Otras miradas

¿Cuál es el papel de Pablo Iglesias?

Marta Nebot

Iglesias, en Sevilla hace unos días. EFE/Julio Muñoz

Entré a la sala a las 10 de la mañana y no había nadie. Pensé, extrañada, que el pase de prensa sería para mí sola. Después, justo antes de que se apagaran las luces, entraron cuatro plumillas más que se desperdigaron por detrás de mí, en las butacas de más atrás, como si desde más lejos pudieran ser mejores críticos, o como si fueran más conscientes de su presbicia. Yo, aún reconociendo que era probable que ellos hubieran visto allí muchas más pelis que yo y que también lo era que tuviéramos los mismos problemas de vista, me quedé donde estaba. No sé ser desapasionada y con la edad estoy empezando a verlo como inevitable, como una especie de don con su lado oscuro o de tara con su lado brillante. Total, que antes de que se apagaran las luces y el proyector hiciera su trabajo ya me había dicho que no venía a ver esta película para enjuiciarla.

Me tragué con gusto, me bebí para desayunar, el día después de la fiesta nocturna por los 15 años de Público, un biopic de Simone Veil de dos horas cuarenta minutos y me encantó. En ese tiempo entendí el éxito rotundo de esta película, que en España se estrena el 9 de diciembre, y que en Francia ha sido vista por casi un millón y medio de espectadores.

La historia de esta francesa judía, que estuvo presa en Auschwitz cuando solo era una adolescente, que perdió a sus padres y a un hermano en aquellos campos de exterminio, es un monumento al compromiso, a la humanidad, a la política de la buena que mejora vidas, sociedades, el mundo; es un recuerdo de lo importante que es Europa y lo que significa y por qué nació; es un repaso al pasado reciente y a lo crucial que resulta la memoria; es pura consciencia y además es carne y madre y hermana e hija y persona. Es ejemplo de lucha constante, de batallas conseguidas por la independencia propia, por los derechos de los presos, por la ley del aborto y otros derechos de las mujeres, por Europa, por parar los genocidios o, simplemente, por y para mejorarnos como especie.

"Somos hijos del pasado y con él en las manos, con ese instrumento, tenemos que construir el futuro", sostiene como motor de todos sus argumentos.

Así que, borracha de Veil, salí del cine dispuesta a escribir sobre ella y sobre el subidón de esperanza que puede ser el éxito de esta película por toda Europa.

Saboreando esta ilusión volví a casa. Antes de ponerme a teclear, la revista en papel por el aniversario de este periódico me atacó desde el otra extremo de mi mesa, mientras pensaba en cómo meterle el diente a esta pieza.

Me paré en concreto en las que han escrito para este especial Yolanda Díaz y Pablo Iglesias.

Díaz escribe como la nueva líder de la izquierda que ha sido llamada a ser. Recapitula lo logrado en todos estos años y alimenta la esperanza sobre todo lo que se podría hacer si consigue inspirar a muchos votantes la ilusión por nuevas políticas, por un nuevo país y las ganas de volver por él a las urnas.

Iglesias publica un alegato a favor de su caza de periodistas y mezclándolo todo me surgieron muchas preguntas: ¿será consciente de que hay muy poca prensa de izquierdas y que a la poca que hay la está machacando con ferocidad? ¿Es buena opción jugar a juzgar la "pureza" de otros militantes de izquierdas cuando la nueva formación necesita ser transversal y cuando la vieja creció al calor de todos esos medios? ¿Es responsable divertirse, volviendo a ser el enfant terrible de La Tuerka de Vallecas, retorciendo el colmillo, a costa del proyecto que le sucede y que podría salvarnos del gobierno más de derechas desde Franco? Viva el sarcasmo y el humor pero hecho por él coge dimensiones monstruosas. Asaltar el cielo y conseguirlo, llegar a vicepresidente del Gobierno trastoca.

Entiendo lo que dice de las contradicciones de todos, lo que no entiendo es que no vea las suyas y que pase por alto que está haciendo daño a lo que queda de lo que construyó y a todos los progresistas y a nuestro país en su conjunto.

Y leo todo esto y me tengo que apoyar en mi compromiso político y en la libertad de expresión hasta el final de este medio, de la que él saca pecho, para no decidir que es mejor callar para poder seguir pidiéndole entrevistas y para evitar conflictos.

Si lo digo todo, lo que creo es que Pablo Iglesias y los suyos no deberían tratar de impedir que Podemos pierda el control, cosa que creo inevitable. La cuestión es si quiere que ocurra con dignidad y convirtiéndose en algo mejor o si prefiere alargar la agonía y su caída hasta el infierno.

A estas alturas de destape me acuerdo de otra grande, Clara Campoamor. Porque lo que está por verse es si Yolanda Díaz será apoyada por propios y ajenos hasta llegar a lo más alto como una Simone Veil cañí o si será destruida por los suyos por no querer repetir errores ya contrastados, como Clara Campoamor.

Me consta que la batalla por las listas pasa por tener un ministerio garantizado. ¿Hasta dónde querrá repartir una tarta que no existe y en la que para tener opciones tienen que estar todas las fuerzas posibles? ¿A qué llama Pablo Iglesias respeto?

Mientras pensaba en un cierre para este artículo ha venido mi hijo de doce años y me ha contado que este sábado 19 de noviembre, cuando entrego este escrito, es el día internacional del Hombre que, según Naciones Unidas, pretende promover modelos masculinos positivos y más normalizados.

Es enterarme y que me dé la risa;  y eso que yo no creo que Pablo Iglesias actúe como actúa solo por un viejo estilo macho alfa, salvador profesional. Más bien creo que, como otros ex, no asume que su tiempo pasó y que lo mejor que puede hacer es dar paso a lo que viene y actuar en su favor. Lo necesitamos.