracia se defiende ejerciendo los derechos y libertades, impulsando la movilización social y denunciando a los que mandan y no se presentan a las elecciones; es decir, a la oligarquía financiera y corporativa que nos controla y nos dirige. Atacamos al bipartidismo porque es el modo que tienen los poderes económicos para mandar sobre una clase política sin proyecto de país.

Lo que hace falta no es demasiado complejo. En primer lugar, voluntad unitaria; yendo cada fuerza en solitario, ganarán las derechas y triunfará el bipartidismo. En segundo lugar, construir coordinadoras de unidad democrática y popular, empezando por las fuerzas que están en Unidas Podemos. Estas coordinadoras establecerían un reglamento y unas bases para un programa alternativo. En tercer lugar, se convocaría una conferencia en la que se aprobaría un programa y una política de alianzas determinada. En cuarto lugar, se crearían comités unitarios en cada una de las nacionalidades, comunidades, regiones y provincias. Quinto, construir un (contra)poder en los barrios, en los pueblos, en las comarcas con un objetivo central, aprovechar las elecciones municipales y autonómicas para crear organización, motivar el compromiso y dar la cara frente a unas derechas revanchistas y caciquiles.