Otras miradas

Un cuento moscovita de polis y baladas

Antón Testas

Profesor de Filosofía

Agentes de Policía detienen a un hombre en San Petersburgo el 24 de septiembre de 2022, tras llamadas para protestar contra la movilización parcial anunciada por el presidente ruso. AFP

1) Seriozha cambió. El otro día se puso a cantar con dos amigos en su apartamento de Shchukino, un barrio obrero en el norte de Moscú. Tenían la cámara puesta mientras entonaban Where have all the flowers gone en una bella versión en ruso. Se lo comento por Instagram y me explica que la original de Pete Seeger está basada realmente en una balada cosaca recogida en Los cuentos del Don. Cuando lo conocí hace dos años y  la guerra resultaba impensable solía decirme constantemente, con el alegre desafío de su nacionalismo jocoso y un poco herido que casi todo lo bueno viene de Rusia, y solo un poquito, un poquito (nemnogo, nemnogo) de lo malo.

2) Ha cambiado, Seriozha. Antes aseguraba: Putin no es tan malo como lo presenta vuestra prensa occidental, Putin nos ha traído estabilidad, orden, paz social. Seriozha tenía 20 años y ya cuidaba la paz social como a una criatura frágil; era un convencido defensor del orden establecido, por lo que tenía de orden (lo contrario es el caos, donde los inmigrantes tayikos no limpian el hielo, los buses no funcionan y no llegan a Rusia algo así como los AirPods) y por lo que tenía de establecido (lo contrario sería lo fracasado, lo utópico, lo que a priori no puede ser). Me regañaba, con mirada seria: no hagas cosas que no debes en Moscú.

3) Aterricé Moscú el mismo día que Navalny, el opositor presuntamente envenenado por el FSB. Yo llegaba para trabajar en el programa cultural de la Embajada Española, gracias a una beca de la AECID. Lo primero que me dijeron fue que me mantuviese los primeros días lejos del centro de la ciudad para evitar las manifestaciones organizadas desde los grupos opositores. Pero yo quería ver la ciudad, cubierta por el hielo y la nieve, el Moscova congelado, y fui con pasos crujientes hasta Pushkinskaya; quise observar los furgones de policía, mucho más viejos que los españoles, adorablemente ochenteros, con sus grupas de animales irascibles visibles a lo largo de toda Tverskaia.

Me habían advertido sobre la arbitrariedad policial, pero no me lo creí. Con el móvil saqué una foto en una zona poco congestionada, la primera que tomaba de Moscú, y al instante noté como dos hombretones, uno a cada lado, me agarraban de los brazos y sin mediar palabra, sin proferir un solo insulto o un silbido imperativo que hiciese de la escena algo mínimamente legible, me introdujeron en uno de los furgones, abarrotado ya de jóvenes, chicos y chicas, de una edad similar a la mía, las cabezas gachas y el vaho desde sus labios encontrando el camino de salida por las ventanas de rejilla; parecía toda una escena de detención franquista y entonces me vinieron a la mente, a buenas horas después de mi temeridad voyeur de turista bobo, las categorizaciones de retintín admonitorio y absolutamente autoindulgentes con las que en nuestros países se refieren a Rusia, es un pais autoritario y esa palabra, autoritario, solapada en cada movimiento de pierna inquieta -de unos jóvenes que, se supo después, pasaron más de un mes en un campo de detención, sin atención médica ni amparo legal - movilizó en mi cierta urgencia rapaz de blandir mi pasaporte, sobreactuando histrónicamente mi condición de turista desconcertado, ante las miradas, sospecho, de justo desprecio por parte del resto de detenidos.

Finalmente conseguí que uno de los policías, cuyas risotadas espasmódicas eran el único movimiento de su cuerpo enorme pensado profesionalmente para bloquear la puerta del furgón, al que yo miraba suplicante como se mira a los muebles imposibles de mover por una única persona en la mudanza, sabiendo que la estantería no puede desplazarse por sí misma  pero aún así esperando mágicamente el milagro, llamase a su superior y que éste, lánguido, enjuto y cetrino como son muchas veces los villanos inmediatamente superiores al malo más reciente - y que sin estar ellos en la cúspide de la pirámide sí permiten al menos intuir que desplazándose hacia arriba se sofistican las presencias, pues el alma del burócrata es un alma de gesticulaciones, para arribar a la última de las presencias, la Cosa dirigente, en la que ya solo el novelista aburrido o el periodista de ambiciones psicologistas podrán distinguir entre en-sí y para sí-  me dejase salir después de inspeccionar concienzudamente mi teléfono y hacer scroll down en una conversación de Whatsapp ("como andamos mijo") con mi abuelo.

4) ¿Qué es un policía? Seriozha, cuando se lo conté, me dijo que alguien que protege. Entonces todavía era putinista y si era gay (aunque en secreto) y de simpatías vagamente anarquistas (aunque en secreto) y al mismo tiempo tenía el estómago lleno y cierta solvencia material era gracias, no al anonimato absoluto con el que llevaba sus atributos, sino a la Policía, que garantiza la paz social evitando que cualquiera de las potencias sociales se hiciese, digamos tiránica, definitiva, fratricida y parapolicial. La Policía era para Seriozha como el padre odioso de Washington Square, la novela de Henry James, quien, por miedo a que su hija sufra con un pretendiente, le prohíbe tenerlos por completo y la condena a la soltería: el suicidio como remedio preventivo de la muerte. La Policía dice: yo evito que pierdas aquello que tienes, aunque lo tengas hipotética, miserable o condicionalmente. Pero en su reverso especular también revela: yo también te lo puedo quitar. La policía está ahí, Seriozha, para poder detenerte.

