Otras miradas

Madrid: barrios limpios, alcaldes sucios

Roberto Sotomayor

Candidato de Podemos a la alcaldía de Madrid

Basura acumulada alrededor de contenedores en el barrio de Lavapiés, en Madrid. -Twitter @SuperRoStar
Basura acumulada alrededor de contenedores en el barrio de Lavapiés, en Madrid. -Twitter @SuperRoStar

En octubre de 2013, la por entonces alcaldesa de Madrid afirmó en rueda de prensa que los madrileños se habían "acostumbrado a un nivel muy alto de limpieza". Botella, que no tuvo que pasar por las urnas para gobernar la ciudad, siguió la senda de privatizaciones de la limpieza en Madrid proyectada por Esperanza Aguirre desde 1996. Desde entonces Madrid ha sido testigo de episodios de despilfarro y favoritismo, que se han traducido en un encadenamiento de contratos a empresas que han reducido de manera drástica el número de trabajadores y sus condiciones. Recuerden que uno de los protagonistas de estas políticas demenciales fue nada más y nada menos que Alberto López Viejo, una de las figuras clave en la trama de corrupción Gürtel.

A principios de los años noventa, Aguirre anunció que costaba lo mismo limpiar "siete distritos con funcionarios que 14 con empresas privadas". Esta forma de hacer política no hizo más que favorecer a empresas como Dragados-Urbaser, Cespasa y Fomento. Nada ha cambiado en Madrid desde entonces. Algunos estudios han demostrado que el pago público a empresas para la limpieza de calles se ha multiplicado por tres en diez años.

Madrid está sucia. Más sucia que nunca por mucho que los voceros de la derecha radical populista se empeñen en defender lo contrario. Durante los años de Carmena fue la principal crítica de la derecha en la oposición. Los mismos, hoy callan ante los cientos de fotografías que los y las vecinas de Madrid siguen publicando sobre el estado de las calles.

Si uno pasea por alguno de los barrios abandonados por el Ayuntamiento, podrá comprobar cómo de sucia está esta hermosa ciudad. Madrid sigue maltratada por unos auténticos devoradores de lo público. Mediocres gestores que no han hecho más que aumentar la deuda de la ciudad a costa de favorecer a los Florentino y compañía mientras liquidan lo público. Lo de todas y todos.

Las imágenes de calles repletas de basura, contenedores cubiertos de montañas de residuos, papeleras sumidas en porquería sin recoger, resumen a la perfección la situación límite de muchos distritos de Madrid, con miles de vecinos indignados, y algunos medios de comunicación subvencionados por el poder que siguen blanqueando la paupérrima gestión de un alcalde que no ha estado a la altura.

Madrid no necesita más papeleras como anunciaba Martínez Almeida la semana pasada. La solución tampoco pasa por multar con 2.001 euros a los vecinos que dejan la basura al pie del contenedor porque dentro no cabe más. Madrid necesita más personal de limpieza, puesto que donde antes había cuatro barrenderos para limpiar un parque, ahora solo hay uno. La precarización del servicio de limpieza tiene un nombre, y se llama Partido Popular, el partido de las privatizaciones y los favoritismos.

La sucia historia de la limpieza en Madrid es ya demasiado larga, y los vecinos estamos hartos. Llevamos ya muchos años soportando esta infame forma de hacer política.

Pero no se nos puede olvidar que otro Madrid es posible. No tenemos que irnos muy lejos para encontrar ejemplos de gestión pública eficiente: Alcorcón, de la mano de su primer teniente alcalde, Jesús Santos, ha sido capaz en tan solo tres años de revertir una situación lamentable de suciedad que dejó el anterior regidor, David Pérez —del PP, como no podía ser de otra manera— a ser una referencia europea, premiada por su gestión en la limpieza viaria.

Hay alternativa. La fórmula secreta: remunicipalizar el servicio. Pensar más en una limpieza exitosa que en recortar gastos para hacer negocio. ESMASA, la empresa pública de limpieza en Alcorcón, ha sido galardonada por segundo año consecutivo con el premio internacional La escoba de Oro 2022.

Madrid ha llegado a pagar casi 1500 millones de euros a empresas privadas por gestionar servicios públicos, es decir, un sobrecoste superior a los 220 millones de euros al año por los servicios municipales gestionados por empresas privadas. Botella decía que los madrileños nos habíamos acostumbrado a un alto grado de limpieza, pero a lo que nunca nos vamos a acostumbrar a tal grado de indignidad de la clase política, que despilfarran nuestro dinero para favorecer a unos pocos, mientras que los vecinos y vecinas en algunos barrios tienen que organizarse para limpiar sus propias calles.

Es hora de tomar decisiones valientes. La primera de ellas es sacar al que se ha convertido por derecho propio en el peor alcalde de la historia de nuestra ciudad. La segunda, y quizás la más importante y complicada, la de remunicipalizar los servicios de limpieza, para retornar la buena imagen de una ciudad maravillosa, hacer eficiente nuestras arcas públicas y devolver los derechos pisoteados a las y los trabajadores del servicio. Porque para cambiar Madrid, antes hay que limpiar Madrid.