Otras miradas

Contra el fascismo, la revolución permanente

Jorge Caldera Serrano

Profesor de la Universidad de Extremadura y parte del Consejo Ciudadano Estatal de Podemos

Manifestación antifascista en el barrio madrileño de Vallecas. -Rodrigo Jiménez / EFE
Manifestación antifascista en el barrio madrileño de Vallecas. -Rodrigo Jiménez / EFE

Si la vida fuera un jamón, no solo le habría dado la vuelta a la pata, sino que, además, ya le habría pegado un buen bocado a la parte más dura. Y siendo consciente de ello, aún lo soy más de que no estoy de vuelta de nada. Sigo sin enterarme "de la misa la media" y me sigue sorprendiendo lo ignorante y lo pardillo que soy.

Me sorprende que nos alarme una guerra porque ésa, en concreto, "nos apriete el zapato" y olvidemos que existen otros muchos conflictos armados que hemos decidido ignorar. Me sorprende nuestro nacionalcatolicismo estructural y moral que desprecia la vida de otros debido a un color distinto de piel. Me sobrecoge también nuestra capacidad de olvido de aquellos horrores que muchas y muchos españoles sufrieron por defender la democracia o por una miserable venganza ideológica. La lista de sorpresas es muy larga, pero últimamente me sorprende el blanqueo mediático y político de ciertas actitudes, al igual que me quedo perplejo ante la inacción de muchos frente a la deriva racista, xenófoba, antifeminista, contra las minorías y negacionista de evidencias científicas que emerge con tanta fuerza en los últimos tiempos. Una suerte de trumpismo cañí que, cada vez con menos pudor al expresarse, recuerda a los añejos y peligrosos movimientos donde la raza otorgaba el status y el extranjero personificaba el mal, el elemento contaminante de la supuesta pureza racial.

Sorprendido me hallo porque como sociedad no somos capaces de llamar a las cosas por su nombre. Jugueteamos con el término derecha como trileros del lenguaje, en un engañoso ranking que va del centro al extremo, cuando a lo que nos enfrentamos es ni más ni menos que a puro fascismo tuneado del siglo XXI.

Y junto a todo lo anterior, me sorprende también la incapacidad de reacción y movilización, la falta de cabreo, la falta de contundencia en la denuncia. En definitiva, me decepciona y me sorprende la aceptación de una deriva en la que se excluye y se rechaza a las personas por su orientación sexual o por su identidad de género, donde la criminalización del pobre se promueve desde algunas instituciones con la inestimable ayuda de los medios de comunicación, en la que derechos consolidados como la interrumpción del embarazo quedan en manos de trogloditas "sin fronteras", donde muchos de los derechos adquiridos por años y años de lucha colectiva están en peligro de extinción. Y seguimos como los conejos a los que le dan las luces largas, estupefactos, ojipláticos, más quietos e hipnotizados que nunca, como si el "dontancredismo" que tan bien le funcionó a M. Rajoy fuera la fórmula de solucionar la irrupción del neofascismo europeo y del neofranquismo patrio.

Seguramente tenemos que ir mucho más allá del miedo al fascismo, tenemos que dejar de hacer estupendos diagnósticos y comenzar con una "revolución permanente" en educación, en economía, en el ámbito social, en la defensa de los servicios públicos, en feminismo, en igualdad, en republicanismo, en ecología. Una revolución permanente contra el fascismo.

Que nos quede claro que avisar de que "vienen los fascistas" no funciona, meter miedo con lo que pueden llegar a hacer o a legislar ya lo tenemos asimilado. Nos han anestesiado para entender que reuniones entre PP y Vox son normales, lógico, ya que son dos palos que aguantan la misma vela, y aceptamos sin pestañear, como normalidad democrática, que el fascismo gane en Italia, y asimilamos, vegetando, que la derecha es la solución a los problemas de nuestro país. Se nos prepara para el posible advenimiento de un gobierno de coalición más de derechas "que el carro del pan", expresión que nació en la postguerra y que viene de cuando el carro solo se paraba en las casas de las familias pudientes y, por supuesto de bien, grupo del que estábamos excluidos rojos, republicanos y toda esa "chusma de perdedores" a la que se les negaba el pan, como ahora.

Es verdad que al fascismo se le combate leyendo y viajando, pero no solo. Al fascismo hemos de ganarle primero en las calles, denunciando sus excesos, su racismo intestino, su odio latente a las mujeres, su rechazo hacia los pobres, su intolerancia con el diferente. Necesitamos una sociedad organizada, ruidosa y activa que lejos de achantarse ante la violencia verbal se autodefienda. Y una vez que recuperemos las calles, hemos de llenar las urnas de ilusión y de rabia, no podemos dejar en manos de personas que no tienen consciencia colectiva, y ni mucho menos social, nuestro presente y nuestro futuro, de ahí que estemos obligados a pararlos democráticamente para contar con la oportunidad de crecer como sociedad. Y por último, nuestros gobernantes deben hacer políticas de calado para la mayoría, políticas con perspectiva social, ecológica y feminista, políticas que nos conviertan en una sociedad libre de ataduras mentales, carentes de tópicos anacrónicos, que tenga claro que para vivir en igualdad no podemos dejar a nadie en la cuneta, como ya dejamos y mantenemos a muchos compatriotas que lucharon por la libertad de nuestro país.

Y claro que sí, ahora tenemos un gobierno con alma progresista que debe seguir llevando a cabo acciones y leyes en beneficio de la mayoría social, que tiene la obligación de pisar todos los charcos que sean necesarios independientemente de las presiones económicas y mediáticas, un gobierno que debe seguir trabajando por un modelo de país justo y redistributivo donde una de "sus almas" no olvide que es "socialista" y "obrera".

En fin, amigas, que para defendernos del fascismo tenemos que encontrarnos en las calles, hombro con hombro, diciendo qué es lo que queremos y cómo lo queremos. Tenemos que encontrarnos en las urnas, apostando por partidos progresistas que sean beligerantes ante la injusticia y ante las intoxicaciones y, sobre todo, tenemos que alegrarnos, difundir y celebrar todos y cada uno de los logros publicados en el BOE que mejoran la vida de nuestra gente.

No es hora del tacticismo político, no hemos de estar siempre mirando de reojo las encuestas electorales, no podemos seguir siendo espectadores de cómo construyen desde el fanatismo de derechas un futuro que no queremos. Es la hora en la que como pueblo organizado recuperemos las calles y la alegría.