5) Ahora él, Seriozha, que ha cambiado, sabe todo esto mejor que yo. Él me enseña, me da lecciones. A muchos de sus amigos los detuvieron en las primeras movilizaciones contra la guerra. A una compañera la invitaron a marcharse de un curso de doctorado. Muchos otros huyeron a Georgia o Turquía. Un régimen bonapartista  como el ruso es un sueño policial: se legitima en la huida del conflicto social que inevitablemente ... termina provocando. Y eso es lo que acaba de ocurrir.

¿Puede salir algo bueno de Rusia? Así discuten en la kommunalka en la que Viacheslav Pietsuj ambienta su clásica novela La nueva filosofía moscovita.  Se denomina chaadáievismo- por el filósofo Piotr Chaadáyev- a la idea de que que nada bueno puede salir de Rusia, que está intrínsecamente podrida. En la novela, en mitad de la perestroika, la filosofía oficial decreta que todo lo bueno saldrá del país eslavo. Evidentemente nada funciona por decreto: el legado moral de una generación (por emplear los términos de la novela) se juega en los instantes de máxima politización, que es, podríamos decir, literalmente lo contrario que la policialización en un régimen bonapartista. ¿Y cómo politizar a un país? Por ejemplo, firmando un decreto que permite la movilización de todos los reservistas en un plazo menor de 24 horas para una guerra de carácter ofensivo..

6) Se dice habitualmente que las cosas cambian cuando la gente ya no tiene nada que perder. Puede que objetivamente, para el historiador, así sea, a posteriori. Pero subjetivamente las cosas cambian cuando la gente está dispuesta a perder lo que tiene (o lo que podría llegar a tener). Cuando eso ocurre, se podría decir que el país está politizado y... al maestro quizá no le importe perder el trabajo diciendo guerra en clase, guerra y no operación especial, y el personal administrativo de una universidad pequeña de provincias acaso sabotee deliberadamente la lista de estudiantes participantes en asambleas contra la guerra que le ha pedido el FSB, y quién sabe, tal vez una madre, bien contrita y pesimista habitualmente, no le abra esta noche la puerta a los oficiales que (¡con el frío que hace!) tocan la puerta de su casa para preguntar por su hijo; y puede que sus vecinos, mezquinamente, no les digan: sigan tocando ustedes, sigan tocando ustedes que sabemos que está ahí, y permanezcan esta noche, en lugar de eso, alimentando tranquilamente a sus canarios; y el hijo que se ha marchado a Georgia y se organiza con otros exiliados, empieza a tejer una red, es posible que tampoco tenga miedo de las amenazas, soltadas muchas veces en indirectas ponzoñosas en la televisión y en los periódicos, de que algo le puede pasar a su familia, pues ¿acaso no le dieron el dinero para escapar? Y si tiene miedo, tal vez siga haciendo lo que hace de todas formas. A lo mejor hay periodistas que, ante las advertencias constantes de despido ... ¡dimiten! Y los manifestantes que corean en el furgón policial, donde antes estaban tan callados, que si les dan una paliza en comisaría ¡no pueden golpear a todo Nizni Novgorod, Vladivostok o Moscú! Y si los llevan a juicio: ¿cabe Rusia entera en una sala de lo civil? Y mi amigo Seriozha y sus amigos comparten enlaces de Meduza y Novaya Gazeta por Telegram, y si se enteran de que un conocido ha muerto de frío tratando de cruzar la frontera con Letonia (que como otros países bálticos se niega vergonzosamente a emitir visados a refugiados rusos) no baja la cabeza y dice: ¿cuándo aprenderán que no se puede hacer nada? sino que, más bien sigue con Peete Seeeger y canta When will they ever learn, ellos, no nosotros, pues nosotros ya estamos aprendiendo. Y en la plaza, que está a punto de congelarse, la principal de su ciudad principal, ¿no yace en rigor mortis un señor momificado por la baba gelatinosa y geriátrica de generaciones y generaciones de burócratas que sin embargo, en su día, realmente existente él, llamó desde las calles y tribunas a la deserción, a perder la guerra, a saltar de los trenes de reclutamiento y a desobedecer los látigos de los oficiales?

En Rusia puede pasar cualquier cosa. No sabemos qué puede salir de allí: eso lo dejamos a los analistas geopolíticos y también a los que abren las tripas de las aves para examinar los buenos y los malos augurios. Chaadáievismo sí, no, ¿a quién le importa, Serioznha? Aquellos que se preguntan dónde está la izquierda en Rusia, que sepan que está allí, en los jóvenes que se organizan contra la guerra; puede que no salga nada finalmente pero, aún así, Seriozha: ¿no es inmenso vuestro ahora?