Otras miradas

¿Ni en museos ni en orquestas? El lugar de las mujeres en la cultura

Mar García Puig

Diputada y portavoz de la Comisión de Cultura

Orquesta Nacional de España
Orquesta Nacional de España

Les propongo un juego. En una escala del cero al diez, díganme hasta qué punto están de acuerdo con las siguientes dos afirmaciones. La primera es de Georg Baselitz, uno de los más reconocidos pintores neoexpresionistas, que aseguró a la revista alemana Die Spiegel en 2013: «Las mujeres no pintan muy bien. Es un hecho. Como siempre, el mercado tiene razón». La segunda es del prestigioso director de orquesta Zubin Metha, que, en 1970, en una entrevista al New York Times, aseguró: «Simplemente no creo que las mujeres deban estar en orquestas». Tengo pocas dudas de que mayoritariamente habrán respondido con un tajante cero, y que pensarán que cualquiera en su sano juicio haría lo mismo. Sin embargo, los datos nos dicen que estas afirmaciones no son ni tan anticuadas ni tan excéntricas como podríamos pensar.

En el sector artístico podemos poner de ejemplo la feria más importante de España. Es cierto que desde hace unos años ARCO ha hecho un esfuerzo por alcanzar la paridad en su espacio, pero si una lee entre cuadros verá que el mercado del arte en nuestro país está lejísimos de hacerlo. En la pasada edición, la organización seleccionó las galerías más destacadas de la historia de la feria, que tuvieron un espacio expositivo propio, que sí alcanzó la paridad. Sin embargo, una sencilla consulta al catálogo de estas galerías basta para comprobar que en total cuentan con solo un 23% de mujeres artistas, y eso pese a que las mujeres somos desde hace ya décadas mayoría aplastante en los estudios de Bellas Artes. Pero seguro que todos sus directores se escandalizarían ante las afirmaciones de Baselitz y seguro también que el día 8 de marzo preparan la campaña de rigor.

Vayamos ahora a las afirmaciones de ese director de música trasnochado. Cualquiera le diría que se actualizara, que su pensamiento es de otra época.  Pero la realidad lo desmiente. En Estados Unidos la práctica de las audiciones ciegas (en las que el intérprete evaluado se coloca detrás de un panel, de forma que los miembros del comité de selección no puedan saber su sexo) ha aumentado en un 30% el número de mujeres seleccionadas, lo que demuestra que de alguna forma, aunque inconsciente, los miembros de los jurados comparten en parte las declaraciones de Metha. En nuestro país, el año pasado la Asociación Mujeres en la Música publicó un informe que revela que el porcentaje de mujeres en las orquestas sinfónicas españolas no sobrepasa el 33%, y se convierte en un rotundo 0% cuando hablamos de quienes sostienen la batuta titular.

Desde el feminismo en el ámbito de la cultura nos hemos acostumbrado a asumir ese papel degradable, poco reconocido y no exento de consecuencias en un sector tan pequeño y a veces vengativo, de ejercer la denuncia ante estas cifras. Ante un catálogo editorial, festival musical o exposición con apabullante mayoría masculina, reprendemos públicamente a sus organizadores. Y las respuestas siempre son las mismas: qué quieres que haga si solo se han presentado hombres, qué quieres que haga si lo de más calidad viene de hombres, qué quieres que haga si la sociedad es la que es y los hombres aún tienen privilegios. La escritora Margaret Atwood, en una bellísima definición de la literatura, afirma que «una palabra detrás de una palabra detrás de una palabra es poder». La cultura, con su capacidad para definir el mundo, crear otros imaginarios, ser altavoz o sordina, es poder, y lo que le pido a esos que responden con el qué quieres que haga es que ejerzan ese poder de forma responsable, admitan que quizás las ideas de Baselitz y Metha no les son tan ajenas y se decidan de una vez a ser actores en un cambio que ya no puede relegarse más.

Eso es lo que le digo también al ministro de Cultura, Mique Iceta, cuando en el Congreso, comisión tras comisión, le enfrento a las cifras de desigualdad en nuestro ámbito cultural. He de decir que me da la razón, a la vez que añade que hemos avanzado mucho. Y ahí yo también le doy la razón a él. Este año España será representada en los Óscars por una película dirigida por una mujer, Carla Simón y su maravillosa Alcarrás, y la rentrée literaria la han protagonizado escritoras como Aixa de la Cruz, Lara Moreno o Sara Mesa. Pero que ellas hayan conseguido abrirse camino no tiene que hacernos olvidar que lo han hecho con más dificultades que sus pares masculinos, y que hay muchas mujeres talentosas ahogadas por la precariedad, la falta de tiempo derivada de los trabajos invisibles que asumimos las mujeres y el machismo que como un espejo del de toda la sociedad permea también en el mundo cultural.

Por ello, esta semana hemos conseguido aprobar una iniciativa parlamentaria que aboga para que una entidad como el Observatorio de Igualdad, dependiente del Ministerio de Cultura, pase del estudio, de ese ábaco que acompaña a toda feminista, a la acción, y que esa acción implique tanto a organismos públicos como privados. Que dejemos de escuchar una y otra vez el «qué quieres que haga» y empecemos a oír «esto es lo que he hecho», y que los organismos públicos pongan todos los medios para que así sea. Más allá de la ultraderecha y su empecinamiento por negar las desigualdades de género, todos los grupos han dado apoyo a la iniciativa. Se atisba un principio de consenso que, esperemos, consiga dejar pronto las afirmaciones de los Baselitz y Methas de este mundo en anecdóticos exabruptos fuera de la realidad de nuestro tiempo.