Otras miradas

Mi mamá no es solo mi mamá

Leonor Cervantes Vargas

Estudiante de Filosofía y Ciencias Políticas y fundadora de Filosofía en Los Bares

Imagen de Victoria_rt en Pixabay

Existen hijas que no aman a su madre. Existen hijas que no la conocen; porque nunca ha estado, porque ha estado poco, porque ha estado rara. Hay hijas que odian a su madre, y hay otras a las que les resulta indiferente. Existen familias sin madres. Hay madres malas, negligentes, también las hay ausentes. De esto nada tengo que comentar; más allá de prestar atención al posible sufrimiento de esas hijas, sufrimiento, que no tiene siquiera por qué darse. No creo que todas las madres sean buenas, tampoco creo que todas sean merecedoras de cariño. Esto no es un texto en defensa de la familia y mucho menos uno para atribuir cualidades esenciales a las mujeres que son madres.

Yo sí amo a mi madre. La amo, en primer lugar, porque me parece una buena madre. Dentro de que yo nunca le pedí a mi madre que lo fuera, ha hecho todo lo posible para que nunca haya deseado que ella no lo hubiera sido. Amo a mi madre, también, porque si no fuera mi madre sé que también la amaría. La amo porque me gusta cómo vive, y el día que no esté lloraré no sólo por mí sino por todos los que la conocieron y, más aún, por todos los que se quedaron sin hacerlo. Porque en realidad, además de amar a mi madre, a quien amo profundamente y con admiración es a Ana.

Es precisamente porque amo a Ana, por lo que intento que cada vez sea más Ana y menos mi madre. Y a su vez, por mi parte, intento ser más Leo y menos hija. En ese proceso me cuestan muchas cosas. Me siento culpable por tomar decisiones que mi madre no tomaría o me es complicado ocultarle partes de mi vida aunque sepa que es sano tener mi privacidad. Me es aún difícil confiar en mi criterio por encima del suyo en algunas decisiones y por supuesto sigo temiendo decepcionarla. Pero si hay algo en lo que suspendo una y otra vez es en poder ver a mi madre como una persona. Asumir que mi madre es, fue y será, mucho más que mi madre. Yo no soy el hecho fundacional de la vida de mi madre. Tampoco soy, ni quiero ser, lo que vertebre su vida ni el elemento definitorio de su identidad.

Relacionarse es un ejercicio caleidoscópico que requiere atención y complejidad. Es por ello que sé qué cosas le importan a cada uno de mis amigos y, en base a eso, moldeo mi conducta. Sé qué situaciones les producen vergüenza, cuáles dolor, qué necesitan para sentirse queridos o qué les asusta. Sé a qué amigo puedo tardar en responder a sus mensajes, cuál se pone nervioso delante de gente desconocida, cuál necesita más palabras de cariño y cuál prefiere que le invite a comer en lugar de que le redacte una carta. Sé que cada uno posee sus particularidades y sé también que lo que sé de ellos cambia con el tiempo. Todo esto se me olvida frecuentemente con mi madre. Mi madre sigue siendo como el personaje de dibujos animados que siempre lleva la misma ropa y que, con independencia de lo que pase en cada capítulo, más allá de cuántos años hayan pasado desde el comienzo de la serie, sigue teniendo el mismo rol, la misma edad, los mismos problemas y el mismo estado de ánimo. A ninguna de las relaciones de mi vida la condeno a tanto inmovilismo y a tanta simpleza.

También quiero a mis amigos cuando se equivocan. Les veo más allá de sus meteduras de pata y no observo cada error como su gran declive. Permito su idiosincrasia personal y con ello también sus incoherencias. En esto también fallo con mi madre. Quizás porque la quiero mucho, quizás porque fue mi primer referente, quizás porque el mundo dice que las madres son perfectas, no asumo la disidencia con ella. Me enfada, me desorienta, me duele más que con cualquier otro. Sin embargo, cada vez que no le permito a mi madre la posibilidad de decepcionarme, de parecerme errática, de no ser adalid de la virtud, la condeno a una forma de ser querida tiránica y agónica. Y, siendo honestas, ¿quién quiere ser amada de una forma tan caricaturesca, cuadriculada y exigente? Por supuesto, volviendo a jugar a la verdad, sé que tampoco quiero con tantas prerrogativas y exámenes a ningún otro de mi entorno.

