Otras miradas

La mujer que hoy calla

Cayetana Cabezas

Diario iraní informa sobre la muerte de Mahsa Amini. -ABEDIN TAHERKENAREH/EFE
Diario iraní informa sobre la muerte de Mahsa Amini. -ABEDIN TAHERKENAREH/EFE

Masha Amini ha sido asesinada y yo hoy no hablo en mi nombre. No soy musulmana; no tengo el conocimiento contextual necesario para desgranar y denunciar las razones de su muerte. Si es que se puede llamar razón y no sin ella a lo que la ha desencadenado: llevaba el velo mal puesto, demasiado cabello a la vista.

Pero no hace falta compartir dios para reconocer el miedo y yo hoy lo he sentido en la voz de una mujer que me ha confesado el temor a las consecuencias si sigue diciendo lo que piensa. Poco o nada sé del uso del velo, pero sí sé del uso de la palabra; la de Ella ha tenido ya la amenaza como respuesta. Y resulta que han sido los mismos que se otorgan el poder de decidir qué es el bien, qué es el mal y cuáles son las consecuencias. Porque la ley de dios no tiene término medio. No se puede ir un poco al cielo y otro poco al infierno. Y las mujeres que se muestran, que deciden, que no se identifican con lo que las señala para ocultarlas, o las que se atreven a hablar del tema, como Ella, van al infierno. Y con ellas, sus familias, sus amigos y todo aquel que acoja, cuide y proteja su libertad de elegir. La lección que quieren que aprendan: si eres una mala mujer, estás sola. La muerte y el exilio son los dos castigos clásicos y ambos tienen una cosa en común: el silencio. Exiliado o muerto, el rebelde se hace invisible y el problema desaparece como desaparece el cabello de las mujeres bajo el hijab.

La mujer que hoy calla, como Masha, no cumple con lo que su religión considera que debe hacer. No es adalid del pudor o la modestia. No es invisible. No lo es ella, no lo es su pelo. No lo son sus curvas y tampoco sus palabras. Ella ríe fuerte, como le prohibieron hacerlo. Pero no sin temor a ser juzgada, sino porque son más fuertes las ganas que el miedo. Escribe con él desde que tiene uso de razón. Y se juega la vida en cada palabra pública, donde está el germen del pecado; en lo que se muestra de puertas para afuera.

Ese es el poder del cabello de las mujeres en la calle; que se menee libre contestándole al viento, que roce casualmente sus labios, arengándolos a que salga lo que debe callarse, que no permanezca domado bajo el manto que distingue a unas de otros. Unas, que nacen con el símbolo de poder coronándoles la cabeza. Otros, que no saben contener lo que les provoca verlas; que pierden el suyo. Su poder. Así que, desde la rabia que me da no controlarme, te controlo a ti, mujer. No educo mi mirada, sino que tapo lo que no puedo ver. Lo que no quiero ver. Tapo lo que te hace fuerte. Como no puedo controlarme, te controlo a ti. Tapo tu belleza, tu autonomía, tu abundancia. Quizás porque eso es lo que deseo realmente agarrar, poseer, cuando te ordeno que te cubras el pelo.

La mujer que hoy calla no pretende convencer a otras de que son más libres destapándose; defiende el derecho a tener un criterio propio. Y eso es imposible desde la imposición teocrática. No se puede decidir en libertad lo que otros ya han decidido que castiga Dios. Son muchas las mujeres que no pueden elegir, porque la institución se cree padre y el padre se cree institución.

Mientras hombres y mujeres no estemos sostenidos por una igualdad de derechos que reine por encima de la política, la religión o la fuerza, unas y otras levantaremos la voz. Unos y otros también. Hay muchos hombres que quieren compartir con las mujeres una mirada horizontal. Pero si uno de los dos tiene que agachar la cabeza, por ejemplo, para cubrírsela, la comunicación ya no será entre iguales, luego la relación tampoco.

Desconocemos el poder de nuestra voz hasta que nos callan. Ese es el medidor de la fuerza de la palabra, sus consecuencias. La historia está llena de silenciadores. Desde la Inquisición hasta Rushdie, pasando por la quema de libros, el atentado contra Charlie Hebdo... Los protocolos de censura operan desde siempre y desde todos los sistemas políticos y religiones. Pero hay un denominador común que paga siempre, tenga quien tenga el mando: las mujeres. Yo no soy musulmana, pero soy mujer. Y me siento hoy a una mesa a la que, sin ser invitada, estoy apelada. El que habla lo hace siempre desde el privilegio y yo hoy lo tengo. La expresión es ya una forma de libertad. La libertad es un derecho que queremos todas; la mujer que hoy calla, también.