Mi madre, antes de mi madre fue hija de y, como tal, tuvo que actuar de cierta forma. Luego fue la pareja de, y como tal, tuvo nuevamente que adoptar cierta personalidad. Ahora parece que desde hace 22 años tiene también otro cargo, este es además vitalicio; es mi madre. ¿Y Ana? ¿Ha podido serlo alguna vez? ¿Se lo ha permitido este sistema? ¿Le posibilito yo serlo? ¿Qué manías tiene Ana? ¿Qué miedos hay que tener en cuenta para comprender por qué evita unas cosas y busca otras? ¿Qué cosas le hieren? ¿Qué elección de Ana nunca he llegado a comprender por mucho que la quiera? ¿Se consiente Ana, se le consiente a Ana, desear algo que vaya más allá de la vida de sus hijos? O, por el contrario, ¿ser madre supone que ya sólo se puedan ansiar buenas noticias sobre la vida de éstos? ¿Por qué asumo que Ana quiere organizar así su economía? Quizás Ana tendría más ropa si no tuviera que mantener a sus hijos, o quizás viajaría más; ¿sé cómo hubiera gastado Ana su salario si nunca hubiera tenido que mantener a sus hijos? ¿Cuáles son las preferencias de Ana? ¿Por qué tiene esas amigas y no otras?

Para permitir a alguien tener una identidad no se puede ir en contra del desarrollo de la misma. ¿Qué se necesita para hablar de una misma? Un interlocutor dispuesto a escuchar, una habitación propia o por lo menos una silla donde sentarse a hacerlo y, además, tiempo. Se necesita no tener que estar haciendo otra cosa en lugar de darse a conocer y ganas de explicar quién es una. Con las madres -y con aquellos con los que convivimos- se da un matiz que no compartimos tanto con otros vínculos: nosotras, las hijas, repercutimos en su calidad de vida. En la medida de lo posible y sin sobrecargarme de elementos estructurales -esto no se trata de hacer una apología a que la solución a todos nuestros problemas está en que seamos mejores individuos-, de mí depende que mi madre viva o no mejor. Cuando yo limpio, cuando friego, cuando hago la compra y pongo lavadoras, permito que mi madre duerma más horas, esté menos estresada, se canse menos. Y permito también que pueda ser muchas cosas más que mi madre.

Ya no hablo de la incoherencia manifiesta que existe entre defender un discurso feminista en la calle y en casa tomar unas vacaciones del mismo. No hablo de eso porque es evidente la hipocresía y podemos verla todas. A juicio de cada una reconocérselo más o menos. Por mi parte asumo que en ningún lugar soy más colaboracionista de todo aquello de lo que reniego que en la cama que mi madre me puso en su casa. No hay mujer con la que sea menos feminista que con mi madre. Esto también intento cambiarlo.

Pero, además, hablo de que querer a alguien no es un fin en sí mismo, es la explicación de por qué una trata de determinada manera a cierta persona. A su vez, tratar requiere de actos, de contenido: tratar es una acción. Con mi madre aún sigo anclada en conductas del día de la madre en el colegio. Le digo que la quiero y siento que eso es suficiente, como cuando le hacía un dibujo en cartulina. Amo a mi madre la mayor parte del tiempo de forma nominal: sencillamente le digo que la quiero. ¿Qué hago para amar bien a mi madre? Sé qué prácticas hago con mis amigas, mis parejas, incluso con otros miembros de mi familia. Con mi madre tengo que parar a pensar. Si deseo que mi madre sea cada vez menos mi madre y más Ana, debo saber qué prácticas realizo para dejar de robarle el tiempo y las ganas de serlo. Mi madre podrá ser más Ana y menos mi madre cuando pase menos tiempo organizando la estructura de su casa y más pensando qué le gustaría hacer el fin de semana, igual que podrá serlo cuando el tiempo que emplea en limpiar la cocina lo dedique en irse de paseo con las amigas.

Le escribo este artículo a mi mami sabiendo que se pondrá contenta, que imaginará que han merecido la pena las renuncias que ha hecho por mí porque ahora hago algo como escribir en un periódico -para otro día dejamos el tema de cómo la maternidad está teñida de sentimiento de alabanza al sacrificio-. Pero también le escribo este artículo a mi mami teniendo muy claro que mucho más importante que este texto es que me escaquee menos de las tareas de casa, que me cerciore de que ella ha tenido un buen día y no está cansada antes de llamarla agobiada por algo y que me haga cargo de las cosas que le hacen ilusión y por eso le acompañe por fin a una de sus nuevas clases de flamenco. Escribo, en realidad, porque adoro a mi madre y nada me importa más que adorarla lo mejor posible. Así que: mami, te prometo dejar de quererte desde un papel de testigo, para empezar a amarte como cómplice.